WIND OF GOLD

-por Alexa-

::I CERTAMEN LITERARIO VIVID CARROTS::

IIIer PREMIO

Seudónimo adjudicado: Dancing Corpse

 

VALORACIÓN DEL JURADO*

Calidad Narrativa

Gramática y Ortografía

Historia Narrada

4,2 puntos

4,4 puntos

3,6 puntos

Puntuación Total: 4,1 puntos

(*) La valoración se estableció de 1 a 5 puntos. Siendo 1 "malo" y 5 "excelente".

 

COMENTARIOS DEL JURADO

Jurado 1

Vale, el trabajo de las geishas es un trabajo creado por mujeres para mujeres. Nunca podría pasar esto, pero… la historia me gusta… y confieso que yo también había pensado en una idea similar… :p

Jurado 2

N/C

Jurado 3

N/C

Jurado 4

N/C

 

Fecha de publicación: 9 de septiembre de 2006 - Corrección: Ogawa Saya

 

En el corazón de los bosques, cerca del lugar donde el lago daba origen al río, se alzaba una construcción de madera, imponente aún en la armonía que conservaba con su entorno. La edificación, obra de los mejores artesanos de Edo, podría fácilmente llamarse castillo; sin embargo, su propietario repudiaba tal nombre, al ser un leal súbdito del Emperador.

 

El magnífico lugar no era otro que la morada del Shogun Ogawa Tetsuo, quien se mantenía en la cima de su poder sin la necesidad de alzar el abanico de mando para poner en movimiento a sus ejércitos.

 

Corría entonces el mes de abril, en esa semana especial en que todo Japón se teñía del sutil tono rosado de las flores de sakura, y la casa de Ogawa se encontraba vestida con las telas de la serena festividad de la contemplación. Docenas de invitados habían acudido a admirar los opulentos jardines, que superaban por mucho a los del propio Emperador. Sin embargo, una solitaria figura se deslizaba furtiva por entre los muros y los jardines, ajena al ambiente de fiesta.

 

Vestido con un gi de seda azul, con las geta en una mano para evitar el ruido y el rojizo cabello sujeto por una cinta blanca, quien escapaba del lugar era Ogawa Tetsuya, primogénito del Shogun. Con agilidad felina, saltó un espeso muro de piedra y miró a sus alrededores para constatar que nadie le seguía.

 

–¡Yoshi! –dijo para sí mismo, se calzó las geta y tomó la vereda que conducía a la ciudad.

 

El camino serpenteaba por el bosque, que en esa época del año era casi todo rosa. Luego permanecería verde por mucho tiempo hasta que el otoño lo colorease todo de rojos y naranjas. Al girar una curva, el joven Ogawa vislumbró la silueta de un hombre a caballo. Frunció el entrecejo, pero no se detuvo. En cambio, su mano se acercó a la daga que llevaba oculta entre los pliegues de su ropa.

 

–Llega tarde, honorable príncipe Tetsuya –dijo el hombre acercándose a él.

 

Tetsu, como sólo unos pocos de sus amigos tenían el privilegio de llamarlo, sonrió y dejó caer la mano a su lado.

 

–Si mi padre te escuchara darme ese título alguna vez, estarías muerto antes de la luna nueva.

 

–Tal vez. Pero no por eso deja de ser verdad –sin bajar de su caballo, le siguió hasta un lugar entre arbustos donde otra montura esperaba–. Todo Japón sabe que el poder no le pertenece al Emperador desde hace mucho tiempo.

 

–Mi padre sirve al Emperador.

 

–Quizá. Aunque la quinta parte de su ejército bastaría para derrocarle, ¿no es verdad?

 

–Nunca lo sabremos –montó en su caballo y emprendió el camino.

 

–Tu padre tiene el poder suficiente para apropiarse del trono diez veces.

 

–¿De dónde has sacado eso? –preguntó, empezando a sentirse incómodo con el tema.

 

–De ningún lado. Son mis propias predicciones.

 

–Me pregunto qué pensaría el honorable Kitamura Isshiro si llegara a enterarse de los pensamientos revolucionarios de su heredero.

 

–Seguramente estaría de acuerdo conmigo antes de mandarme a callar. Sirve al Shogun con demasiada reverencia.

 

–Mi padre le tiene en alta estima por ello.

 

–No lo dudo. Los viejos piensan igual –una sonrisa socarrona apareció en su rostro–. Lo cual me lleva a preguntarme qué pensaría el Shogun de que su hijo mayor se escape de su casa en los días de observación de sakura.

 

–Quizá...

 

–O mejor aún –le interrumpió–, de que ha rechazado su política pacifista y ha aprendido el arte de la espada.

 

–Ejecutaría al maestro, pienso yo –sonrió, triunfal.

 

–Claro, y tú le delatarías sin titubear, ¿eh?

 

–Por supuesto.

 

Ambos rieron, como no se les permitía hacer en público. El hijo mayor del Shogun, a quien éste no había nombrado aún su heredero y hábil espadachín contra los deseos de su padre, y el primogénito de una antigua casta de samurai, maestro de espada para su mejor amigo.

 

–¿A dónde vamos, Ken?

 

–Oh... sólo a beber un poco de sake.

 

–Sake. No estarás pensando en volver a esa casa, ¿verdad?

 

–No. En la casa sólo podemos tener una ceremonia de té y admirar las danzas –sonrió maliciosamente.

 

–Si sigues jugando con esa mujer, sólo mancharás su reputación. Sabes bien que a las geishas no se les permite tener amantes.

 

–Lo que no sabes, amigo mío, es que pienso pagar por tener derecho a ella.

 

–Pero aún no lo haces. Además, ni aún así tendrías derecho a reclamarla durante el día.

 

–Quiero hacerlo pronto –dijo como si hablara para sí mismo.

 

–Claro –dijo alzando los ojos al cielo y sin sonar muy convencido. A Kitamura Ken el enamoramiento le duraba lo mismo que la luna llena.

 

–Ogawa sama, apuesto a que no puedes llegar a la ciudad antes que yo –retó antes de arrear a su caballo.

 

Tetsu se lanzó a todo galope tras él.

 

 

Tetsu miraba con fastidio a su amigo. Igual que siempre, Ken le había ganado la apuesta e, igual que siempre, exigía su paga. Pero esta vez era peor que las anteriores.

 

–Rina vendrá acompañada de su hermana menor.

 

–¿Una maiko?

 

–Claro.

 

–Ajá, ¿y?

 

–Como te imaginarás, se supone que cuide a esta pequeña.

 

Tetsu lo miró con aire desconfiado.

 

–Lo que quiero que hagas es quedarte con la maiko mientras Rina y yo damos un paseo.

 

–¿Por qué no me sorprende?

 

–Quién sabe –se alzó de hombros burlonamente. Tetsu solía ser su cómplice en sus aventuras amorosas.

 

–Dime, Ken, ¿qué harías si me niego?

 

–No puedes. Yo gané.

 

–Claro.

 

Mientras Ken hablaba largo y tendido de lo hermosa y grácil que era Rina, Tetsu paseaba la vista por el pequeño cuarto de la casa de té en que se encontraban. A diferencia de su padre, que despreciaba los medios violentos y podía volver los vientos con la voluntad de su palabra, él era un hombre de acción, amante del arco, la espada y los caballos. A esto se debía tal vez que el Shogun se mostrase inseguro de nombrarlo su heredero, a pesar de ser el mayor de todos sus hijos, y no sólo entre los varones, y de dar muestras de poder llegar a ser un buen líder.

 

Exhaló un suspiro de resignación. Si bien el arte era de su gusto, prefería el entrenamiento militar a la danza o la música; y ciertamente prefería la práctica de la espada a la charla dulzona de una inexperta gestación de geisha. Ya vería cómo vengarse de Ken por comprometerlo a tal cosa.

 

Sonó una campana anunciando la llegada de las geishas, y los ojos de Ken brillaron de emoción. Tetsu miró no sin desprecio a la estilizada Rina, apretando los dientes, pero luego sintió su corazón detenerse por un momento. Ahí, siguiendo un paso más atrás a su hermana mayor, estaba la criatura más hermosa que Tetsu hubiese mirado jamás.

 

–Konnichiwa, Kitamura san, Ogawa sama –saludó Rina inclinándose hasta el suelo y modulando sus palabras. Su compañera la imitó, deleitando el oído de Tetsu con un susurro apenas audible.

 

–Konnichiwa.

 

La atención de Tetsu no podía seguir bien los estudiados movimientos de Rina, la forma en que reía comprometida con cada broma de Ken y le servía sake con bien calculada cortesía. Cada movimiento de la maiko lo hechizaba, así fuera el lánguido gesto con que le tendía otra copa o acomodaba discretamente los pliegues de su kimono. Recibió de sus manos de marfil una copa más, sin apartar los ojos de su rostro perfecto, pintado de blanco y rojo con precisión artística.

 

–Qué dulce. ¿Cuál es tu nombre?

 

–Hideko –respondió tímidamente buscando en los ojos de su hermana mayor un gesto de aprobación, pero encontrándola concentrada en su cliente.

 

–Hermoso nombre.

 

Respondió el cumplido con una reverencia y una discreta sonrisa que cautivó al hijo del Shogun.

 

–Ogawa sama –llamó Ken conservando el protocolo al no encontrarse a solas.

 

–¿Hai?

 

–Volveré en un momento.

 

–Por supuesto.

 

Ken se retiró, acompañado por Rina, y Tetsu pudo notar cómo la joven maiko se tensaba como la cuerda de un oboe. Sonrió. El lío en que se encontraba sólo la hacía lucir más hermosa.

 

–Canta para mí –ordenó con suavidad, feliz de tenerla sólo para él.

 

–Ruego me disculpe –dijo bajando la mirada–, pero me temo que mi garganta no es lo bastante fuerte para cantar.

 

–Comprendo. No te angusties.

 

–Puedo tocar, si así lo desea.

 

Tetsu asintió. En realidad, no importaba lo que hiciera. El sólo verle existir sobre la tierra era espectáculo suficiente.

 

Esa noche, mientras regresaban a casa, Tetsu confesó a Ken que quería regresar a la compañía de aquellas elegantes muñecas vivientes tan pronto como fuera posible.

 

 

–¿Acaso eres idiota o qué? –rugió Rina volcando un biombo de madera tallada, poniendo a temblar a la frágil figura que yacía postrada a sus pies–. Ése era el hijo del Shogun Ogawa; y ahora es seguro que no quiera volver a ver a ninguna geisha de nuestra casa.

 

–¿Qué se suponía que debía hacer?

 

–¡¿Pero qué escándalo es éste?! –interrumpió la madre de la casa, una mujer de aspecto tan refinado y gentil como duro y calculador era su interior.

 

–¡Pregúntale! –señaló acusadoramente a la aterrorizada figura en el suelo.

 

–¡No fue mi culpa! –su voz se quebró.

 

–Díganme de una buena vez qué fue lo que pasó.

 

–Estaba con Kitamura san, y le acompañaba el heredero de Ogawa. El hijo del Shogun tuvo que marcharse decepcionado cuando pidió a nuestra querida maiko una canción y no pudo tenerla.

 

El rostro del Ama se endureció.

 

–No puedo cantar. ¿Qué debía haber hecho?

 

–Tienes una garganta muy profunda, pero para compensar eso, tienes una lengua de plata. Sabes bien que deberías guiar a tus clientes a fijarse en tu danza, no en tu voz.

 

Iba a protestar, pero las miradas de hielo que se clavaron en su rostro enmudecieron sus palabras.

 

–Eres una carga para mí y una vergüenza para esta casa.

 

–Lo siento mucho, Rina. Nunca debí desperdiciar tu talento poniéndole bajo tu cuidado; pero tenemos una promesa que cumplir y quitarle tu tutelaje sólo levantaría habladurías –hizo una seña con el rostro y la hermosa geisha asintió.

 

–Muévete, doncella –siseó mientras le sujetaba el cabello y le llevaba a rastras hasta un pequeño y oscuro cuarto, donde le zarandeó un par de veces antes de arrojarle violentamente al suelo.

 

–Espero que algún día nuestros esfuerzos puedan convertirte en algo parecido a una geisha –dijo el Ama con una serenidad que le heló la sangre.

 

El rostro de Rina se suavizó con algo parecido a la compasión al escuchar el primer restallido de la vara de bambú sobre aquel delgado cuerpo. El brazo subía y bajaba con fuerza, golpeando estratégicamente espalda y muslos, aquellas partes donde las lastimaduras no serían visibles.

 

–Idiota. Comerás sólo una porción de arroz al día hasta que las marcas hayan desaparecido.

 

Hideko se forzó a levantarse y dirigir una reverencia a las dos mujeres, que salieron del cuarto de inmediato. Se dejó caer sobre el tatami, con el largo cabello negro esparcido como un halo en torno a su cabeza. Sólo cuando el pasador se cerró, confinándole en aquel diminuto espacio y los pasos se alejaron por el corredor, el primer sollozo subió silencioso por su pecho.

 

Tres días después, Hideko caminaba a solas en dirección a un apartado rincón del río. Suavemente, deshizo el complejo nudo de su obi y luego deslizó el kimono por sus hombros, capa por capa, hasta revelar el delgado y pálido cuerpo de un adolescente. Se apresuró a meterse en el agua, cubriéndose con su claridad hasta los hombros. Miró en dirección del cauce del río para que el agua fresca masajeara su espalda lastimada. Cerró los ojos un momento, gozando del alivio temporal.

 

Con dedos hábiles, soltó su cabello del peinado, dejando que el agua lo mojara antes de tratarlo con un jabón de hierbas aromáticas. Cuando acabó con su cabello, tomó un paño para lavarse con él. Suspiró. Aquello sería mucho más fácil si alguien le ayudara, como hacían todas las chicas de la casa; pero él no era una chica, así que tenía que bañarse solo.

 

Tan pronto como terminó, se acercó a la orilla y empezó a recoger su largo cabello en una trenza. Entonces, alguien colocó sobre sus hombros el primer kimono. Se volvió bruscamente, para encontrarse con un joven hombre mirándolo con una enorme y enigmática sonrisa.

 

Apenas pudo ahogar un grito, y envolvió rápidamente el kimono en torno a su cuerpo.

 

–Hola –se dirigió a él el joven–, ¿cómo te llamas?

 

Frenético, recogió su ropa y, dándole la espalda, se puso descuidadamente los otros dos kimonos, apretando contra su pecho el obi y el resto de sus cosas.

 

–Vamos, no seas tímido, sólo dime tu nombre.

 

Olvidándose de las calcetas, se calzó las geta y se dispuso a echar a correr, pero se vio sujeto por él.

 

–¡Déjame en paz! –forcejeó, con la mirada de un conejo perseguido por un halcón.

 

–¡Vaya! Ese rostro podría ser el de una princesa, pero esa voz y esa fuerza no dejan lugar a dudas. ¿Eres actor en el teatro? –de un empujón, lo hizo caer de espaldas y se colocó sobre él. Esbozó una amplia sonrisa, mientras deshacía el flojo nudo del único cinto que Hideko había atado en torno a su cintura–. Eres una hermosura –con violencia, metió su mano entre sus piernas, mientras con la otra lo sujetaba del cabello.

 

Rechinando los dientes, el joven tomó un puño de tierra y lo lanzó a los ojos del desconocido, que lanzó un rugido y lo soltó, llevándose las manos a la cara.

 

–¡Hijo de puta!

 

Como pudo, salió de debajo de su pesado cuerpo, manoteando sus pertenencias, y corrió a casa como alma que lleva el diablo.

 

Ni siquiera se movió cuando Rina entró en su habitación, llevando consigo una lámpara. Al regresar a casa, el Ama le había recompensado con veinte azotes por mojar y llenar de polvo un kimono, veinte por entrar en la casa con el obi a medio atar y veinte más por caminar en público con los pies desnudos como una puta. En total, sesenta azotes que le habían dejado tirado entre lágrimas por toda la tarde. Al menos Madre no se había enterado de su pequeño episodio con el desconocido, o los sesenta azotes se habrían convertido en al menos cien.

 

–Oh, Hide chan, ¿qué ocurrió?

 

Ya no podía llorar más, así que se limitó a negar con la cabeza.

 

–Las chicas dicen que Madre volvió a golpearte. Que estropeaste un kimono o algo así. ¿Es cierto eso?

 

–Fue un accidente.

 

–¿Un accidente? ¿Qué pasó? ¿Te caíste?

 

–Algo así.

 

Colocando la lámpara en el piso, se sentó grácilmente junto a él.

 

–Déjame ver –con gentileza, le ayudó a incorporarse, desató el obi y descubrió su torso. No pudo evitar hacer una cara. Si su piel había estado cubierta de magulladuras esa mañana, ahora, con las nuevas lastimaduras, había llegado a abrirse en algunas partes–. No está tan mal –se obligó a decir. Reteniendo un par de lágrimas ante una vista tan lastimosa, sacó de su manga un pequeño tarro de pomada y empezó a aplicarla cuidadosamente sobre las lastimaduras.

 

–Eso duele –dijo débilmente sin moverse.

 

–Pero te hará bien.

 

Cuando terminó, devolvió la pomada a su manga y volvió a colocar el kimono sobre el delgado y frágil cuerpo, ajustando el obi con suavidad para no lastimarlo.

 

–Sé de algo que tal vez te haga sentir mejor.

 

Sin esperar su autorización, deshizo su complejo peinado y empezó a cepillar su cabello, suave y lentamente.

 

–¿Por qué haces eso? –preguntó. Nunca antes Rina se había molestado en cepillarle el cabello, a menos que tuvieran que atender juntos a un cliente y no quisiera ver su elegancia manchada por el mal aspecto de su hermana menor.

 

–No sé a ti. Pero a mí me ayuda cuando me siento mal.

 

–Nunca antes habías sido amable conmigo.

 

El rostro de Rina se ensombreció. Aquél día habían pasado muchas cosas que habían cambiado su vida.

 

–Me siento feliz. Tengo buenas noticias. Deberían ser buenas para ti también.

 

–Un.

 

–Kitamura san vino a la ciudad el día de hoy. Le acompañé a comer al restaurante grande del lado Este. Pensaba disculparme por lo de la vez anterior; pero resulta que el hijo del Shogun quedó encantado contigo. Ha prometido regresar e incluso ha prometido traer un regalo para ti la próxima vez que nos visite.

 

–Un –sentía un nudo en la garganta. Le dolía el cuerpo y el espíritu, no estaba de humor para las promesas que hacían reír como bobas a las chicas.

 

–¿No es maravilloso?

 

–Claro.

 

Tuvo que reprimirse para no hablarle de las promesas que Ken le había hecho; las promesas de lo más cercano al matrimonio a que podía aspirar en su estilo de vida. Eso sólo le recordaría al muchacho algo que nunca podría tener.

 

Siguió cepillando su cabello, en silencio y perdida en sus pensamientos. Durante los meses que el joven había estado bajo su cuidado, lo había considerado un estorbo, un castigo a sus errores y un insulto a sus habilidades como geisha. Luego, le había odiado al creer que por su culpa la casa había perdido la gracia del heredero de Ogawa y ella, el favor del hombre que amaba. Había olvidado ese rencor al estar en la compañía de Kitamura Ken ese día, y cuando regresó a casa, se encontró con una sorpresa.

 

Madre había estado molesta a su regreso. En un principio, también ella se quejó de la torpeza de Hideko, pero después, mientras escuchaba las palabras del Ama, la exasperación dio paso a la pena. El muchacho no tenía la culpa de haber nacido en una casa de geishas, de ser demasiado hermoso para que su padre lo llevara consigo y, mucho menos, tenía la culpa de que ahora, a los dieciséis años, los hombros anchos y la voz profunda de un hombre comenzaran a hacerse evidentes en él. Era injusto que Madre le maltratara y matara de hambre sólo por eso. Quizá debía haber pensado en esa posibilidad antes de recibir el pago pro guardar un secreto que empezaba a revelarse por sí mismo.

 

Volvió a recoger el largo y lustroso cabello negro en un peinado que sería la envidia de muchas damas nobles. Se separó de él un poco para poder mirarlo.

 

–Ahí estás, pareces una muñeca.

 

–Kitamura san... es un samurai, ¿verdad?

 

–Sí. Su padre es uno de los consejeros del Shogun.

 

–Sou desu ka –sintió sus ojos llenarse de amargas lágrimas. También su padre había sido un samurai, pero...

 

Rina se esforzó por sonreír, pensando que el muchacho de nuevo sufría por algo que nunca podría ser, por algo que nunca podría tener.

 

–Es bueno para ti –bajó los ojos al suelo.

 

–Vamos, ya no llores, Hide chan. La próxima vez que venga el hijo del Shogun, tendrá un obsequio para ti. ¿No te alegra escucharlo?

 

–Claro. Si es que no he muerto de hambre para entonces.

 

–No digas tonterías. Eres un hombre. Se supone que se necesita más que eso para matarte. Además, mira el lado amable: los kimonos lucen mejor en un cuerpo delgado –hizo una pausa, sintiendo su tristeza como si fuera humo en el aire–. Deja de llorar. Tienes un rostro muy hermoso como para eso. Mañana hay un evento enorme al que debemos acompañar a Okabe san. Quiero que me hagas sentir orgullosa como tu hermana mayor.

 

–Hai.

 

–Bien. Descansa, Hide chan.

 

Rina se retiró a su habitación sintiéndose mareada. Era obvio que aquella fachada no podía durar para siempre, y temía lo que el Ama pudiera hacer para mantener una promesa que ponía su honor en jaque.

 

En la oscuridad, Hideko desenrolló a medias un futón y se tiró en él boca abajo. Si alguien le veía durmiendo en esa vulgar posición, seguramente volverían a reñirlo; pero esa noche la espalda le dolía demasiado para que le preocupara en lo más mínimo la elegancia.

 

 

En la casa del Shogun, Tetsu observaba a la distancia a las jóvenes damas samurai, delicada como las finas flores de sakura que caían arrancadas por el viento durante los últimos días de su breve temporada ese año. Seguramente, su padre querría que tomara a una de ellas por esposa, con una marcada preferencia por le hija menor de Awaji san.

 

La chica era hermosa, pero no podía compararse con la maiko que le había servido su compañía algunos días antes. Simplemente, su rostro era demasiado hermoso, su cuerpo delicado bajo el apretujamiento de seda, sus enormes ojos muy parecidos al firmamento nocturno.

 

La noche del día en que le había conocido, había elegido un hermoso pañuelo de seda bordada para presentárselo en su próxima reunión. Desde entonces, lo había llevado consigo en una pequeña caja de madera roja.

 

Respiró hondo. Esperaba con ansias que los invitados de su padre se marcharan pronto a su casa, dejándole con la suficiente libertad para escabullirse a la ciudad en busca de aquella maiko.

 

La oportunidad se presentó algunos días después. Ken estaba, como siempre, un paso más adelante, así que se dedicaba a picarle con su supuesto desprecio de las artes y su repentina afición por la compañía culta y refinada de las geishas.

 

–¡No odio el arte! –se defendió, sonrojado como un niño pequeño e intentando ocultar su incomodidad tras una copa de sake, para diversión de Rina y Hideko.

 

–Eso dice desde que ha visto a esta jovencita –señaló con la vista a Hideko–. Pero la verdad es que prefiere un caballo al galope que a una geisha ejecutando una danza.

 

–La guerra es también un arte. Uno que los tontos parecen olvidar cuando la paz se los permite.

 

Sintiendo el ambiente ponerse un poco tenso, Rina se apresuró a intervenir.

 

–Quizá Hideko pueda mostrarle una danza que sea de su gusto, pese a no conllevar espadas o caballos.

 

–Claro –de inmediato, su vista se fijó en la joven maiko, que empezó a moverse al ritmo que marcaba el oboe, flexible como un junco y delicada como un lirio.

 

En cuanto acabó la danza, Ken lanzó un comentario mordaz.

 

–Si no cierra la boca, Ogawa sama, temo que una libélula podría hacer ahí su nido.

 

–Muy gracioso, Kitamura san.

 

El joven samurai se alzó de hombros, francamente divertido.

 

–Iré a tomar algo de aire fresco.

 

–Douzo –observó a su amigo retirarse en compañía de su amante, y pronto su corazón comenzó a latir con fuerza. Se volvió hacia la maiko, que se ocupaba en preparar un poco más de té–. Hideko...

 

–¿Sí, señor?

 

Tetsu se sintió atravesado por aquellos enormes y oscuros ojos, que parecían encerrar en su profundidad todo aquello que su dueña no dejaba salir en forma de palabras.

 

–Te he traído un regalo –dijo con una torpeza inusitada mientras sacaba la cajita roja con dedos  tan temblorosos como las hojas de un árbol azotado por el viento.

 

–Se lo agradezco mucho –una profunda reverencia. Después, con movimientos tan delicados que le daban un aspecto aún más frágil, abrió la cajita y sacó el pañuelo–. Es hermoso.

 

–Es bueno que te guste, aunque no rivaliza con tu belleza.

 

Agradeció el cumplido con una reverencia y una dulce sonrisa.

 

Tetsu devolvió la sonrisa, y aquella fue la primera de muchas reuniones, en las cuales ambos encontraban un consuelo para continuar con sus medias vidas.

 

 

 

–¿Lo ves? Sabía que este día llegaría alguna vez –comentó Rina alegremente mientras le arreglaba el cabello.

 

–¿Cuál será mejor usar? –preguntó tomando uno de los enjoyados broches de cabello.

 

–Mh. Varios de ellos. Hoy es un día especial. Por fin alguien ha solicitado expresamente tu presencia sin siquiera mencionar otro nombre.

 

Hideko paseó la vista por los alfileres de cabello, los abanicos, obis y demás objetos que había en su habitación. Todos habían sido regalos del hijo del Shogun. Al pensar en esto, una sonrisa apareció en su rostro.

 

–¿Qué voy a hacer si cometo un error? ¿O si mi cliente me pide que cante?

 

–Eso no va a pasar, Hide chan –y, sin ánimos de discutir el tema, se concentró en apretar con fuerza el obi torno a su cintura.

 

 

Aunque su caminar era el estudiado paso de una maiko, su pecho latía a toda velocidad al bajar del carruaje que le llevó a su destino. Respiró hondo al llamar a la puerta, donde una mujer le dejó entrar y le llevó hasta un diminuto cuarto de té.

 

–Bienvenida.

 

Apenas pudo hacer su reverencia, pues sentía que le faltaba el aire. Aquél era el hombre que debía entretener esa tarde, un joven de piel blanca y largos cabellos negros, sin duda hijo de una distinguida familia samurai. El mismo que lo había atacado meses atrás a la orilla del río.

 

–Eres puntual.

 

–No es nuestra costumbre hacer esperar –dijo agradeciendo que su voz no temblara–, Sakurazawa san.

 

–Pasa, por aquí.

 

Hideko caminó grácil hasta un cuarto más amplio que le indicaba el hombre. El lugar estaba casi en penumbras, iluminado sólo por una mortecina flama en una esquina. Se volvió en cuanto sus ojos captaron los contornos de un enorme futón en el centro de la habitación, pero la puerta ya se había cerrado y pronto se vio sujeto por fuertes brazos que el empujaban hasta el futón.

 

–¡Basta! –suplicó, forcejeando inútilmente por salir de debajo de su cuerpo, apartar sus besos de su cuello y detener las manos que apartaban sin cuidado los pliegues de su kimono.

 

–Puedes parecer una geisha debajo de toda esa seda y maquillaje, pero esos ojos son inconfundibles.

 

Hideko lo miró a los ojos un momento, paralizado de miedo, antes de que sintiera la mano cerrarse con fuerza entre sus piernas y su lengua invadir su boca.

 

 

Esa mañana, el Ama de la casa de geishas había recibido a un cliente, sobrino de un poderoso Shogun de tierras del norte.

 

–Sakurazawa Yasunori –se presentó él con una reverencia.

 

–Dígame cómo puedo ayudarle, Sakurazawa san.

 

–Estoy interesado en una de sus damas. Hideko...

 

–Una maiko adorable. Estaré encantada de apartarle una fecha, si fuera tan amable de decirme...

 

–No es su compañía lo que me interesa –interrumpió–. Al menos no la variedad que aquí me ofrece.

 

El Ama se tensó.

 

–Esta no es una casa de placer, mi señor.

 

–Creo que no me entiende –sacó de entre los pliegues de su ropa una tira de tela blanca bordada con flores de ciruelo que el Ama reconoció enseguida: uno de los cinturones que sujetaban el primer kimono, el bordado definitivamente pertenecía a su casa–. Sé un pequeño secreto acerca de esta... chica –remarcó con malicia la última palabra–. No creo que sea de su agrado que todos se enteren de que su casa no aloja sólo a damas, ¿o sí?

 

No respondió, pero en sus ojos ardía la indignación.

 

–Si me concede este... favor, no sólo guardaré silencio, sino que además le pagaré una suma nada despreciable. Porque, verá usted, lo que para muchos sería motivo de escándalo, para otros hombres es algo sumamente conveniente.

 

 

Hideko regresó a casa tarde, cuando casi despuntaba el alba. El cuerpo le dolía horriblemente por el abuso físico, y sólo el temor era superior al dolor. Esperaba con toda su alma que Madre estuviera dormida, o le reprocharía la tela arrugada de su kimono.

 

Tragó saliva. Madre estaba despierta y, aparentemente, esperándole. Saludó con una profunda reverencia, mordiéndose la lengua para no lanzar un grito a causa del dolor que atravesó su cadera.

 

–¿Cómo fue? –preguntó secamente el Ama.

 

–Bien. Gracias, Madre.

 

La recia mujer se levantó y se acercó a él, observándolo detenidamente. Hideko esperó una bofetada que nunca llegó. En lugar de eso, vio materializada ante sí una copa grande de sake tibio.

 

–Bebe esto. Estás temblando, criatura –el joven se preguntó por un momento si acaso había compasión en su voz–. Debes estar exhausto. Ve a dormir.

 

–Hai –con una nueva reverencia, se retiró a su pequeña habitación. Se desvistió, sintiendo los lugares donde las bruscas caricias dejarían marca. Se quitó la ropa, y un escalofrío recorrió su espalda al tocar la humedad que había en la tela más cercana a su cuerpo. Miró la prenda a la luz de la lámpara, confirmando su temor de una gran mancha de un rojo ocre en ella. Hizo un apretado bulto con ella y la lanzó a un rincón, manoteando algo de ropa limpia que ponerse antes de derrumbarse sobre el futón.

 

En el salón, la Madre miraba las sombras sin ver nada en realidad. Tal vez no se caracterizaba por ser una tutora dulce y comprensiva, pero lo de ese día había ido demasiado lejos. Si había algo que no podía tolerar era que se faltara al respeto a sus artistas, y más aún si era de una manera tan horrible y fuera de sus propias reglas.

 

 

Como ya era costumbre, Ken y Rina habían dejado a solas a Tetsu y Hideko.

 

–Extrañaba tu compañía.

 

–Temo que estuve ocupada durante mucho tiempo. Demasiados compromisos ineludibles.

 

–Me imagino. Una flor hermosa es solicitada por todos al mismo tiempo.

 

Hideko sonrió. Había pasado algunos días sin moverse en absoluto. Para su sorpresa, el Ama no le había obligado a  hacer nada. Luego, había pasado casi dos semanas sin ánimos para servir a nadie.

 

Hasta ese día.

 

La compañía del joven Ogawa era reconfortante.  Sus palabras eran titubeantes, sobre todo al intentar poner un poco de poesía en sus cumplidos, pero en su cercanía, se sentía bien. Tan sólo le torturaba no poder hablarle de la verdad acerca de su vida, permitir que le conociera tal como era y no debajo de una máscara de femenina perfección, compartirle sus temores y pedirle que le llevara con él a presenciar sus prácticas de espada o sus carreras a caballo, de las que tanto le escuchaba hablar con Kitamura. Sin embargo, no podía hacerlo. Sólo podía fantasear con la idea, pues Ogawa gozaba no de su compañía, sino de la de Hideko, la grácil y silenciosa maiko.

 

–Cuánta seriedad –comentó Tetsu en son de broma–. Ven, te mostraré el regalo que he traído para ti.

 

En silencio, se dejó guiar hasta el pie de un árbol de duraznos, donde le hijo del Shogun se inclinó sobre una caja de madera. La abrió, retiró varias capas de papel de arroz y extrajo de ella un hermoso kimono de tonalidades rosas y naranjas que en recordaban a una puesta de sol.

 

–Espero que sea de tu gusto.

 

–Es muy hermoso –fue su comentario, igual que siempre.

 

Tetsu sonrió ampliamente. Había esperado esa frase exacta.

 

–No sé cómo agradecer tanta amabilidad –hizo una reverencia, admirando aún el finísimo trabajo de la seda bordada. Las chicas más agraciadas recibían regalos de sus clientes, pero nunca una maiko de su casa se había visto obsequiada con un kimono.

 

El hijo del Shogun le miró pasear los dedos sobre el bordado, con adoración casi. Esa complacencia, junto a la radiante sonrisa que llenó el rostro de Hideko cuando al fin sus ojos se cruzaron, era bastante recompensa para él, pero se atrevió a pedir un poco más.

 

–Mi padre ofrecerá una fiesta dentro de poco. Vendrán invitados de tierras muy lejanas. Incluso el Emperador nos honrará con su presencia en una de las festividades. Si me dieras tu tiempo entonces, me sentiría muy feliz.

 

–Si no se me ha asignado antes un compromiso, estaré encantada de hacerle compañía.

 

Tetsu sonrió. Su alegría era tal, que se transmitía al aire que lo rodeaba. Hideko respiró hondo, sintiéndose contagiado de su buen humor. Eran aquellos momentos de silencio y entendimiento mutuo lo que ambos disfrutaban más de sus reuniones.

 

 

 

Las fiestas en la casa del Shogun se extenderían por varios días, y Rina pasaba la mayor parte del tiempo en compañía de Kitamura Ken. Ese día, el segundo de su estancia, Hideko vestía el kimono que le había sido regalado por Tetsu. El día anterior había pasado el tiempo conversando con algunos de los caballeros que se prendaban de su belleza en cuanto le acariciaban con la mirada. Ese día, esperaba poder pasar al menos un rato con su anfitrión.

 

Antes de acercarse, miró largamente su figura envuelta en los sutiles matices del atardecer, de pie en la parte más alta del puente, protegiendo su rostro del sol con un abanico.

 

–Konnichiwa.

 

–Konnichiwa, Ogawa sama –respondió ocultando a la perfección su sobresalto.

 

–¿Qué ocupa tu mente?

 

–Admiraba el paisaje.

 

–Deberías verlo en primavera –dijo, por primera vez orgulloso de los jardines de su casa.

 

–Debe ser hermoso. Pero encuentro muy bellos los colores del otoño. Todas las estaciones son hermosas; sólo que su belleza es diferente.

 

–Cierto. Ven, quiero mostrarte un lugar –le guió por el campo hasta una colina, donde cada vez era más difícil avanzar–. Este era mi lugar especial cuando era niño. No pensé que fuera tan duro para una chica.

 

Hideko sólo rió, cuidando su kimono de la tierra y la humedad, pero sin dejar de avanzar.

 

Llegaron hasta un mirador natural, desde donde podía apreciarse todo el lugar, incluyendo el brillo del sol sobre el río. Tetsu prácticamente tenía que soportar el peso de ambos, pues el lugar era estrecho y cualquier paso en falso significaría una caída de casi dos metros.

 

–¡Qué vista tan hermosa! –tuvo que contenerse para no exclamar demasiado alto

 

–Lo es. Sólo siento que sea tan estrecho –dijo temiendo que Hideko se sintiera incómoda con la forma en que el poco espacio los empujaba el uno contra el otro–. Lo recordaba más grande –rió–. Venía aquí cuando era niño, cada vez que mi madre o mi padre me reñían por algo. La vista de algo tan hermoso siempre ayudaba a calmar mi espíritu.

 

–Es... indescriptible –su voz era suave, cuidadosamente modulada. No reflejaba en absoluto la emoción que brillaba en sus ojos, en su sonrisa y en los delicados dedos de marfil que se sujetaban a sus hombros. Nunca había experimentado nada que se pareciera a esa sensación, a admirar los colores del cielo al atardecer desde la altura, con el viento llenando sus pulmones de los aromas del bosque y, sobre todo, de la cercanía de Tetsu.

 

–Hideko...

 

–¿Hai?

 

–Eres hermosa. Muy hermosa.

 

Su única respuesta fue una risita evasiva.

 

–Hay algo importante que debo decir.

 

–Escucho.

 

–Quiero que estés conmigo. Por siempre.

 

De nuevo, no hubo contestación.

 

–Te amo. Amo no sólo tu belleza, sino...

 

Hideko no decía nada, pero su rostro estaba serio y sus ojos vagaban por los árboles, su interés por los colores del cielo ya completamente desvanecido.

 

–Quédate a mi lado. Sé lo que vas a decir de las reglas que te atan, pero... es posible. No sería la primera vez que sucede. Puedo pagar a tu casa el precio que sea, liberarte de esa jaula de seda y flores... El Ama no podría negarse, e incluso si lo hace, mi padre puede... –su voz era desesperada, y Hideko sólo movía negativamente la cabeza.

 

–Te amo, Hideko. Si dices que no me amas, no volveré a decir esto nunca más. Pero si sientes lo mismo que yo... aunque parezca una locura... haré lo que sea para que estemos juntos. Incluso si tengo que huir de mi casa sin honor y robarte para llevarte conmigo, lo haré.

 

Dificultosamente, Hideko tragó saliva.

 

–Eres un cliente para mí. Tan gentil, tan amable... pero...

 

Bruscamente, Tetsu le obligó a mirarle a la cara.

 

–Mírame a los ojos cuando lo digas.

 

No podía hacerlo. Había sido entrenado para fingir en cada momento de su vida, pero ahora no podía hacerlo. El sentimiento era demasiado fuerte. Una solitaria lágrima resbaló por su mejilla.

 

–¿Por qué? Cada día veo en tus ojos el mismo sentimiento que hay aquí –se tocó el pecho–. Ahora mismo, tus ojos me gritan “sálvame, libérame”, pero tu voz no quiere corresponderme. Dímelo –suplicó–. Con sólo una palabra, serás libre. Incluso serás libre para decidir si quieres ser mi esposa o no. Si te quedas conmigo, tendrás todo lo que puedas desear, nadie volverá a decirte qué hacer, nadie volverá a mirarte con desprecio o como si fueras un objeto... Sólo dime la verdad. Por favor...

 

Los brazos que sujetaban sus hombros temblaban suavemente, pero sus profundos ojos castaños no dejaban de mirarle con intensidad a través de las lágrimas.

 

–¿Por qué? ¡¿Por qué no dices nada?! –le sacudió, desesperado y furioso. Nunca había deseado algo con tal intensidad; ni siquiera la aprobación de su padre. Nunca había deseado a una mujer de ese modo, sin importar si era noble, geisha o cortesana. Nunca antes había amado.

 

En un arrebato de furiosa pasión, apretó su frágil figura contra su cuerpo, forzando sus labios en un beso que había deseado por muchos días con sus noches.

 

Hideko sintió su corazón detenerse, los recuerdos y los temores llenando su mente en un violento caudal. Con toda su fuerza, se apartó y la intensidad de sus emociones le impidió exhalar un grito.

 

 

Tetsu entró en el cuarto, olvidando dejar las geta en la entrada y vociferando a todos los sirvientes que se retiraran. Su cuerpo temblaba, apenas sintiendo el peso de la inmóvil figura en sus brazos.

 

Una vieja mujer extendió un futón sobre el tatami, y tan pronto como Tetsu colocó ahí a Hideko, se acercó con la intención de examinarle.

 

El joven le apartó las manos, empezando a desatar el obi él mismo. Ella le miró con desconcierto.

 

–He dicho que todos afuera.

 

La mujer sólo continuó mirándolo, como si le invitara a reconsiderar sus palabras.

 

–Tengo derecho a ella –mintió, terminantemente. Ella le hizo una reverencia y salió del cuarto. Verdad o mentira, las palabras del hijo del Shogun eran una ley en esa casa, opacadas sólo por la voluntad de su padre.

 

 

Hideko despertó con la sensación de haber tenido un mal sueño. Sus ojos estudiaron con curiosidad los labrados del techo, hasta que recordó que su casa no poseía esos lujosos techos a bajorrelieve. De golpe, los sucesos al lado de Ogawa Tetsuya regresaron a su mente, ocasionando que jadeara con violencia y se incorporara en el futón en que se hallaba. Llevaba puesta la parte baja de un gi de seda negra, pero su torso estaba completamente desnudo, salvo por una venda que le cubría un hombro.

 

–Al fin despertaste.

 

Se volvió, encontrando a Tetsu de pie en el extremo opuesto más alejado del cuarto. Instintivamente, cubrió su pecho con los brazos, cerrando las manos en sus delicados hombros. Su cabello caía libremente por su espalda, y el maquillaje había desaparecido de su rostro y sus hombros.

 

Tetsu dejó oír una risita burlona.

 

–No es como si tuvieras algo digno de esconderse ahí.

 

No se movió. El shock era demasiado intenso y sus ojos ya empezaban a ponerse vidriosos.

 

–Ahora veo por qué no querías responderme.

 

–¿Qué quiere de mí?

 

–No estoy seguro. Ya no.

 

–Haré lo que diga, sólo... –su voz se quebró y las lágrimas empezaron a rodar por su rostro.

 

Tetsu lo miró largamente. Quizá su tradicionalista padre exigiría la muerte de Hideko, o al menos haría que le azotaran hasta dejarle inconsciente por insultar a su primogénito; pero ahí, viéndole llorar en silencio con los delicados bracitos acunando su cuerpo, parecía más frágil que nunca. Y más hermoso que nunca.

 

–Quiero la verdad.

 

Hideko levantó hacia él sus ojos enrojecidos.

 

–Quiero escuchar la verdad. Porque esto no es algo que suceda todos los días, ¿verdad?

 

El pequeño muchacho negó enérgicamente con la cabeza.

 

–Bien. Empieza.

 

Hubo silencio por varios minutos.

 

–Habla de una vez. Yo jamás golpearía a una mujer, pero tú no lo eres, así que juro que te golpearé hasta hacerte sangrar si no me dices la vedad ahora mismo.

 

A pesar de las crudas palabras, su tono fue casi de súplica. Hideko respiró hondo, pensando que no le importaba si Tetsu lo golpeaba hasta sacarle sangre o hasta matarlo. Durante mucho tiempo había anhelado poder contarle la verdad acerca de su vida a Tetsu. Pues bien, cumpliría su capricho. Lo que pasara después no tenía la más mínima importancia.

 

–¿Cuál es tu verdadero nombre?

 

–Hideto. Takarai Hideto.

 

Tetsu sintió un escalofrío al encontrar una clara veta de masculinidad en su voz. Asintió, presionándolo a seguir.

 

–Mi padre es un gran samurai, al servicio de un honorable señor de tierras muy al oeste. No estoy seguro de ello, pero me dijeron que mi padre estaba atrapado en matrimonio con una mujer bella, pero fría, a la que nunca ha amado. En cambio, amaba a mi madre; ella era una geisha, la más hermosa y refinada que haya vivido jamás en nuestra casa.

 

»Pagando su precio, mi padre se aseguró de que mi madre no tuviera nunca falta de nada. A cambio, ella le engendró tres hijos, todos varones. Él era feliz, porque no tenía un heredero para la casa de los Takarai. Yo nací en la casa de geishas, y todo estuvo bien durante mucho tiempo. Al menos eso me pareció entonces... para un niño, cualquier rato es mucho tiempo.

 

»Mi madre enfermó en el invierno, y no llegó nunca a ver la primavera. Padre nos llevó con él a su casa, con la promesa de enseñarnos a usar la espada como nadie más podía hacerlo. Su esposa nos odió desde el primer momento, porque ella sólo le dio a padre hijas mujeres, y gracias a nosotros, nadie de su sangre heredaría el poder o el título. Día y noche, protestó contra la decisión de su esposo. Él necesitaba al menos un heredero, así que nos hizo parte de su casa. O al menos así fue con mis hermanos. Ellos eran más grandes, altos y fuertes que yo. Yo parecía una niña.

 

»Un día, padre me llevó con él a un viaje; la cabalgata duró mucho tiempo, aunque no podría decir cuánto, pudieron ser semanas o un par de días. Me encontré de regreso en la casa de geishas. Dijo que me parecía demasiado a mi madre, que mirarme le hacía recordar y que recordar le hacía sufrir. Además, su esposa no quería bajo su techo a un niño más hermoso que sus hijas. Así que padre pagó al Ama una gran cantidad de dinero y me dejó ahí, bajo su cuidado.

 

»Desde entonces, dejé de ser Takarai Hideto y empecé a vivir una vida que en realidad no es mía. Que nunca debió ser mía... –  por mucho tiempo, había ansiado decir todo aquello. Le había pesado cada día de su vida, torturándole en todo momento y ahora, tras finalmente decirlo en voz alta, había dejado caer los muros que le sostenían. Ahora podía pasar cualquier cosa y no le interesaría en absoluto, ya nada parecía real. Lo único que conservaba tintes de realidad era el dolor acumulado de años, reflejado en las lágrimas que bañaban su rostro y los sollozos que sacudían su pecho.

 

A pesar del impacto de la historia que acababa de escuchar, Tetsu sonrió para sí, divertido.

 

–Al menos creo que ya sé por qué me parecías tan diferente a cualquier mujer que hubiese visto en mi vida.

 

Tetsu esperaba que su comentario ayudara a aligerar un poco el ambiente, pero el joven sólo seguía llorando, apretando los brazos en torno a su cuerpo, como si deseara hacerse aún más pequeño, hasta desaparecer.

 

El hijo del Shogun se encontró sentado frente a él, su mente toda confusión. Sólo sabía con seguridad que quería detener ese llanto desgarrador.

 

–Hideto...

 

El sonido de ese nombre, que no había escuchado de labios de otra persona en muchos años, le hizo levantar la cabeza de golpe.

 

Sus ojos reflejaban el mismo profundo sentimiento que Tetsu había encontrado en ellos la primera vez. Sin pensar, extendió la mano para apartar el largo cabello negro de su rostro.

 

–Entre la literatura que mi padre me ha obligado a leer, hay un fragmento que dice que el dolor y el miedo hacen más hermosa a una mujer. Puede que sea porque soy pésimo en cuestiones artísticas a pesar de los esfuerzos de mi padre, o quizá sea porque no eres una mujer; pero tu rostro me parece mucho más hermoso cuando sonríes que cuando lloras.

 

Por un momento, las lágrimas cesaron, y pudieron mirarse a los ojos, hasta que Hideko volvió a hundir la vista en el piso.

 

–Aunque mi padre es el Shogun, a él no le agradan demasiado las espadas. Cree que la katana es el último recurso que debe utilizarse. Toda mi vida he estudiado artes, historia... mi padre no podía dejar que su hijo mayor le deshonrara, así que he tenido los mejores maestros en cada disciplina. Excepto para lo que realmente me interesa: la espada. He tenido que aprender ese arte de mi mejor amigo, en secreto y arriesgando su vida y el honor de su casa.

 

Hideto mantenía la vista baja, sin más movimiento que el de su respiración.

 

–Somos iguales, tú y yo –al verle negar suavemente con la cabeza, con una amarga sonrisa en los labios, Tetsu insistió–. Todos esperan que seamos algo que no somos.

 

El pequeño muchacho lanzó un débil resoplido. No podía ver mucha similitud entre ellos, sin importar lo que Tetsu dijera. Sus ojos se abrieron desmesuradamente al sentirse atrapado entre los brazos de Tetsu. Se resistió, pero sólo por un instante; después, sus propios brazos subieron a envolverse en el ancho torso de Tetsu.

 

–Tal vez por eso te amo. Tal vez eso es lo que miraba en tus ojos, aunque no podía reconocerlo –le separó un poco de sí, de nuevo apartando el cabello de su rostro–. Todo está bien. Sólo... sólo mírame y dame la respuesta a la pregunta que te hice ayer –suavemente, le impidió volver el rostro y le obligó a mirarlo a los ojos.

 

Sus labios temblaban.

 

–Te quiero, pero...

 

–Suficiente. No me importa nada de lo que digan o piensen o pueda pasar, mientras sepa que sientes lo mismo –con adoración casi, le acarició la mejilla antes de inclinarse para besarlo.

 

Hideto titubeó un instante. Sólo había sentido esa caricia una vez, y esa ocasión había buscado hacerle daño. Sin embargo, esta vez era diferente, porque lo último que haría Tetsu sería lastimarlo. Cerró los ojos y, antes de darse cuenta, devolvía el beso, como si lo hubiese hecho toda su vida.

 

Tetsu desprendió la mano de su espalda para arrastrarla por todo su torso hasta su pecho. Sonrió al sentirlo, delicado pero firme, no suave como las mujeres que había tocado.

 

Hideto se tensó un poco al sentir esa mano acariciarlo.

 

Aunque, como era de esperarse, el hijo del Shogun se había hecho acompañar por las más hermosas oiran en más de una ocasión, nunca había estado con un hombre. Tenía una ligera idea de lo que le esperaba, gracias a la charla indiscreta de los jóvenes nobles o soldados de alto rango, pero no estaba muy seguro de lo que hacía. Así que sus movimientos fueron lentos y titubeantes al reclinarlo hacia atrás hasta quedar tendido sobre él. Volviendo a besarlo suavemente, presionó su cadera contra su muslo.

 

Aquello traía recuerdos desagradables a  la mente de Hideto, y una oleada de terror le hizo romper el beso volviendo la cabeza hacia un lado, sus manos empujando el pecho de Tetsu para apartarlo.

 

–¿Qué pasa?

 

–No soy una mujer.

 

–Lo sé.

 

–Eso significa que no puedo ser tu esposa... ni siquiera tu concubina. No puedo engendrarte hijos y...

 

Tetsu le tomó una mano, le besó la palma y luego la cerró en un puño, envolviéndola en al suya.

 

–No importa. Sabes que un hombre puede repudiar a una esposa si ésta no puede darle descendencia. Pero yo te amo demasiado. Puedes estar a mi lado y eso me basta.

 

–Demo...

 

–Yo nunca te haría daño. Llegaremos hasta donde podamos llegar, ¿estás de acuerdo?

No hubo respuesta.

 

–¿Confías en mí?

 

Su voz le hizo mirarlo. La coleta que recogía su cabello caía sobre su hombro, y algunos mechones sueltos sobre su frente. Enfocó la vista en sus ojos. Mirándolo de ese modo, no podía sentir miedo.

 

–Hai –dijo suavemente. Y mientras se abandonaba a las sensaciones del beso, arqueó la espalda para permitirle deshacer el nudo de su cinto.

 

 

Con cuidado, Tetsu siguió cada instrucción de Hideto para colocar cada pieza de su complicada vestimenta.

 

–Apriétalo con fuerza. Mientras más ajustado quede, mejor.

 

–¿Estás seguro?

 

Asintió.

 

Tetsu se alzó de hombros y tiró del obi, apretando el nudo todo lo que podía. Hideto estuvo a punto de caer al suelo.

 

–¡No puedo respirar! ¡Y casi me partes en dos!

 

El joven hijo del Shogun aflojó el obi, sonrojándose profusamente.

 

–Dijiste que...

 

–No importa –dijo intentando volver a respirar, como si lo hubiese pateado un caballo–. Estoy bien –su voz no sonaba muy segura de ello, mientras su mano se apoyaba en su vientre–. Me olvidé de que eres un hombre... usualmente es mi hermana mayor quien me ayuda a vestirme.

 

–Lo siento.

 

Observó embelesado mientras el pequeño muchacho terminaba de arreglar su ropa. Ya no podía pensar en Hideto como en un hombre o una mujer, sino sólo como la persona que amaba.

 

–Cumpliré mi promesa. Tan pronto como me sea posible, iré a ofrecer un trato al Ama de tu casa. Después, te traeré conmigo y nada se va a interponer entre nosotros.

 

–Hai.

 

Si alguien les hubiese observado entonces, mientras se besaban enlazados en un estrecho abrazo,  aún si no comprendía la verdad bajo la apariencia exterior, habría visto claramente la esencia del momento: a dos jóvenes enamorados por encima de todas las reglas que ataban a ambos.

 

 

 

La elegante mujer se tensó al ver entrar a su recibidor a aquel hombre. Había esperado, contra todo lo que la lógica le dictaba, que no tendría que volver a verlo nunca. Y sin embargo, ahí estaba. Siguiendo forzadamente el protocolo, le saludó con una profunda reverencia.

 

–No pensé que volvería a verlo.

 

–Pues, heme aquí una vez más.

 

–¿Cómo puedo servirle, Sakurazawa san?

 

–Iré directamente al grano. He venido a ofrecerle un trato, uno que no podrá rechazar.

 

–No voy a cumplir el mismo capricho de la vez anterior.

 

–Desde luego que no.

 

El Ama se sintió acorralada. No por primera vez, deseó no haber hecho nunca aquella promesa. Deseó haber rechazado al muchacho cuando su padre lo trajo de vuelta.

 

–¿Qué es lo que tiene que decirme, entonces?

 

–Quiero llevarlo conmigo.

 

La mujer lo miró como si no comprendiera.

 

–Es obvio que no podrá mantenerlo aquí por mucho más tiempo. Llegará el momento en que no pueda seguir ocultando la verdad. Cuando eso pase, se verá envuelta en un escándalo sin precedentes.

 

Dejó pasar un par de minutos en silencio, para dejar que todas las posibilidades llenaran la mente de la mujer.

 

–En cambio –prosiguió–, puedo ofrecerle un acuerdo que salvará su orgullo y su honor al mismo tiempo. Lo llevaré conmigo a las tierras de mi familia en el norte. Nada podrá faltarle y nadie se enterará nunca de su historia; yo lo mantendré a salvo y en silencio. Además, le ofrezco cinco veces el valor de su precio original, su manutención y su educación. ¿Qué dice?

 

El Ama levantó hacia él su mirada furiosa, sin decir una palabra.

 

 

Hacía un par de días desde que Rina y Hideto regresaran de la casa del Shogun, y esa tarde el joven cepillaba su largo cabello negro con entusiasmo sentado frente al espejo sin prestar demasiada atención a su reflejo. Rina lo miró un momento, sorprendida con la sonrisa que adornaba el rostro de quien hacía las veces de su hermana menor.

 

–¿Qué es lo que te hace tan feliz?

 

–No lo sé.

 

–Si fueras una mujer, podría jurar que te has embarazado de algún amante.

 

Hideto dejó oír una risa ligera.

 

–Tienes ideas muy raras. ¿De dónde sacas eso?

 

–Te brillan los ojos.

 

–¿De verdad?

 

–Hai.

 

–Pues no tengo idea del motivo. Tal vez porque es un bonito día.

 

–¿Bonito día? Pero si está amenazando tormenta desde la mañana. Creo que te has golpeado la cabeza.

 

–Quién sabe.

 

Rina puso los ojos en blanco. No entendía en absoluto la actitud del muchacho, pero era mejor que verlo consumirse como un cabo de vela azotada por los vientos de la amargura.

 

–Date prisa. Tenemos que salir pronto.

 

–Hai, hai.

 

Toda esa velada, Hideto hizo su trabajo mejor que nunca, riendo con facilidad ante cualquier broma y moviéndose con una gracilidad aún más refinada que de costumbre. Sus clientes no podían sacarle los ojos de encima ni un solo momento.

 

Rina le miraba con desconcierto y un dejo de envidia. Jamás habría adivinado que el joven tras la máscara de la maiko en realidad deseaba con toda su alma que el tiempo transcurriera más a prisa. Justamente ese día, el hijo del Shogun había prometido hacer un trato con el Ama, y usar el nombre de su padre si la mujer se negaba. A su regreso, todo estaría arreglado y Tetsu le estaría esperando para llevarlo con él.

 

Cuando, con los primeros tintes del alba, volvieron a la casa, su corazón latía desbocado. El camino de regreso le había parecido eterno.

 

La puerta se abrió para recibirles, pero Tetsu no estaba ahí. Sin embargo, el Ama mandó a Rina a su habitación y ordenó a Hideto que se sentara frente a ella. Él obedeció, sin poder ocultar del todo un temblor en sus manos.

 

–Tengo que hablarte.

 

–Escucho.

 

–Si tú así lo quieres, tus días en esta casa pueden terminar hoy mismo. Alguien se ha ofrecido a liberarte de tu deuda... pero a cambio tendrás que acompañarle y obedecerle.

 

–Es...

 

–Es un hombre, claro está. Y es muy obvio lo que quiere de ti, a pesar de que saber que no eres una mujer –lo observó sonrojarse profundamente–. No tendrías más remedio que obedecer, pues le pertenecerías por completo. A cambio, ha prometido que se encargará de ti como es debido.

 

–Entiendo –su corazón latía tan fuerte, que temía que fuera a escapársele del pecho.

 

–¿Querrías ir con él y liberarte de esta casa para siempre?

 

–Hai –no pudo evitar que su voz temblara un poco.

 

–¿Estás completamente seguro?

 

–Hai.

 

–Eso pensé. He aceptado el trato por ti. Reúne algunas de tus cosas, porque vendrá a buscarte en cuanto amanezca.

 

–Se lo agradezco mucho, Madre –se inclinó hasta tocar el piso con la frente. Se puso en pie lentamente, intentando ocultar su emoción.

 

–Lleva contigo una ropa que te abrigue bien. El sobrino del Shogun te llevará a las tierras de su familia, y en el norte el clima es muy frío.

 

–¿El norte? –sintió que la sangre se congelaba en sus venas–. ¿Cuál es su nombre?

 

–Sakurazawa Yasunori. Supuse que ya lo sabrías.

 

En shock, Hideto cayó al suelo. Las lágrimas brotaban de sus ojos sin que pudiera detenerlas.

 

–¡No, Madre! ¡No puedo ir con él!

 

–Es tarde ya. He recibido su pago y ya no puedo dar marcha atrás.

 

–Pero...

 

–Levántate ya y marcha a tu habitación. Has puesto en peligro mi nombre y el de esta casa por tiempo suficiente.

 

–Madre, por favor. ¡Él no! Él no...

 

–Ve y arregla esa cara. No vas a seguir manchando mi orgullo.

 

Hideto negaba frenéticamente con la cabeza, ocasionando que su cabello se soltara de su peinado.

 

–No puedo.

 

–No vas a hacerme esto. Acepta tu deber o escapa de él con honor.

 

El joven sintió algo golpear su mano. Abrió los ojos y miró el objeto, reconociendo la forma de una daga por entre las lágrimas que no dejaban de brotar de sus ojos.

 

–Eres el hijo de un samurai y una noble geisha. Por una sola vez en la vida, actúa como se espera de ti.

 

Los temblorosos dedos del muchacho se cerraron sobre la vaina de la daga. Con los largos cabellos de ébano cayendo sobre la mitad de su rostro, se puso en pie, dirigió a la mujer una reverencia y se encaminó a su pequeño cuarto.

 

Ella lo miró como a un incendio que empieza a sofocarse. La tarde anterior, tan sólo unas horas antes, el joven hijo del Shogun Ogawa se había presentado ante ella.

 

–Estoy interesado en la maiko más hermosa de esta casa.

 

–Todas las hijas son bellas a los ojos de una madre.

 

–Hideko. Quiero llevarla conmigo. Pagaré el precio que sea –dijo, hablando con la arrogancia que le permitía su linaje.

 

–Mis damas no son frutas a la venta, mi señor.

 

–Seguramente no desea que la casa Ogawa retire el favor que le tiene, ¿o me equivoco?

 

–En verdad, creo que usted no conoce bien el objeto de su deseo.

 

–Muy por el contrario. Conozco el motivo por el cual alguien con su talento sigue siendo una maiko. No es preparación lo que le falta a Hideko... ¿o puedo llamarle Hideto en su presencia?

 

Se había sentido furiosa. A pesar de sus esfuerzos, el secreto se había revelado, y en más de una ocasión.

 

–Me temo que aún así, me es imposible cumplir su deseo.

 

–Sakurazawa san se le ha adelantado.

 

–Puedo pagar un precio mucho más alto que él.

 

–No lo dudo, mi señor. Pero él ya ha pagado su precio, y no puedo volver atrás mi palabra. Si usted desea negociar con alguien por su posesión, tendrá que ser con él.

 

Tetsu se puso pálido de ira, pero en sus ojos ardía la determinación.

 

–¿Dónde puedo encontrarlo?

 

–Después del amanecer, estará en la ciudad.

 

El Ama volvió a la realidad al escuchar una llamada en la puerta. Tuvo que reprimir una sonrisa al encontrar ahí a Sakurazawa Yasunori. Estaba decidida a no dejar pisotear su orgullo, a alzarse vencedora de las trampas que otros buscaban tenderle. Como siempre, estaba un paso más adelante que el resto de las personas.

 

 

Tal como el Ama había predicho, el hijo del Shogun Ogawa le esperaba al final del puente. Sintiendo que ni siquiera la copiosa y fría lluvia podía lavar la mancha en su orgullo, Sakura bajó de su caballo y, acariciando la empuñadura de su espada, se acercó a él.

 

–Sakurazawa Yasunori desu –una leve reverencia–. He venido por mi venganza.

 

Tetsu respondió al saludo, siguiendo el rígido protocolo.

 

–¿Venganza?

 

–Debes ser una vergüenza para tu padre, si intentas robar lo que pertenece a otros.

 

–Jamás he tomado acción alguna que perjudique el honor de mi familia.

 

Sakura desenvainó su espada y se puso en guardia, mostrándose poco dispuesto a perder su tiempo.

 

–Vamos, Ogawa.

 

Ken se tensó al lado de su amigo.

 

–Si peleas aquí, tu padre se enterará.

 

–Lo sé.

 

–No lo hagas, Tetsu. Yo me encargaré de esto.

 

–No, Ken –dijo con los dientes apretados mientras tomaba su daikatana–. Ya has pasado mucho tiempo cubriéndome; tengo que hacer esto por mí mismo.

 

Mirando el extraño brillo en los ojos de su mejor amigo, Ken se apartó, asintiendo con gravedad.

 

Lentamente, Tetsu desenvainó su espada y tomó la guardia. Aunque nunca antes había peleado una batalla real, reaccionó a tiempo para detener la primera estocada de su oponente. Otra, y otra más. El acero no lo alcanzaba, pero con cada ataque Tetsu se veía obligado a retroceder un paso. Sakura lanzaba sus ataques cada vez más rápido; varió un poco el ángulo de su espada, y alcanzó a hacer un corte en el hombro  de Tetsu, antes de que éste se apartara con brusquedad.

 

–¿Qué pasa contigo? No eres nada sin el nombre de papá, ¿no es cierto? –de nuevo avanzó, acorralando al joven Ogawa contra el tronco de un árbol.

 

Sus espadas se trabaron, sin que ninguno pudiera vencer la resistencia del otro.

 

–Pagarás caro el haberme arrebatado ese tesoro.

 

–Tesoro... hablas de él como si fuera un objeto.

 

–¿Y qué es para ti?

 

–Yo lo amo.

 

–¡Valiente amor! Si fue a causa de tu insistencia que se quitó la vida.

 

–¿Cómo dices? –Tetsu no podía dar crédito a sus oídos.

 

–No podías dejar de utilizar el poder que tienes en esa zona... pero a pesar de las súplicas del Ama, él prefirió el seppuku antes que servirte, Ogawa.

 

Sintiendo que un nudo le cerraba la garganta, Tetsu empujó con todas sus fuerzas. La guardia se rompió, y ambos atacaron al mismo tiempo.

 

Una gran herida cruzaba el torso de Tetsu, pero su espada desaparecía en mitad del pecho de Sakura. En su espalda, el acero estuvo un momento cubierto del rojo de la sangre, pero la lluvia dejó pronto al descubierto su brillo plateado, que reflejaba los colores de la primera hora de la mañana.

 

Sakura cayó, con la espada de Tetsu atravesando su cuerpo, y antes de que el último aliento escapara de su pecho o Ken pudiera acercarse, Tetsu ya corría a toda velocidad por las lodosas calles de la ciudad.

 

Irrumpió violentamente en la casa, rompiendo cerrojos de madera y paredes de papel.

 

–¡Hideto!

 

El Ama le cortó el paso.

 

–Llegas tarde.

 

–¿Dónde está?

 

–¡Es demasiado tarde!

 

 

Con la escasa luz de una vela iluminando el diminuto cuarto y el exótico aroma del incienso llenando sus pulmones, Hideto se desnudó el torso, recordando con poca alegría todo lo que había sido su vida. Quizá la única persona que lo había amado había sido su madre, pero ella había muerto desde hacía mucho. El resto, sólo se habían interesado en quitarlo de su camino para que no les estorbase y, como mucho, tomar de él lo que les era provechoso y después abandonarlo. Tetsu había sido igual, y Sakura haría lo mismo si él se lo permitía.

 

Se permitió un largo momento de recuerdos, repasando una y otra vez las mismas memorias, pues sus recuerdos felices no eran demasiados. Sin embargo, quería aferrarse a la ilusión de que algo en esos momentos había sido real, quería sentir que no todo había sido malo mientras alguien más tomaba las decisiones de su vida por él. Ahora, por primera y única vez, tenía la oportunidad de ser libre, de tener un momento de valor en toda su mísera vida.

 

Sin apercibirse en realidad de las gruesas lágrimas que bajaban por su rostro, su cuello y su pecho, tomó la daga y la sacó de su funda, hechizado por el dorado reflejo de la luz sobre su filo. Y entonces, cerró los ojos y hundió la hoja en su bajo vientre, sintiendo cómo la punta abría su fina piel y luego el filo cortaba  profundamente los músculos. Pero la daga no avanzaba dentro de su cuerpo.

 

Abrió los ojos al sentir la fría humedad contra su espalda, la mano fuerte que sujetaba la daga por su filo y la otra que se apretaba cálida contra su pecho.

 

–¡Tetsu!

 

No hubo respuesta, salvo la mano sangrante que arrancaba la daga de entre sus dedos.

 

–¡¿Qué pensabas hacer?!

 

–¡Estás herido!

 

–No importa. Tú estás bien.

 

Dejando las explicaciones para después, Tetsu lo hizo girar para quedar frente a frente con él, lo apretó contra su cuerpo y besó largamente sus labios, dejando que la sensación de su cercanía borrara el dolor de las heridas, el frío de la lluvia, las lágrimas y la sangre.

 

 

 

Tetsu regresó a casa de su padre llevando consigo a Hideto, y ahí permaneció varios días confinado voluntariamente en sus habitaciones, hasta que el Shogun le hizo llamar.

 

Entró en la sala y, con una profunda reverencia, se presentó ante él. El Shogun hizo salir a todos sus consejeros y sus guardias.

 

–Me mandaste llamar.

 

–Así fue.

 

Durante varios minutos, el silencio fue tenso entre ellos, hasta que el poderoso hombre se decidió a hablar.

 

–He enviado mensajeros al norte para llevar el cuerpo de Sakurazawa Yasunori ante su padre. Espero que acoja bien la noticia de que murió con honor, y esto no nos lleve a una guerra.

 

–Lo siento mucho, padre.

 

–Y no es lo único que has hecho a mis espaldas –diciendo esto, acarició la katana que tenía frente a sí–. Elegiste al mejor maestro posible, además.

 

–No ha sido mi intención causar problemas o contrariar tus deseos...

 

–Pero lo has hecho conscientemente.

 

–He luchado como he creído correcto por el amor de la mujer que...

 

–Por amor... ciertamente no de una mujer, por lo que he escuchado.

 

Tetsu guardó silencio por un largo tiempo.

 

–Comprenderé si deseas heredar el título a alguno de mis hermanos, padre. Incluso obedeceré si me envías al exilio. Sólo te ruego que no busques lavar esta falta con su sangre... no ha sido su culpa.

 

–Ahora, más que nunca, Tetsuya, me enorgullece que seas mi hijo. Eres joven, pero tomas decisiones con una seguridad que muchos hombres maduros envidiarían, eres firme en tu orgullo y en tu palabra; y eliges con sabiduría a tus amigos y aliados. Si defenderás a tu pueblo y a tu Emperador con la misma devoción que proteges tu amor, y cumples además tus obligaciones, estaré más que tranquilo de dejar el shogunato en tus manos cuando llegue el momento.

 

Tetsu se inclinó hasta tocar el tatami con la frente.

 

–Agradezco mucho tus palabras, padre.

 

El Shogun asintió, indicando a su hijo que era libre.

 

–Padre, debo hablarte de algo... –dijo con voz insegura.

 

–Necesitas herederos, Tetsuya –fue su respuesta terminante. Su mente trabajaba con rapidez; no era por nada que su dominio fuera absoluto aún en tierras tan cercanas al hogar del Emperador y sin necesidad de hacer la guerra para defender los límites de su territorio.

 

–Hai.

 

–Puedes conservar tu amor; pero tomarás una esposa.

 

–Wakarimasu.

 

 

Hideto observaba con los ojos entrecerrados la lluvia de pétalos de sakura, de pie en la puerta de uno de los edificios menores. La noche caía, y las flores desgajadas por el viento tomaban colores tan especiales como hermosos. A lo lejos se escuchaban los ruidos de la celebración por la boda de Tetsu.

 

Se sintió envuelto en fuertes brazos por la espalda, y las manos se cruzaron sobre su pecho.

 

–Al fin te encontré.

 

–No estaba escondiéndome.

 

–No convencerías a muchos de eso.

 

–Tal vez.

 

–¿Te sientes mal?

 

–No.

 

–Acaso yo te he hecho sentir mal sin darme cuenta.

 

–Me he cansado de la fiesta, es todo –reclinó la cabeza en el hombro de Tetsu.

 

–No quiero que te sientas traicionado. No quiero que pienses que no te amo –besó su mejilla suavemente.

 

–Lo sé. No te preocupes por eso.

 

–Quisiera que el tiempo se detuviera ahora, que la noche no llegara nunca por completo.

 

–Ella ya te espera en sus habitaciones, ¿verdad?

 

Tetsu asintió suavemente, apoyando la sien en su hombro y aspirando el dulce perfume de su piel.

 

–Ve con ella.

 

–No quiero.

 

–Eres como un niño, Ogawa Tetsuya –inclinó el rostro para dejar que le besara en los labios.

 

–Te amo.

 

–Lo sé. Pero tienes que ir al lado de tu esposa ahora, y dejar que te engendre los herederos que yo no puedo darte.

 

–Sólo con una condición.

 

–¿Cuál?

 

–Prométeme que, hasta que regrese a ti por la mañana, tú cuidarás de mi corazón.

 

–Sabes que lo haré con gusto –se dio la vuelta y, envolviendo sus manos blancas en los anchos hombros cubiertos de seda negra, le besó con ternura y pasión, arrullando con sus caricias todos sus temores.

 

Mientras, el cielo ardía con los colores rojos de la gloria final del sol, acariciando sus figuras con mortecina luz ambarina; y el viento los envolvía a ambos, jugando con sus cabellos y sus finas ropas.

 

~Owari~

Para mi mejor amiga, Tetsuko

Junio de 2006

Alexa

 

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