|
-por Alma Takarai- |
|
::II CERTAMEN LITERARIO VIVID CARROTS:: PARTICIPANTE
He de escribir cada uno de nuestros recuerdos. Condenado al olvido por su áspero corazón, condenado al olvido por su cuerpo cerrado para mí como una cripta, seré el escriba de este amor. Solitario de Amor, Cristina Peri Rossi
Hace poco, y aún conservo un pasatiempo que podría ser hasta aburrido para ti. Me siento en una roca a la orilla del mar y observo todo a mi alrededor, sintiendo el aire salado, mirando el cielo volverse naranja cuando el sol lo pinta con sus rayos de atardecer. Llevo años haciéndolo, después de mis actividades caminaba en la tarde a la costa.
Pasó el tiempo sin que yo me percatara, pero poco a poco comenzaba a agradarme, a acostumbrarme a la compañía de la sirena. Dejé de sentir la soledad...
-Ya llevamos ciento ocho amaneceres de conocernos, ¿te has dado cuenta? -me dijo en reclamo pero para mí me resultó con un efecto distinto. Mi corazón dio un brinco sorpresivo y lentamente giré para observarla hasta que por fin la miré. Hermosa, con una piel morena que brillaba anaranjada con los rayos de sol, con un cabello largo y negro igual de bello como la noche y sus ojos claros... aquellos ojos que me recordaron tanto al mar.
A partir de ese día me olvidé del mar y me clavé en su mirada.
-Soy muy feliz...
Los días siguientes la emoción de verla me alegraba. Platicábamos de nuestras vidas, de nuestro mundo, de lo maravilloso que era estar a su lado, mirar el mar, el cielo, las estrellas en la noche. El tiempo transcurría rápido a su lado y nunca me cansaba de ella, pero siempre había una hora en que nos despedíamos, haciendo que el tiempo pareciera instantes.
-Ojalá hubiera una forma para decirte que te quiero mientras no nos vemos… siempre estoy pensando en ti –le confesé y después de oírme sentí un poco de vergüenza, sin embargo no me arrepentí.
-La hay –me dijo mirando al cielo pensativa y con una sonrisa–. Las gaviotas son mis amigas, hablo con ellas. Ellas tienen alas para buscarte donde estés y mandarte un mensaje mío. Regresarán con tu respuesta para mí –esa noche me despedí de ella con una sonrisa y la emoción en el corazón.
Al día siguiente una gaviota esperaba en mi ventana. Enseguida que me acerqué sentí el aroma de mi sirena. Tomé el papel que estaba amarrado con un alga a su pata y lo desdoblé. Era la primera vez que veía su letra, con una tinta verde me daba los buenos días y me deseaba suerte en mi día. Contesté su recado con un “te quiero” y la sonrisa no se me borró en todo el día, ni aun cuando en la tarde bajé a la costa para sentarme a la roca y esperarla. Pero la espera se hizo tan larga que por primera vez me desesperó ver la luna redonda en el cielo. Cuando llegó se sentó apenada a mi lado, pero no quise recibirla con interrogatorios aunque las preguntas rondaban en mi cabeza desde hacía varias horas.
-Lo siento –se disculpó antes de que yo dijera algo–. Es que en mi casa no me dejaban salir porque llegaron mis primos que viven en el otro lado del mar –me contaba mientras pacientemente yo escuchaba–. No querían dejarme ir, principalmente mi primo que decía que había viajado sólo para verme.
-¿Tu primo? ¿Por qué razón? –la pura curiosidad me hizo preguntarle.
-No lo sé, dice que me quiere mucho, que soy muy linda, que desearía vivir cerca para poder estar conmigo. La otra vez, el día de mi cumpleaños me dedicó una hermosa canción… -creo que debes de saber cómo empecé a sentirme en ese momento. Era un primo, pariente, pero eso no le quitaba que no pudiera enamorarse de mi hermosa sirena, eso me dejaba los pelos de punta de sólo pensar que podría ser un obstáculo entre mi sirena y yo. La sonrisa que había guardado durante la mañana y parte de la tarde desapareció por completo, sentía que en mis adentros ardía pero no quería decirle a mi sirena. ¿Qué podría pensar? ¿Que era obsesión lo que sentía? Toda mi vida creí que los celos eran muy malos, pero ahora que los vivía en carne viva no sabía cómo evitarlos-. ¿Estás bien? –su voz me hizo dejar mis pensamientos a un lado.
-Sí… sólo que… -quería ocultarlo, pero siempre he tenido la dificultad de no decir lo que siento, al menos pienso que las personas logran darse cuenta de que no estoy bien.
-¿Qué pasa?
-Sentí celos… -mi sirena sólo rió, como siempre lo hace, con una alegría espontánea, que si yo no la quisiera tanto como la quiero, la hubiera escuchado burlona.
-Claro que no –su sonrisa detuvo de pronto mis palabras, tenía miles de dudas pero no quería arruinar más la noche, lo poco que nos quedaba–. Pero… tendré que regresar temprano…
-¿O sea que te vas?
-Sí… quería verte pero no puedo regresar más tarde…
-Bueno, al menos pude verte hoy aunque sea un ratito.
-Sí –volvió a sonreírme–. Nos veremos mañana.
-Hasta mañana, que descanses…
A la mañana siguiente no recibí alguna gaviota. Eso me entristeció… comenzaba a creer que sería todos los días su saludo matutino. ¿Cómo podía mandarle yo un mensaje si no hablaba con las gaviotas? Miré al cielo y una gaviota volaba dando vueltas sobre el techo de mi castillo. Llamé a la gaviota y para mi sorpresa ésta bajó, colocándose en la orilla de mi ventana. Tomé rápido papel y con mi lápiz escribí un breve mensaje donde le decía lo mucho que la quería y que deseaba verla hoy en la tarde. Lo enrollé y con un pedazo de hilo que encontré lo amarré a la pata despacio. En cuanto la solté voló saliendo de mi ventana, dirigiéndose hacia el mar, donde seguramente estaría mi sirena esperando o tal vez pensando en mí.
-¿Qué era esa gaviota en tu ventana? ¿A quién le mandaste un mensaje? –mi madre me bombardeó con preguntas apenas entraba a mi alcoba y yo dejaba de contemplar el paisaje de mi ventana.
-A nadie, mamá… no era nada.
-Tus amigos están preocupados por ti –expresó mi madre sentándose a la orilla de la cama–. Dicen que te la pasas en las nubes, que no quieres salir con ellos por más que te lo piden y que siempre te vas a la costa para pasar horas ahí, en una roca.
-Sólo me gusta contemplar el mar…
-No quiero que lo sigas haciendo –mi corazón se estrechó en mi pecho.
No pude convencer a mi madre de lo contrario. Lo único que conseguí fue que me diera un mísero día para ir a la playa. Ese día me angustié sabiendo que debía decirle a mi sirena, pero ninguna gaviota regresó en toda la tarde. Yo buscaba mentalmente alguna excusa que darle a mi madre para salir cuando, en plena oscuridad de la noche, una entró a mi habitación volando bajo. Parecía adormilada y con la misma flojera, que contrarrestó con mi desesperación, alzó su pata para darme el papel con la nota:
“Disculpa que no te contestara el mensaje. ¿A qué hora vendrás?”
Con todo el coraje y el dolor que sentía escribí los problemas que tenía con mi madre esperando que ella comprendiera y me perdonara. La respuesta me llegó al día siguiente:
“No te preocupes, entiendo… así son los padres. Pero sí me da tristeza no poder verte más que un sólo día. No importa, nos veremos el día que puedas.”
¡Qué comprensiva era mi sirena! Un alivio reinó en mí después de haber leído esas tres líneas. ¿Ni un “te quiero”? ¡Eso qué importa!, si me dice que me esperará. El mensaje que le di en respuesta llevaba mucho amor, y es que así soy, puedo expresarme mejor en palabras escritas que orales. Me enseñaron a callar y decir sólo lo que quieres escuchar; pero mi sirena no es así, ella sabe lo que es la libertad, es dueña de sí misma, puede nadar por donde quiera y sus padres confían en ella.
A partir de ese día no dejaba a la pobre gaviota descansar. Quería saber de ella, cómo estaba, ver sus letras brillar por el color verde casi esmeralda de la tinta con que me escribía, imaginaba sus reacciones mientras leía. A cada instante deseaba verla, estar con ella día y noche, mantenerla a mi lado y así nadar por el mar, aquel mar que tanto me fascina y que siempre he deseado como ahora deseo a mi sirena. El hastío de mi vida comenzaba a exasperarme y la diminuta felicidad la encontraba en aquella bondadosa gaviota y en ese frío papel…
¡Cómo te quiero!
“Yo también.”
¡Cómo te extraño!
“Yo también.”
¡Cómo he pensado en ti!
“Yo también. Hasta mañana. Descansa.”
¿Hasta mañana? ¡Pero si la gaviota puede dar más! Ayer habíamos pasado toda la tarde entre mensaje y mensaje ¿Ahora al tercer mensaje me corta? ¡Si tengo tantas cosas que decirle! Si pudiera la abrazaría con todo este amor pero ella sólo quiere descansar.
“Qué injusto”, pensaba mientras leía y releía el mensaje sin saber si responderle o no. ¿Tú que hubieras hecho? Estaban ahí, las frías palabras cortantes.
Poco me duró el enojo porque a la mañana siguiente lo primero que hice fue escribirle dándole los buenos días. Ese día no me estaba yendo bien y lo único que me servía de desahogo eran los mensajes que le enviaba contándole de mi, según yo, desdichada suerte.
“Ya no te preocupes, las cosas se solucionarán. ¿Hoy podré verte?”
¡Claro que sí! Era el tan esperado día y sólo tenía que dejar que el tiempo pasara entre mensaje y mensaje para que el campanario tocara dando las seis de la tarde.
-Tuve que esperar cinco amaneceres para verte –me dijo contenta mi sirena y yo no cabía de la dicha de poder verla.
-Sí, ¡ha sido tanto tiempo! Sólo contaba los minutos para verte.
-El tiempo pasa volando cuando las cosas las haces con calma.
-Me desespero muy rápido, si hubiera podido salir antes ya hubiera estado desde las cinco aquí –mi sirena rió.
-¿Tanto me quieres?
-¡Claro que sí! ¿Qué te hace dudar?
-Sólo fue una pregunta, no dudo.
-¡Eso me alegra! Siempre busco la manera de decírtelo. A veces pienso que no es suficiente.
-…
-Te quiero.
-Yo también.
Esa noche me despedí de mi sirena sin decirle nada pero algo venía rondando en mi cabeza. ¿Por qué no me dice “te quiero”? En todo este tiempo había sido yo quien lo decía. Ella sólo me contesta con un “yo también”. ¿Es que acaso mi sirena no me quiere como la quiero yo? No me dice palabras bonitas ni dulces. Sólo me expresa algunos sentimientos; nunca me cuenta sobre lo que piensa o siente respecto a mí, soy yo quien le insiste, quien pregunta, quien le dice. La adoro y me duele que ella no me quiera tanto.
“Buenos días, yo también espero que te vaya bien. Hoy tendré una fiesta con amigos”.
Una fiesta… ¡cómo me encantaría ir a sus fiestas! Pero no puedo, no sé respirar bajo el agua, a diferencia de ella que sí puede respirar fuera de ella… si tan sólo fuera como ella, podríamos nadar hasta el cansancio.
“Perdóname por sonar fría. Es que a veces no sé qué decir. Me cuesta trabajo decirte que te quiero, pero prometo intentarlo ya que te lastima tanto.”
Aquel mensaje me hizo pensar que había cometido una estupidez al contarle lo mal que me sentía por no recibir un “te quiero” de su parte. ¿Cómo podía obligarla a decirlo, si seguramente tiene otras formas de demostrar su cariño? No valoraba lo que mi sirena hacía por mí y me propuse a prestar más atención a aquellos detalles.
Los siguientes días lo tuve muy presente, pero seguía siendo insuficiente. ¿Por qué le cuesta tanto decírmelo? ¿Es que no tiene la misma necesidad que tengo yo de estar escribiéndolo o diciéndolo a cada instante? ¿Es que no quiere que yo no dude de su cariño? No, ya estaba dudando de su amor y la situación parecía no mejorar con la constante presencia de mi madre. Su actitud comenzaba a cansarme, no entendía razones, aseguraba con justa razón que lo que le decía eran mentiras y que le ocultaba algo.
-¡Si tanto quieres saber! –exclamé con fastidio y enojo al extremo de sentirme explotar como un volcán-. ¡Te lo diré! Mi novia es una sirena.
-¿Sirena? ¡Dios mío! ¿Cómo una sirena? Ellas son malas, embrujan y engañan. Dicen que te quieren pero es mentira. Eres inocente y te ha atrapado sin ninguna dificultad. Por ella te desvelas y estás en las nubes todo el día. ¡Por una sirena!
-¡Mi sirena no es así! –Grité con más enojo que antes-. ¡Ella me quiere!
-Con tanta seguridad me lo dices, es porque el hechizo ha surtido efecto en ti. ¡Pobre criatura mía! ¡En qué momento te descuidé para que tuviera que pasarte esto!
-¡Madre! No soy un crío para que me trates así. Tal vez no he vivido tanto como tú pero creo en lo que siento y sé que amo a mi sirena.
-¡Calla! No sabes lo que dices. A tu corta edad no tienes idea de lo que es el amor. En cambio ella sí, ha vivido más que tú y seguramente ha robado muchos corazones, más de los que imaginas.
-No, madre. ¿Cómo puedes hacerme tanto daño con palabras?
-Escúchame, que es consejo de tu madre.
-No lo haré. Quiero a mi sirena y ella me quiere a mí. Aunque todo esto sea un engaño, una mentira, continuaré queriéndola y será ella la primera que me rompa el corazón porque sólo ella merece tener ese honor.
-Te he perdido… hablas con el sonido de la locura. No quiero que la vuelvas a ver.
-¿Me tendrás como pájaro en su jaula? Entonces sí hablaremos de locura…
Mi madre cedió con el gesto dolido y un enojo reprimido en los labios. Aunque me doliera hablarle así la decisión estaba tomada y si estar con mi sirena era aventarme al vacío, no me importaba.
¿Qué hubieras hecho tú? La razón de mi madre me dictaba una cosa pero mi corazón, mi alma y mi ser deseaban con todas su fuerzas confiar y continuar con mi sirena hasta el final…
Con todo esto vivía en un agotamiento psicológico día con día, con una angustia clavada en el alma al no saber lo que pasaría en el mañana y para colmo mi sirena seguía sin decirme “Te quiero”.
-¿Tanto te molesta? –su mirada se nubló. Bajó su carita para fijarla en el verde esmeralda de su cola. Brillaba con el reflejo de la luna, que a la vez se reflejaba también en sus ojitos tristes.
-No es que me moleste, mi sirena hermosa –hablarle con tanto amor se me había hecho una costumbre–. Es sólo que las cosas se están complicando y necesito escucharlo.
-¿Lo necesitas? ¿Por qué lo necesitas? –era posible que por ser sirena no comprendía las cosas. ¿Acaso no sabe lo que siento? ¿No siente lo mismo?
-Porque… porque quiero escucharlo, porque quiero saber que me quieres.
-Y te quiero.
Ya no era lo mismo, no era el “te quiero” que yo esperaba, era uno forzado.
-Perdóname, mi sirena.
-Me gusta cuando me llamas así.
-¿En serio?
-Sí, no te lo había dicho, ¿verdad?
-¡Qué feliz me hace escucharlo, mi sirena hermosa!
-Debí decírtelo antes.
-No te preocupes, mi sirena, seré paciente.
Paciente… ¿paciente? No debí prometerlo sabiendo lo difícil que puede ser para mí.
Sus mensajes tenían deseos, alegría, pero yo no los sentía. En esos momentos me parecían tan fríos y de poco sentimiento. La estaba perdiendo y la sola idea me estaba enloqueciendo. Los mensajes que yo le mandaba eran el doble, casi el triple de los que ella me contestaba. Me avergonzaba las palabras que le decía, en momentos dudaba decirle cosas tan melosas, ¿y si se empalagaba de mí?
-¿Puedo darte un beso?
-¿Un beso? –sus ojos se abrieron de sorpresa mientras el sol aún pintaba de naranja su piel morena clara.
-Sí, ¿puedo darte uno? –mi voz tembló al creer que había cometido una falta.
-Claro, puedes dármelo –volvió a bajar la mirada pero la sonrisa se entreveía de sus cabellos negros. Con la mano temblorosa le tomé el mechón, sintiéndolo por primera vez: húmedo, frío pero suave. Lo coloqué detrás de su oreja y vi sorprendido cómo brillaba su piel, pequeñas luces en los poros que apenas se perciben y que con el reflejo de la luz destella. Me acerqué con duda y deposité un beso en su mejilla, delicado, suave y tan mágico que ahora puedo cerrar los ojos y volver a recordarlo, con el ruido de mi corazón en los oídos; ella era la que tenía los ojos cerrados en esa ocasión, dándome la impresión de que quiso guardar el momento por sensaciones.
-De ahora en adelante te daré besos cada que pueda.
Y así lo hice. Hasta le mandaba besos de papel. Mi corazón desbordaba amor con cada letra que salía de mi lápiz. Pero las letras de ella seguían siendo frías, me era poco comparado con todo lo que yo le daba. ¿Por qué no me corresponde de la misma manera?
-¿Sigues hablando con la sirena? –el tono despectivo que utilizó mi madre me hervía la sangre.
-Sí, madre –mi actitud desafiante sólo empeoraba las cosas, pero en ese momento no lo veía. Tenía la idea de luchar por mi sirena, así tuviera que enfrentarme al mundo–. Y seguiré con ella porque la quiero.
-¿Pero cómo sabes que ella te quiere así como la quieres tú?
-Me lo ha dicho y le creo –dudé, en ese instante mi fuerza me estaba fallando, me mordí el labio para castigarme por la falta.
-Ya veremos quién tiene la razón –dijo, dejándome en paz en la soledad de mi habitación.
Las dudas comenzaron a carcomer mi amor y mi espíritu. ¿Qué hará, dónde estará, con quién? ¿Pensará en mí? No lo sabía, no tenía ninguna respuesta a las dudas, pero lo que apareció claramente en mi cabeza era que mi sirena no me quería como yo a ella. ¿Realmente valía la pena luchar contra el mundo por alguien que no te quiere?
-Seguramente te tardaste porque jugabas con tus amigos –le reclamé sin poder contenerme cuando llegó tarde a nuestra cita.
-No creí que fuera a tardarme –mi sirena frunció el ceño.
-Pero tardaste, merezco una disculpa.
-Te la iba a dar antes de que comenzaras a reclamarme.
-Pero hasta ahora no la has dicho.
-Lo siento, creo que hoy no es un buen día para ti… mejor me voy.
-¿Aparte de llegar tarde, te vas?
-Quiero que te tranquilices para poder hablar.
-¡Si estamos hablando perfectamente!
-¡Me estás gritando!
-Lo siento –refunfuñé aunque en mi interior sabía que ella tenía derecho a molestarse por mi falta.
-Mejor hablamos otro día.
-¡Pero si éste es el único día en que nos vemos!
-¡Precisamente! ¡No tiene caso que estemos discutiendo!
-Lo siento –mis ojos no se atrevían a mirarla, se escondieron viendo mi pantalón que traía puesto–. Perdóname, mi sirena.
-Perdóname por llegar tarde.
-Olvídalo, no me hagas caso.
-No digas eso, tienes razón en molestarte.
-Pero no era para que te gritara así.
-Está bien, no te preocupes –la miré; bella, hermosa con esa sonrisa comprensiva. No pude evitar darle varios besos en su mejilla antes de irme.
Sin embargo esa discusión no fue la última, después de ésa continuaron otras más. Mientras que en nuestros mensajes nos decíamos que nos extrañábamos, cuando nos veíamos siempre había una razón para discutir. Había días en los que ella estaba malhumorada, tanto que se irritaba y provocaba la pelea. Había otras en las que era yo quien explotaba…
-Perdóname por no decirte que te quiero…
-Ya déjalo, olvídalo –mis lágrimas amenazaban con salir.
-No puedo olvidarlo. ¿Cómo quieres que lo haga si te hace daño?
-Está bien… seré paciente.
De nuevo la paciencia, cuando la desesperación me daba insomnio por las noches y me mantenía con la mirada perdida en el azul del cielo por las mañanas, atormentándome con las palabras, los gestos y el recuerdo de sus ojos.
Eso no podía continuar, mi madre no ayudaba en nada. No encontraba descanso, el consuelo lo buscaba pero no lo encontraba en mi sirena, me sentía en el fondo de un pozo alrededor de flores y pasto verde, sin poder salir.
Y mi sirena llorando, como en las últimas peleas. Sus lágrimas blancas me apuñalaban mi corazón.
-Esto no puede seguir –respiraba con dificultad después de una última discusión, sentía que mi pecho se oprimía pero después de tanto meditarlo noches y días, la decisión estaba clara esa noche. A pesar de sentirme mal intenté sonar con la voz más tranquila y pausada, forzando una sonrisa–. Lo mejor es no vernos más…
-¿Cómo? –mi sirena abrió los ojos, pero su rostro permaneció inmóvil.
-Será lo mejor, nos lastimamos y no avanzamos. Ya no quiero lastimarme.
-Si tú crees que es lo correcto… -bajó la mirada y en ese momento un nudo casi me enmudece.
-Sí, lo creo.
-Sólo espero que no lo estés haciendo por obligación de tu madre, no me parecería justo.
-No, lo hago por nuestro bien. Por mi bien. Te entrego todo y siento que no recibo.
-Está bien…
-No podremos vernos más, no vendré para que no haya confusiones.
-¿No vendrás?
-No, si no será más doloroso.
-Como quieras…
-Nos vemos, mi… nos vemos, sirena.
-¿Volveré a verte?
-Cuando vuelvas a verme será sólo por amistad. Te veré como una amiga.
-Adiós entonces, que estés bien…
-Cuídate, adiós.
“Es lo mejor”, me repetía mil veces, “Es lo mejor”. Aunque por dentro me dolía, es lo mejor. Aunque por dentro la extrañaba, es lo mejor. Aunque en cualquier descuido mi pensamiento recurría a su recuerdo, es lo mejor. Nuestros mundos son diferentes, es muy probable que fuera imposible… entonces, ¿por qué mi corazón no deja de repetir que la quiere? “Ya se me pasará”, me decía cuando la melancolía y la tristeza invadían todo mi ser. Y es que todas las razones me indicaban que era lo correcto, que poco a poco la olvidaría, pero era muy difícil callar esa vocecita insignificante pero terriblemente mortificadora. Tal vez me entiendas, había días que creía estar en calma, pero siempre había algo que me recordaba a mi sirena: el cielo, el sonido del mar, el olor a sal, el verde esmeralda… podría sonar exagerado, pero a mi mente le encantaba sacar del baúl de mis recuerdos el sonido de su voz, su canto, su risa… ¡Quiero verla, quiero oírla, quiero abrazarla y besarla! Decirle que la quiero, pedirle mil disculpas y dejarme regresar… Regresar era difícil; lo hecho, hecho está, y después de pensarlo tanto buscaba algo que hacer para distraerme. Pero volvían los recuerdos…
Tres semanas después llegué a la costa después de tanto tiempo para mí, fue lo más que pude. Y ahí estaba, dándome la espalda absorta viendo el mar en la misma roca de siempre.
-Hola –su rostro volteó sonriente cuando escuchó mi voz.
-Hola.
La noté distinta. Una incomodidad invadió mi alma y mi mente. Hablamos de banalidades, de cosas cotidianas, de lo bien que nos iba en la vida aparentemente. A los treinta minutos de hablar con ella tenía deseos de besarla de nuevo…
-¿Y cómo te va en tu vida sentimental?
-No lo sé… creo que cortaré con mi novio…
¿Novio? La palabra me había taladrado la cabeza y me partió en dos. Todo este tiempo había encontrado a la soledad como mi compañera y ella había buscado otra persona.
-Sufrí mucho cuando me dejaste –me confesó de repente trayéndome de mi propio mundo–. Pero ya lo lloré y me siento mejor. Creo que la amistad podría estar bien, ¿no crees?
-Sí –bajé la mirada conteniendo el dolor de mi pecho–. Debo irme, mi madre se molestará porque no sabe que vine.
-Está bien, cuídate.
Está de más contarte cómo me sentí, pero en ese momento surgió un nuevo e inesperado sentimiento: la culpabilidad. Yo tenía la culpa, fui yo quien le pidió cortar, fui yo quien le hizo sufrir, quien la hizo llorar. Ya no había marcha atrás, lo hecho, hecho está… y parece que no había solución aunque yo lo quisiera y deseara por sobre todas las cosas.
A pesar del dolor continuaba viéndola, era inevitable para mí. Por más que lo había intentado no podía dejar de pensar en ella. Y por muy tonto que pueda parecerte, con cada momento que pasaba junto a ella más me convencía de que la quería.
Tenía que haber una esperanza, si alguna vez me quiso podía perdonarme, ¿no? Sólo tengo que ser paciente, volver a enamorarla y pedir que volvamos. Pero de nuevo mi paciencia no reaccionaba y mis celos se juntaron con mi desesperación para poseerme y hacer que perdiera el control aún frente a ella.
-Lo siento, tú tienes el derecho de estar con quien quieras. No soy nadie para decirte que no.
-Pero si te molesta que hable sobre eso, dime y lo dejo de hacer.
-Sí me molesta, pero no soy nadie para pedirte que dejes a un lado un tema, sea cual sea, y hables de quien sea. Déjalo así, me controlaré.
-No se trata de eso. Tampoco quiero lastimarte…
Tampoco quiero lastimarte… En esos momentos dudaba en lo que me decía. Varias veces discutimos por mis ataques de celos. Mis sentimientos eran cada día más evidentes y no podía controlarlos.
-Te quiero… y mucho.
-Yo también te quiero –noté la ligereza de sus palabras comparadas con las mías.
-En serio que te quiero. Mucho, mucho, mi sirena –ella alzó la mirada sorprendida.
-Hace mucho que no me llamabas así.
-Lo siento. ¿No debía?
-No, no es eso… ya es tarde.
Ya es tarde… en ese momento las palabras se quedaron en mi mente sin ningún significado. Yo creí que hablaba de la noche así que me quedé esperando su respuesta. Esa noche me despedí con una esperanza y una sensación de desahogo por haberle confesado mis sentimientos, pero los días pasaban y la alegría se esfumaba al no recibir ningún mensaje de ella. Cuando llegó el sábado comprendí que por más que lo deseara no podía retroceder el tiempo…
-Sé que lo esperas -me dijo mi sirena con una pequeña sonrisa en los labios–. Y me gustaría decírtelo… pero ya lo lloré, ya lo sufrí y ahora ya no puedo sentir más que la amistad por ti –su mirada parecía decirme algo… ¿Comprensión? ¿Lástima? Mis ojos no resistieron su contacto visual así que, como siempre, se clavaron en el mar que parecía estar enfurecido. El ruido de las olas ensordeció mis sentidos, mi ser se sentía vacío con su eco y el murmullo de algo que se rompía a cada segundo, a cada ola que azotaba contra la roca.
-Entiendo, no te preocupes.
-No quiero lastimarte… -su voz apenas la escuchaba. ¿Que no quería lastimarme? Me pareció lo más irónico que había oído hasta ahora que me entraron ganas de carcajearme pero no lo hice, no sería lo correcto en un momento así.
-Sí, lo entiendo.
-Sé que encontrarás a alguien que te quiera…
-Sí, seguramente.
-Pero siempre estaré aquí para ti, siempre tendrás mi amistad -¿Para qué quiero sólo su amistad? Me sonaba imposible poder conformarme con sólo eso cuando en ese instante el amor que sentía por ella me estaba causando un hueco en el pecho doloroso y sofocante.
-Claro, lo sé –me limité a contestarle con un tono insensible tratando de ser fuerte.
-Perdóname…
-No tengo por qué. Has sido sincera conmigo y, aunque tardaste en decírmelo, lo hiciste. No tengo nada que perdonarte –cerré los ojos. El dolor crecía aunque en un principio parecía que no fuera posible–. Al contrario, tengo tantas cosas que agradecerte. Me hiciste feliz, me regalaste muchos recuerdos, fuiste, eres y serás mi primer amor. Aun en las discusiones aprendí tanto de ti como de mí. Me enseñaste mis defectos, así como también mis virtudes.
No sé qué fue lo que te enseñé yo. Nunca podré comprender tu complejo ser, pero debo confesarte, por si nunca lo supiste, que eso fue lo que me encantó de ti. Tampoco sé si fuiste feliz conmigo aunque reías y hablabas de todo un poco mientras compartíamos minutos. Mi inseguridad fue lo que arruinó todo, o al menos eso es lo que veo, no sé cómo lo sientas tú diciéndome que ya no puedes sentir nada más.
Mucho menos sé si es lo mejor… tal vez no pueda verlo con este dolor tan cegador. Creo firmemente ahora que tengo un egoísmo tan grande que me hizo creer que no me querías. Lo veo más claro, casi lo toco como tocan mis pies la espuma de mar: tú me querías; a tu manera, a tu forma de ser, pero me querías y yo no supe disfrutarlo.
Es cierto que no tiene caso lamentarme así por una pérdida, pero es lo único que me queda, no puedo evitar auto compadecerme. ¿Qué otro consuelo tengo?
Perdona esta franqueza, pero si no te lo digo tengo el presentimiento de que me arrepentiré después. Conociéndote, esto puede sonar incomprensible para tu ser, acostumbrado a guardar tus sentimientos en una caja, y no digo que esté mal, pero mi ser es distinto, dudo que no te hayas fijado en eso, como también ignoro si esto te gustaba o, peor, disgustaba de mí.
Surgen tantas dudas: ¿Por qué ya no me quieres o por qué ya no me puedes querer? ¿Habrá sido poco tu amor o realmente habrá sido malo el mío?
-Deja de echarte la culpa por todo, nadie tuvo la culpa. ¿Por qué tienes que buscar un culpable?
-¿Por qué no buscarlo? Todo me hace pensar y me recae una culpabilidad tan grande como la roca que nos sostiene. Todo me dice que tuve la culpa, que fue mi culpa por lo que te perdí. Si no encuentro un culpable no hay error, sin error no hay reflexión y sin reflexión no hay aprendizaje. ¿Cómo saber qué es lo que no debo hacer en el futuro si no me lo dices tú? ¿Cómo evitar los mismos errores…? Disculpa…
Oí el zambullido de mi sirena sumergiéndose en el mar. Contemplé por largos minutos el lugar donde había desaparecido su cola salpicando agua cristalina. Parece que no me daría las respuestas que le pedía, parece que de nuevo su desesperación por no saber qué hacer y no comprenderme le dio un dolor de cabeza. Por eso se fue sin despedirme, dejándome un nudo en la garganta. Me levanté con la sensación de llevar arrastrando una maleta, una maleta llena de recuerdos, experiencias, pero al caminar para alejarme de la costa lo que más me pesó fue la roca que cargaba a mi espalda. Aún la llevo a todos lados, aún traigo la roca donde se sentaba mi sirena.
~Fin~
| |||||||||||||||||||||||
(c) 2008 The Ogawa Evil Twins Su contenido no puede reproducirse ni modificarse sin el consentimiento explícito del webmaster. |