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-por Ogawa Saya- Prólogo |
Los rugidos se escuchaban desde el otro lado de la calle. El monstruo debía estar sin duda en lo alto del edificio de cinco plantas frente al cual Raven acababa de detener su moto, una espléndida Harley-Davidson absolutamente negra cuyo motor ronroneaba como un gatito en comparación al escándalo que estaba organizando la criatura allá arriba.
Con toda la calma del mundo, pero sin perder ni un solo instante, el cazador bajó de la moto y comprobó sus armas: un rifle de dardos paralizantes —el cliente quería a la criatura viva o no le pagaría—, otro de cañón recortado cargado con munición auténtica —si las cosas se ponían feas prefería quedarse sin cobrar antes que sin cabeza— y su inefable ballesta, así como una nutrida colección de armas blancas de todo tipo repartidas en diversos compartimentos a lo largo de su atuendo de batalla. Vestido de cuero negro de la cabeza a los pies, Raven se dirigió hacia la entrada del edificio a grandes zancadas, los faldones de su largo abrigo ondeando a su espalda como una siniestra capa.
El edificio era un museo, cerrado a aquellas horas de la noche. Las ventanas de los cinco pisos se veían oscuras, pero allí dentro había alguien aparte del monstruo. Una serie de gritos de pavor y disparos resonaron en el interior y Raven soltó un juramento, maldiciendo a los guardias de seguridad del lugar que estaban disparando contra su objetivo, amenazando con arruinarle el trabajo.
La puerta principal del museo estaba cerrada, por supuesto, pero eso no supuso ningún problema para el cazador. Sacó el rifle recortado de la funda cruzada en su espalda y descargó un disparo contra la puerta. El cristal voló en pedazos, así como parte del marco de acero, y Raven atravesó los restos sin pestañear y sin pensar en nada más que en su misión.
Los gritos humanos se habían convertido en ruido de pasos a la carrera que se acercaban hacia él. Los rugidos de la criatura habían cesado, por lo que supuso que los guardias se habían alejado de ella lo suficiente. Tenían suerte. Al parecer aquel bicho no tenía hambre, o ahora estarían en el fondo de su estómago.
Raven atravesó el vestíbulo del museo, donde se exponía una lujosa colección de joyas egipcias de veinte siglos de antigüedad (según rezaba el gran estandarte que pendía en mitad de la sala) y se dirigió con paso rápido hacia las brillantes escaleras metálicas que conducían al primer piso, mientras devolvía la recortada a su funda y empuñaba el rifle de tranquilizantes. Unos segundos después, aparecían los tres guardias de seguridad corriendo escaleras abajo, mirando por encima del hombro de tanto en tanto, visiblemente aterrados pero al parecer ilesos. Raven se detuvo al pie de las escaleras.
Los tres hombres se llevaron un susto de muerte al verlo allí plantado. Sin duda, después de ver al monstruo de arriba, habían tomado al cazador por un espectro, con su siniestro atuendo, su largo pelo negro y aquel par de ojos azul hielo que endurecían las líneas de su rostro, otorgándole un aire peligroso que hacía retroceder a más de uno.
Tampoco es que a Raven le importara que el mundo entero le tuviera miedo. Cuantas menos personas tuviera cerca, menos obstáculos se le presentarían a la hora de hacer su trabajo, esa era su filosofía.
—¿Dónde está la criatura? —preguntó con voz severa, tan fría como sus ojos.
—En la Cámara de los Persas —tartamudeó uno, blanco como el papel, señalando hacia arriba. Los tres parecían deseosos de salir de allí cuanto antes, pero el arma que Raven empuñaba hacia ellos y que no había bajado en ningún momento les hacía dudar.
—¿Dónde está eso exactamente? —el cazador comenzó a subir mientras hacía esa pregunta. Los tres hombres se apartaron instintivamente de su camino, aplastándose contra la barandilla de la escalera. Ninguno sabía quién demonios era aquel tipo, pero les daba igual. Lo único que querían era escapar de aquella pesadilla, volver a sus casas y buscar un nuevo trabajo. Uno que no requiriera enfrentarse a monstruos en mitad de la noche.
Exactamente lo que más le gustaba hacer a Raven.
—Es toda la planta de arriba —contestó el que había hablado antes, y el cazador apretó el paso, subiendo los escalones de dos en dos. Con eso era suficiente.
Su cliente le había dicho que encontraría a la Mantícora en aquel lugar. Al parecer había llegado junto con las cajas de la exposición, procedentes de Irán, una semana antes. Alguien había añadido a la colección algún objeto arcano sin saberlo; uno de aquellos artilugios que los magos persas utilizaban en la antigüedad para capturar toda clase de criaturas, sólo que al parecer la Mantícora había logrado escapar de su encierro y estaba campando a sus anchas por el museo.
Era una suerte que lo hubiera hecho con el museo vacío y cerrado al público, con sólo los tres guardias como únicos ocupantes, o Raven se habría encontrado con unos titulares muy desagradables en el periódico del día siguiente.
Desde luego, pensaba triplicar el pago por su trabajo, ya que el cliente sólo le había pedido que recuperase el ánfora persa donde estaba encerrada la Mantícora. Se suponía que iba a ser un trabajo sencillo, rápido y limpio. Entrar y salir. En ninguna parte del contrato se hablaba de luchar contra un monstruo devorador de hombres de cuatrocientos kilos.
Aunque tampoco es que eso fuera a suponerle una novedad.
Por fortuna había venido preparado. Siempre llevaba sus armas encima por lo que pudiera pasar. No era la primera vez que un trabajo aparentemente fácil se convertía en una cacería sangrienta. Las alforjas de su moto siempre estaban bien repletas de toda clase de artilugios útiles para cualquier situación, lo cual incluía desde un pequeño ordenador portátil hasta conjuros de magia de todos los colores, pasando por su extensa colección de armas y antídotos contra casi todo tipo de venenos.
En dos escalones más llegaría a la Cámara de los Persas, y ya podía oír el suave ronroneo de la Mantícora llegando hasta él desde alguna parte de aquella planta. Su agudo olfato captó el acre hedor de la bestia y supo que estaba muy cerca.
Demasiado cerca.
Unas largas púas negras, similares a las de un puercoespín, surcaron el aire con la velocidad de un látigo, justo cuando Raven llegaba al final de la escalera. Gracias a sus reflejos, logró esquivar el ataque, y las púas venenosas de la Mantícora se clavaron profundamente en la escayola de la pared detrás de la que se refugió el cazador.
Maldiciendo entre dientes, Raven sacó del interior de su abrigo unas gafas negras para proteger sus ojos, no sólo de las púas sino también del embrujo de la mirada de la bestia. No eran unas gafas corrientes. Los cristales estaban blindados y habían sido bañados en sangre de Gorgona, una sustancia muy difícil de encontrar pero que resultaba ser un antídoto universal para cualquier hechizo, por poderoso que fuera. Raven tenía pocos amigos, pero que uno de ellos fuera una bruja muy competente y otro un genio de la ciencia solía resultar muy ventajoso para él.
Ahora sólo tenía que conseguir acercarse lo suficiente a la Mantícora para dispararle un dardo tranquilizante y el trabajo estaría hecho.
Se apartó del rostro el largo pelo negro y apretó la mano enguantada en torno a la empuñadura del rifle. Contó hasta tres e irrumpió en la sala, visualizando a la bestia plantada entre dos enormes esfinges persas de piedra y disparó una vez, antes de rodar hasta ocultarse de nuevo tras el pedestal de otra estatua, evitando la lluvia de púas envenenadas que volaron hacia él, coreadas por el iracundo rugido de la Mantícora.
—¿Estás cabreada? Pues ya somos dos —gruñó Raven. El dardo no había alcanzado a la bestia. Tendría que emplear más de medio segundo en apuntar y disparar, o malgastaría la munición y, lo peor de todo, daría tiempo a la Mantícora a acercarse a él. Ya podía oír el raspar de sus garras de león contra el pulido suelo de falso mármol.
Repasó rápidamente lo que sabía de las Mantícoras, en busca de un punto débil, pero no encontró ninguno. Tenían el cuerpo de un león, aunque eran el doble de grandes, y un par de alas membranosas parecidas a las de un murciélago, aunque en teoría no podían volar. Su rostro poseía unos inquietantes rasgos humanoides y unos ojos de pacífica mirada que tenían la virtud de hechizar a quienes los miraban, atrayendo a la presa que caía en sus fauces casi por propia voluntad.
Pero los ojos de la Mantícora no eran el principal peligro. No para Raven, al menos, ya que aquellas gafas que Kasandra había creado para él hacía dos años lo mantendrían protegido —o eso esperaba. Al menos con las Gorgonas y los Basiliscos funcionaban—. El peligro estaba en las púas de su cola. Una cola como el aguijón de un escorpión, que disparaba aquellas púas envenenadas, tan mortíferas como el mordisco de una cobra. Si una sola de esas púas penetraba en su carne, Raven estaría muerto en cuestión de minutos. Y no había antídoto para el veneno de la Mantícora.
De pronto, una zarpa del tamaño de su cabeza se estampó contra el pedestal tras el que se agazapaba. El cazador saltó hacia su derecha, esquivando el golpe, que arrancó esquirlas de piedra y chispas justo donde había estado su cabeza un segundo antes. Sus ágiles músculos y sus reflejos felinos lo llevaron de un salto a lo alto de una vitrina de cristal y acero dorado, donde se exponían armas y corazas de la época de Darío I.
El mueble, demasiado endeble para su peso, se tambaleó y amenazó con venirse abajo, pero mientras Raven aún se pensaba hacia dónde saltar, la Mantícora tomó la decisión por él, abalanzándose como un león contra la vitrina, haciendo añicos el cristal y derribando la estructura que cayó con un estampido contra el suelo de la Cámara, derramando Historia por doquier, mientras el cazador saltaba hacia ninguna parte, impulsándose con toda la fuerza de sus largas piernas.
Saltar a ciegas tenía sus inconvenientes. Como que podías golpearte dolorosamente contra algo, y ese algo fue una de las esfinges de piedra, cuyas alas esculpidas se clavaron brutalmente en su costado. Raven soltó un grito al sentir cómo se partían al menos dos de sus costillas.
Con un golpe sordo, se desplomó sobre el suelo de la Cámara, incapaz de respirar, luchando por sobreponerse al dolor antes de que la Mantícora llegara hasta él.
¿Pensaste que sería un trabajo fácil, Nick? Me reiría si no me doliera tanto.
Consiguió incorporarse a duras penas, pero la bestia ya estaba sobre él. De un salto la tenía encima, atrapándolo entre sus cuatro zarpas. Agachó la gigantesca cabeza para olfatearle y Raven se quedó muy quieto, mirando aquellos ojos de incongruente mirada apacible, confiando en que el hechizo de Kasandra diera resultado y aquellas gafas realmente le hicieran inmune al encanto de la Mantícora. Gracias a los dioses que no las había perdido en la caída.
El rostro de la criatura era tan dulce que por un momento Raven no pudo creer que estuviera frente a una bestia devoradora de hombres. Pero cuando la Mantícora abrió sus fauces y dejó a la vista una doble hilera de afilados colmillos, el cazador dejó de dudar. Aquella cosa no tenía nada de amable.
—¿Quieres comerme? —jadeó, sintiendo náuseas ante el hedor del aliento de la bestia—. ¿Nadie te ha dicho que demasiada carne roja no es buena para la salud?
Con movimientos lentos, tratando de no llamar la atención de la bestia, Raven alargó un brazo hacia donde había caído su rifle, unos pasos más allá. Si estiraba los dedos lo suficiente podría alcanzarlo, pero debía confiar en que la Mantícora se tomara al menos dos minutos antes de hincarle el diente. Sabía que aquellas criaturas estaban acostumbradas a usar el encantamiento para aturdir a sus presas antes de devorarlas, así que seguramente estaría un tanto desconcertada al ver que aquel hombre se le seguía resistiendo.
Si podía utilizar esos preciosos segundos de desconcierto en su beneficio…
Pero la Mantícora decidió que tenía hambre.
Raven aulló de dolor cuando los colmillos de la bestia se hundieron en su hombro y ésta comenzó a sacudirle, seguramente con la intención de separarle la cabeza del cuerpo. Con un brazo, el cazador se agarró a una de las alas de la bestia, tratando de afianzarse a su cuerpo para que no pudiera sacudirle como un perro a una libre, mientras estiraba el otro brazo hasta casi descoyuntarse el hombro en dirección al rifle. El hedor que desprendían las fauces y el pelaje del monstruo casi fue suficiente para dejarle inconsciente.
—Hija de puta… —a pesar de todo, la Mantícora lo sacudía con movimientos breves y bruscos, pero con suficiente fuerza como para que estuviera a punto de desmayarse por el dolor. Cuando comenzaba a verlo todo de color rojo, sus dedos rozaron por fin el cañón del rifle de tranquilizantes y cerró la mano con fuerza en torno al metal. Con un gruñido de ira, Raven golpeó a la Mantícora en la cabeza con la culata del rifle una y otra vez, hasta que la bestia lo soltó y retrocedió de un salto, sacudiendo la cabeza, aturdida, y agazapándose como un león con las alas membranosas plegadas sobre su espalda, mientras preparaba el aguijón de su cola para disparar una nueva andanada de púas venenosas contra el humano.
Pero Raven no le dio la opción. Ahora que podía moverse con más libertad, se incorporó lo suficiente para desenfundar el rifle con munición auténtica de la vaina sujeta a su espalda y de un solo disparo reventó el aguijón de la Mantícora, que soltó un rugido de dolor que hizo retumbar las vitrinas de la sala de exposiciones. Por un segundo, el cazador apuntó hacia la cabeza de la bestia, pero se contuvo las ganas de volársela y acabar con todo. Arrojó el arma a un lado y, al mismo, tiempo apuntó a la Mantícora con el rifle de tranquilizantes, empuñándolo con la izquierda y disparando una y otra vez, confiando en que la droga hiciera efecto antes de que el monstruo tuviera tiempo de atacarle.
Al tercer impacto, la Mantícora rugió de nuevo y se alzó sobre sus patas traseras, desplegando las alas en toda su magnificencia. Entonces, Raven hizo uso de las pocas fuerzas que le quedaban para aprovechar ese instante y disparar una cuarta vez contra la garganta ahora expuesta de la Mantícora. El dardo se hundió profundamente en su carótida y la bestia se agitó, se estremeció, rugió una vez más y se desplomó de costado. Agitó las zarpas levemente un par de veces, antes de quedarse completamente inmóvil, emitiendo suaves jadeos que a Raven le sonaron a música celestial.
Entonces, y sólo entonces, el cazador se permitió relajarse. Soltó el rifle y se derrumbó sobre su espalda, exhausto. Se llevó una mano a la herida del hombro y la retiró empapada en sangre. Si no salía de allí de inmediato, moriría desangrado. Pero no podía abandonar a su presa, no con todo lo que le había costado cazarla.
Los cuatro dardos tranquilizantes tenían droga suficiente para dormir a un elefante adulto, sin embargo Raven no quería correr riesgos. Tenía que devolver a la Mantícora al ánfora de donde había escapado, pero sólo conocía a una persona capaz de hacer eso.
Palmeó torpemente en uno de los múltiples bolsillos de sus pantalones de cuero y sacó un pequeño teléfono móvil, confiando en que su vuelo sin motor y el posterior revolcón con la Mantícora no lo hubiera hecho pedazos. Pulsó el 1 y esperó.
—¿Raven? —la voz de Leaf al otro lado sonaba preocupada. La joven elfa tenía un sexto sentido para saber cuándo su jefe estaba siendo vapuleado por alguna criatura mágica.
—Tengo al bicho. Venid a buscarme —dijo débilmente, antes de acordarse de añadir—: Y traeros a Kasandra.
Luego, dejó que el móvil resbalara de entre sus dedos y cerró los ojos, rindiéndose a la inconsciencia.
~Continuará~
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