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-por 2b_nika- |
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::II CERTAMEN LITERARIO VIVID CARROTS:: Ier PREMIO
La tenue luz de una pálida luna creciente se colaba a ratos entre las cortinas.
Un gemido estrangulado se escapó de la magullada figura que un corpulento hombre sostenía entre sus brazos.
-Olvida el mundo, Tetsuya –le susurró con una voz dulce que extrañamente no alcanzó sus oídos. No era para él aquella frase, era exclusivamente una parte más de la fantasía perteneciente al hombre que tenía frente a él.
El sudor perlaba su rostro y algo en aquella última copa de vino le impedía gritar como quería. Le impedía sentir su cuerpo y su dolor como propios. Mas aun así, sabía que existían, sabía que estaban allí aguardando su regreso. Y mientras tanto él seguía observando aquella violación que estaban perpetrando sobre su cuerpo.
Observaba atento, desde lejos, como abstraído... Una mano lo sostenía firme de la cintura contra la pared, manteniendo un precario equilibrio inexistente. Unos fríos labios volvieron a quemar su pecho y abstraído Tetsu giró su rostro hacia aquel calor húmedo que sentía contra sus piernas. Llevaban así un rato... Desde cuándo, no podía decirlo.
No recordaba nada con claridad para ser exactos. Imágenes difusas de una cena en el más común de los restaurantes, su tío había pedido cordero. Detestaba el pescado, eso era. Después... recordaba ahora todo el empeño que su tío había puesto en llenar su copa de vino una y otra vez. Había sido el vino, estaba seguro. Su tío no había bebido ni una sola copa de él.
Y entonces se lo había dejado caer como si tal cosa. No habían hablado mucho realmente durante toda la cena, pero Tetsu había acudido porque sabía que aquel momento llegaría. Con una sonrisa torva su tío le había confesado que lo sabía, que lo había visto.
-Se dónde te escondes, Tetsuya, y sé lo que haces para poder seguir escondido...
Tetsu había sabido que ese momento llegaría, mas aun así se sorprendió de la inexpresividad de su rostro. De lo lejano que sentía a su tío y sus susurradas palabras, si prácticamente suponían su fin.
-¿Un trato? –había articulado con dificultad al cabo de un rato ladeando la cabeza en una dirección arbitraria.
Sí, un trato, un trato con su tío y abalado por aquella maldita cosa que le había hecho beber y que sabía le estaba haciendo perder el juicio. Estaban en casa de su abuelo para más inri.
Tetsu supuso que a su tío le resultaría más excitante y, una vez más, siempre desde lejos, se lamentó de no haber pedido agua. Pero qué más daba, había vivido cosas peores... más veces...
Sólo sería otro más. Y dejó caer su cabeza hacia atrás, hacia el vacío, pues no se había percatado de que su tío comenzaba a moverse. Llevándolo en brazos hasta la cama donde lo dejó caer con un seco golpe ahogado por el montón de cojines, sábanas y mantas revueltas.
Se había olvidado que allí habían comenzado hacía apenas una hora. Allí le había quitado la ropa groseramente. Su tío no sabía hacer nada con delicadeza, era como una rata relamiéndose con un plato excelsamente soberbio.
Tetsu torció el rostro, no quería ver el cuerpo de su tío sobre el suyo mientras el otro hombre se posicionaba sobre él. El húmedo y desagradablemente espeso aliento del otro hombre le rozó el cuello y Tetsu cerró los ojos. Fuera lo que fuera lo le había hecho tomar no había sido lo suficientemente fuerte, y para su desgracia Tetsu comenzó a sentir como poco a poco el dolor se hacía más presente. No le dio tiempo realmente a ser consciente de lo que sucedía, pues estaba demasiado ocupado tratando de opacar en su mente el sabor amargo de aquel último beso groseramente desagradable.
Aquel último beso que le había robado todo el aire de sus pulmones recorriendo su boca con aquel fétido olor a carne podrida... aquel olor que siempre había envuelto a su tío y que de pequeño lo había llevado a temerlo e incluso a pensar que era un muerto viviente.
Qué inocente se es de pequeño. Si tan solo fuera un muerto y no aquella mole de carne y hueso que se plantaba frente a él... Con sus desagradables ojos saltones y nariz chata. Con aquella diminuta cabecita hundida entre sus enormes hombros. Aquel cuerpo gigante y deforme que ahora lo cubría mientras una desagradable y áspera mano recorría su costado, de su cadera a sus hombros, mientras Tetsu sentía a su tío ya contra él.
No pudo percibir pues nada, mientras desesperado buscaba algo en aquella habitación a lo que aferrarse, algo en lo que hundirse cuando lo inevitable sucediera. Algo con lo que poder seguir olvidando ahora que aquella droga había dejado de surtir efecto.
Se encontró recorriendo cada objeto de la habitación con sus ojos desesperado hasta que se topó con aquel vaso azul de cristal de bohemia, colocado discreto sobre la chimenea. Sus ojos se quedaron traspuestos un rato, para no ubicarse a sí mismo en aquella habitación de nuevo. Para alejarse de allí lo más posible.
El orgulloso reloj de péndulo marcaba con descaro cada segundo en un suave vaivén silencioso. Eran las 2 y 45 de la mañana, gritaba silencioso al mundo en aquellos gruesos números romanos. Pero nadie le prestaba atención. Estaban al fin y al cabo en una de las alcobas del segundo piso. Donde solo había habitaciones de invitados alojadas y nadie de la casa se encontraba cerca. Quizá por ello sorprendió más a Tetsu encontrar allí aquella pieza de arte delicada. Sus ojos estaban perdidos sobre aquel cristal frágil y refulgente, ajenos de algún modo a toda la falta de estética que sucedía sobre él.
Hacía un rato en el que su tío se centraba ya solo en la parte baja de su cuerpo. Toda fantasía que tratara de perpetrar sobre él largo tiempo atrás olvidada. Si Tetsu se hubiese permitido el sentir, se daría cuenta de que lo estaban acariciando ásperamente con movimientos firmes y hasta dolorosos mientras sobre él su tío lo observaba abstraídamente con una extraña mirada en los ojos. De rodillas frente a él sobre aquella enorme cama de madera noble, sus manos lo aferraron de pronto como garras manteniendo sus piernas en vilo un segundo antes de invadirlo de golpe y sin previo aviso.
La espalda de Tetsu se arqueó involuntariamente sobre aquella cama sin poder rehuir ya más la pesadilla. Era incapaz de aplacar aquel dolor que lo inundaba, que lo paralizaba. Su cuerpo se retorcía en grotescos arcos y sin darse cuenta sus manos trataban en vano de deshacerse de su captor mientras sus gritos resonaban en la estancia.
Todo había vuelto, los sonidos, los colores las formas... el gusto repugnante a aire viciado, los gemidos ahogados y rítmicos que emitía su tío al invadir su interior, las oscuras tinieblas en las que se sumía aquella habitación a tan altas horas de la noche sólo rotas por un hilo de claridad amarillenta que se iba ensanchando a medida que...
A medida que aquella dulce criada abría la puerta, asustada por los ruidos. Por primera vez desde que su tío lo había invadido sin piedad, Tetsu logró olvidar aquel horripilante dolor que lo partía en dos mientras se quedaba abstraído perdido en la mirada de aquellos ojos asustados que se clavaban sobre ellos.
Se preguntó qué estaría viendo la pobre doncella. ¿Dos fantasmas?
Su tío lejos de sus habitaciones, desnudo y acostándose nada más y nada menos que con su sobrino, meses hacía desaparecido. ¿Pensaría que eran amantes? ¿Que quizá por eso había huido?
No, su horrorizada mirada lo desmentía y aquel grito agudo y limpio que emitió al soltar el pomo de entre sus manos también. Ahora que se daba cuenta su tío lo estaba agarrando por las muñecas manteniéndolo inmóvil mientras, todavía ahora, su cuerpo seguía luchando ansioso por librarse. Debía ser curioso para la pobre muchacha que hacía un rato había salido corriendo despavorida.
Probablemente no sabría qué hacer, se encontró Tetsu pensando en ella con dulzura. Pobre muchacha.
Pero pronto encontraría alguien a quien contárselo. ¿Tan estúpido era su tío? La había visto como él pero por lo visto no tenía pensado parar. Tetsu se oyó gritar de nuevo, su cuerpo se giraba a un lado tratando en vano de librarse una vez más. Quizá un poco, pero sólo un poco, aquella droga siguiera haciendo efecto.
Le dolían de verdad todas y cada una de aquellas sacudidas infernales, pero aún tenía tiempo para pensar en todo ello. Sólo podía ser causa de la droga, estaba seguro. Su cuerpo estaba demasiado sumido en el dolor y la agonía para que en una situación normal pudiera permitirse seguir preguntándose qué demonios hacía su tío sin separarse todavía de él. Pronto estaría allí toda la casa y él, ¿qué demonios pensaba? ¿Darles un espectáculo porno?
Pensaba que sólo por haberlo encontrado ellos le permitirían tirárselo frente a sus ojos. ¿De veras pensaba que admitirían que aquello era su castigo?
Quizá no fuera una idea tan descabellada si la pobre criada no los hubiera visto ya.
Durante un segundo, tras comprobar una vez más que le era imposible desasirse de aquellas garras que lo inmovilizaban, Tetsu se dio cuenta de que pese a todo el aluvión de sentimientos que latían en su pecho, la impotencia no era uno de ellos.
La había desterrado suponía, y aunque ahora quisiera rogarle que volviera se sintió frío e indiferente por primera vez aquella noche. ¿Cuántos antes que su tío lo habían hecho gritar y debatirse furioso? ¿Cuántos desconocidos antes que él lo habían obligado a agacharse y ser tomado sin pudor ni dignidad? ¿Qué importaba ya la diferencia entre su tío y cualquier otro? ¿Qué diferencia contaba, si al fin y al cabo era capaz de seguir viviendo de todos modos?
“Olvida el mundo, Tetsuya...” le había susurrado su tío aquella noche y por primera vez en su vida Tetsu tuvo ganas de hacerle caso. Cerrando sus ojos derrotado, dejándose caer hacia atrás, hundiendo su cansada figura entre las sábanas sin importarle ya que su tío siguiera batiéndose frenético contra sus caderas.
“Qué acabe ya... por Dios...” –gimió al aire Tetsu sin percatarse de las lágrimas que saladas recorrían su rostro.
Y una dura mano lo sacó de su ensueño arrancándolo de sus pensamientos con un brusco movimiento en el que lo incorporaba tirando de sus cabellos para recibir otro beso breve y doloroso con aquel amargo sabor a putrefacción. A la putrefacción de un alma humana... pero ya no sabía si la suya o cualquier otra.
Un choque breve tras el que su tío lo empujó más si cabe contra él en una última y desesperada embestida con la que al fin todo llegó a término.
No había sido tanto tiempo. Si Tetsu hubiese mirado el reloj se habría dado cuenta de que no habían sido más de diez minutos desde que su tío lo había tendido en la cama por segunda vez.
Pero no había tiempo para nada, quizá él ya no recordara a la despavorida sirvienta que los había encontrado pero su tío sí lo hacía, y tras salir de su cuerpo como si de pronto él mismo no fuera más que una puta barata y no su mismísimo sobrino, le arrojó la ropa con descuido y con voz imperiosa le ordenó vestirse.
Tetsu hizo lo que pudo; de pronto el giro brusco de acontecimientos lo había descolocado. ¿Era su tío quien lo despreciaba y quien se sentía por encima? ¿Era acaso aquello ahora así?
A Tetsu no le dio de cierto tiempo a pensarlo. Su magullado cuerpo todavía acariciado lejanamente por el cálido roce de aquella droga no respondía por completo a los impulsos nerviosos que su cerebro le enviaba y por ello, torpe e inseguro, no fue capaz de vestirse por completo cuando su tío se encontraba ya preparado frente a él.
-Vamos –lo puso en pie de un seco tirón y le calzó sin delicadeza sobre los hombros la camisa que Tetsu todavía sostenía entre manos temblorosas.
La sensación de mareo y desequilibrio estaba allí y Tetsu estaba seguro de que en cualquier otro momento se hubiera ido de bruces al suelo, pero por lo visto no con su tío allí, sosteniéndolo sin delicadeza ni apego alguno del brazo izquierdo. Empujándolo o tirando de él a través de los enrevesados pasillos de la fortaleza que era la casa de sus abuelos.
Tetsu comprendió por primera vez en aquel momento por qué su tío no había temido a la sirvienta. Él había vivido en aquella casa toda su vida, la conocía como la palma de su mano y a estas alturas era perfectamente capaz de entrar y salir de ella casi sin esfuerzo.
-Fuera, muchacho, vete de aquí. Ya has cumplido tu parte del trato, yo cumpliré la mía ahora –y con esta frase apresurada y extrañamente seca. Tetsu fue arrojado por su tío al otro lado de la enorme verja de la casa de sus abuelos cerrando frente a sus narices la pesada hoja de madera por la que en otros tiempos entraba y salía el servicio.
Y Tetsu se quedó allí contemplándola abstraído, comenzando a comprender ahora todo lo que estaba pasando. Su embotada mente trabajaba despacio pero no por ello de manera menos eficiente.
Una racha de viento lo hizo estremecerse mientras sus pies se encogían torpemente bajo su peso. La clara, suave y caliente moqueta que recubría todos los suelos de la casa había desaparecido de debajo de sus pies para recordarle que estaba descalzo y lo único que podía sentir bajo ellos ahora era el frío mortal de las piedras y la tierra ya húmeda por el rocío helado.
Una revisión a su ropa lo informó de que debía ponerse en marcha pronto, pues solo había sido capaz de vestirse los pantalones y su tío sólo lo había ayudado con la fina camisa de manga corta. No tenía jersey, ni abrigo, ni cinturón ni zapatos... y ya que estaba le faltaban también las fuerzas y el equilibrio.
Había acabado en el suelo nada más su tío lo había soltado. Ni siquiera el dolor tras la sesión de cama en extremo reciente, era ya un aliciente para el muchacho para tratar de mantenerse en pie.
Le dolía, ¿y qué? No era la primera vez y era incapaz de hacer el esfuerzo necesario para retomar el equilibrio. Aceptar las cosas por malas que fueran había sido siempre uno de sus grandes talentos.
Lamentó aún así no haber sido lo suficientemente rápido para echarle mano a su jersey y a sus zapatos antes de salir.
La criada lo había visto, ¿y qué? Ahora comprendía demasiado bien la poca preocupación de su tío. La chica era demasiado joven y él demasiado viejo. Era evidente que había estado con alguien y que lo habían pillado. No lo negaría.
En cambio sí negaría que ese alguien fuera él. Sería un prostituto sin nombre cualquiera. Otro más. En exceso tarde recordó los torcidos gustos de su tío. Las putas o lo mismo del otro lado de la acera eran algo que todo el mundo en la casa sabía que degustaba a menudo.
Tetsu logró al fin ponerse en pie con esfuerzo. ¡Qué estúpido había sido! Debería haber aprendido ya a estas alturas a alejarse lo más posible de su familia. De su retorcida familia y su juego de intrigas y poder... y todo el resto de sus bajezas mal escondidas... Pensó con amargura al final llevándose una mano a las caderas doloridas. ¿Cuántos cardenales se contarían esta vez? Más que ninguna otra, de eso estaba seguro... y para más inri en esta ocasión no había conseguido con ello alejarse más, no había conseguido nada a cambio... no existía nada con lo que consolarse y mentirse esta vez. Sólo le quedaba el dolor sordo de su cuerpo acompañándolo con cada paso de sus pies descalzos y el retumbar de aquel réquiem por su alma que alguien en otra vida debía haber compuesto para él.
Volvía a estar llorando pero no se dio cuenta, o mejor dicho, no se permitió el darse cuenta esta vez.
La casa de su familia estaba en las afueras de la ciudad. Bastante a las afueras para ser exactos, y no recordaba cómo había llegado allí.
Dejándose caer de pronto derrotado sobre el frío asfalto de la carretera secundaria a la que al fin había logrado llegar, hundió su rostro bajo los largos mechones de cabello rojo mientras lloraba silenciosamente frotándose los pies compulsivamente.
Tenía frío, un frío helado que lo recorría hasta la médula de cada uno de sus magullados y destartalados huesos. Quería llegar a casa y dormir bajo una suave manta... ¿era acaso tanto pedir? Quería que las piedras del camino dejasen de cortarle los pies y quería dejar de sentir esa extraña aprensión que le quitaba el aire siempre que estaba cerca de su familia. Esa aprensión fruto del temor a que lo encontraran... estaba demasiado cerca estaba vez y había tenido que bordear el bosquecillo de acacias de al lado de la mansión descalzo, solo para dar con aquella mísera carretera y poder así evitar el camino principal por el que todo el mundo que se dirigía a la mansión transcurría.
-¡Vamos, Tetsuya, un último esfuerzo! –se dio unos ánimos más bien pobres a sí mismo el muchacho, para volver a ponerse en pie y secarse las lágrimas con el dorso de las manos.
Al cabo de a penas un kilómetro su débil figura ya no sólo andaba en eses sino que se tambaleaba con cada leve movimiento. Es posible que estuviera cojeando pues se había cortado en un mal paso un par de metros atrás y ahora andaba de puntillas solo sobre ese pie.
Se oía el mar de fondo y el cielo ya comenzaba a clarear anunciando el amanecer. En aquel lado del mundo siempre amanecía especialmente pronto, recordó Tetsu, y al sol siempre le costaba especialmente despertar, apuntilló su mente.
Había un tramo de aquella carretera especialmente peligroso que vadeaba contra un acantilado escarpado que daba justo al mar cuando la marea estaba llena. Tetsu recordaba que era ésa la razón por la que ya nadie utilizaba aquel camino desde que habían construido la carretera nueva. Pero estaba destrozado y no era capaz de medir bien las distancias.
Lo habían golpeado y usado como a un trapo, llevaba horas caminando descalzo a la intemperie de la madrugada sin un mísero jersey sobre los hombros ni unos zapatos bajo los pies. Había esperado ver algún coche en la carretera y pedir ayuda, pero primero había tenido miedo de estar todavía muy cerca de la casa y después las intempestivas horas no habían dejado ver ni un mísero coche más en aquella carretera.
Si lo racionalizara, a Tetsu no le extrañaría en absoluto. Pero no había nada que racionalizar, estaba en medio de ninguna parte magullado y destrozado y no se creía capaz de dar ni un solo paso más. Daba igual quién pasara, daba igual que fueran de su propia familia, ya no tenía opción.
Pero no pasó nadie y Tetsu se dejó caer derrotado sobre el asfalto mientras notaba a una de sus manos reposar, ya no sobre el frío y maloliente alquitrán sino sobre el helado césped del borde de la carretera.
A este paso se helaría, se percató. Pero estaba exhausto y sentía que a ratos incluso perdía el conocimiento tirado de espaladas contra aquella carretera.
“Alguien pasaría” –trataba de convencerse-. “Más tarde o más temprano, alguien pasaría”.
Y como repuesta caída desde el mismo cielo Tetsu oyó el sordo ruido de un motor que se ahogaba a ratos discurrir despacio por la carretera. A esa velocidad lo verían de seguro.
Trató de incorporarse, pero le resultó imposible y todo cuanto pudo hacer fue rezar para que lo vieran.
Y tanto que lo vieron, con los faros encendidos la luz resultaba cegadora para Tetsu, pero aquel olor era inconfundible. Su tío y otro hombre se habían apeado del coche y lo metían ahora sin delicadeza en el asiento trasero.
Tetsu era incapaz de hablar o pensar siquiera. No pudo ni plantearse qué harían con él, su situación era extrema y casi desesperada... ya no importaba mucho lo fueran a hacer, se sentía al borde de la muerte de todos modos.
Así que básicamente se dejó llevar. El suave ronroneo del motor de aquel viejo coche hacía vibrar todo el habitáculo y, aun cuando dejó de desplazarse y el freno de mano lo ancló al suelo, el viejo motor de aquel automóvil siguió acunando al muchacho sólo consciente a medias.
Su última despedida quizá, el réquiem que alguien había compuesto para él resonando en el mundo.
-Lo siento, Tetsuya -oyó a su tío articular con dificultad, mientras él y su acompañante lo sacaban en vilo del vehículo-. No puedo permitir que te encuentren ahora.
Y Tetsu de un modo extraño lo comprendió. Habían creído a su tío, pero la duda estaba allí igualmente. El solo resonar de su nombre ente las paredes de su casa hacía incrementarse la búsqueda, fuera una falsa alarma o no. Así que comprendió las razones de su tío y no lo culpó. ¿Por qué iba a hacerlo acaso? ¿Por dejarlo volar antes de morir?
Porque se sintió volar mientras la resistencia del aire cedía bajo su peso. Sabía dónde estaba... Olía a mar; su tío no lo había llevado muy lejos, la verdad. Tenía los brazos extendidos y sentía el cuerpo pesado; en el fondo no encontró aquella una manera nada desagradable de morir y, a fin de cuentas, cualquier cosa era mejor que volver con su familia... que vivir quizá con el recuerdo de su último estigma.
Así que se dejó caer sin ofrecer resistencia, sin llegar a esbozar una sonrisa pero en silencio también. Hasta que sintió el brusco impacto del agua contra su espina dorsal justo antes de hundirse entre las heladas aguas. Y él pensaba que antes tenía frío, y él pensaba que ya conocía el dolor y era su aliado...
Aquel duro golpe contra su espalda se había extendido sin piedad a todo su cuerpo, paralizándolo como una serpiente haría con su presa. Un dolor inconmensurable que ahora se rodeaba de agua helada.
Y Tetsu se dejó hundir en aquel mar. Para abrir la puerta al otro lado hacía falta un gran dolor que sería su llave... Lo supo de pronto y le dio la bienvenida a la desesperante y aprensiva necesidad de aire que nació en sus pulmones, desgarrándolo por ultima vez antes de perder la consciencia por completo, algo que ni siquiera el primer impacto contra las aguas había logrado.
Hyde, haz esto. Hyde, haz lo otro.
Era siempre lo mismo, la gran razón por la que se había marchado de casa, del lado de su abuela, la única familia que le quedaba. Detestaba que siempre le estuvieran diciendo qué hacer. Recluido entre cuatro paredes podridas con olor a azafrán.
Quizá por eso le extrañaba en sobremanera el sentimiento que ahora lo embargaba. Se sentía solo.
Había vuelto por una carta que le habían entregado en el puerto. Con su rebeldía adolescente como todo motor se había embarcado en un destartalado barco hacía cuatro años y ahora había vuelto al fin.
Aquella carta lo había obligado a regresar. Había crecido en la mar, o eso le había dicho su abuela, y quizá ahora comprendía que no siempre donde nos dicen lo que no nos gusta oír es de donde debamos alejarnos.
Él se había ido, pero había aprendido la lección. La libertad que brindaba la mar y la brisa sobre su clara piel se la cobraba su maestre y su capitán ordenándolo, ya no llamándolo por su nombre, sino por un simple “marino”. Ya no era ni siquiera Hyde.
Tras una campaña, Hyde, como todos los marinos y pescadores, ya no soportaba el pescado. En tierra lo rehuía porque sabía que en el mar llegaría un punto en que no podría evitarlo. Era así.
Había regresado a casa tras la primera campaña, junto a su abuela. Le había ido a llevar el dinero que había ganado con esfuerzo, tras solo ocho meses había alcanzado a comprender lo que a su mente de niño se le escapaba cuando se había marchado. Su abuela se había esclavizado para sacarlo adelante ella sola. Le debía ahora al menos el dejar de ser una carga y volvía a “casa” cuando regresaba. Por fin había comprendido qué era su casa.
Pero había crecido y no podía dar marcha atrás ni siquiera cuando su abuela le había pedido que volviera, que comprendía que al fin era un hombre y ya no lo trataría más como un niño. Pero porque ya era un hombre no podía volver. No podía ya depender de otros, debía valerse por sí mismo y la pequeña huerta de plantas medicinales de detrás de la pequeña cabaña no era un negocio que pudiese dar sustento a ambos con holgura.
Así que Hyde había vuelto a navegar campaña tras campaña, siempre anhelando volver a casa. Excepto aquella vez.
Había recibido una carta mediante otro barco que saliendo más tarde de su mismo pueblo se dirigía a un caladero cercano. En ella su abuela se despedía de su nieto bajo la letra de un desconocido, probablemente cualquier vecino.
Estaba enferma y débil y según lo que le había diagnosticado el médico no le quedaba mucho tiempo de vida. De algún modo en medio del mar Hyde se las ingenió para saltar de barco en barco hasta que fue capaz de volver a casa en medio de la temporada.
Pero ya era tarde, sólo pudo estar junto a su abuela los últimos días de su enfermedad, y aunque ésta le había sonreído al verlo, una extraña desidia se había quedado con Hyde al lado de su abuela.
Y ahora de repente se sentía solo. Quizá fuera eso el hacerse mayor, quizá fuera eso lo que un adolescente rebelde no entiende. Ahora volvía a estar en casa, pero aquella casa al lado de la playa estaba extrañamente aislada del pueblo y demasiado vacía ahora que su abuela se había ido.
Había pensado en quedarse con el huerto y con un poco de ayuda restaurar la casa un poco. Ahora le apetecía quedarse allí, en aquella casa que había transformado de pronto aquel desagradable olor a azafrán en el recuerdo más vívido de Hyde, que cada vez que entraba en ella recordaba así a su amable abuela que de niño le tendía siempre una mano amable cuando se caía y le contaba cuentos antes de dormir, que lo mandaba todas las mañanas por agua al pozo y lo tenía todo el día atareado entre recado y recado, pero que lo tomaba en brazos y le cantaba cada vez que una pesadilla lo atenazaba de noche recordándole la grotesca muerte de sus padres.
Hyde se sacudió la cabeza observando la cabaña desde lejos. Estaba vadeada por una valla baja de madera oscura que delimitaba también el huerto y se enterraba un poco bajo los frondosos árboles del principio del bosquecillo.
Al frente se extendía la dorada arena de la playa donde Hyde recogía almejas para la cena a menudo cuando la marea estaba baja. En el borde del bosquecillo a la derecha estaba el camino al pueblo.
Hyde conocía el negocio. Sin haberse dado él mismo cuenta, su abuela le había enseñado el oficio. Y ahora ya no pretendía volver a la mar.
Aquella pequeña calita frente a la casa no era para nada grande, pero estaba recogida del viento y era muy tranquila. En las tardes de verano todos los niños corrían allí a bañarse, como si fuese su rincón secreto, ya que los mayores preferían la extensa playa frente al pueblo que se situaba justo al lado del puerto.
Hyde no podía comprenderlo, era cierto que allí estaba más expuesto a las corrientes y era más fácil ser arrastrado por el mar que en la bahía de la que se nutría el pueblo, pero sinceramente, allí olía a fresco y a mar y en el pueblo era imposible quitarse de encima aquel olor a pescado podrido que daba el puerto y sus aguas paradas... quizá fuera la costumbre lo que hacía que la gente ya no lo notase siquiera y rehuyera aquella pequeña cala.
Aunque tanto mejor para Hyde.
Acercándose al mar Hyde recogió un par de trozos de madera y los hizo a un lado. En las épocas de crisis, cuando los barcos pesqueros eran incapaces de alimentar al pueblo debido a la escasez de las capturas, había un pacto tácito de silencio entre todos los vecinos. Si alguien avistaba un barco extranjero se hacía al lado este y se subía al acantilado para hacerle señales de luz. Los pobres incautos siempre naufragaban contra los riscos de aquellas aguas. Era una trampa natural a la que los vecinos solo tenían que empujar a los barcos simulando un faro inexistente en aquel cabo.
Era ley de vida y nadie lo encontraba ilícito, incluso las autoridades de tierra adentro hacían oídos sordos a los capitanes supervivientes. “Habréis creído ver las luces, capitán, es comprensible a esas horas de la noche y después de tanto tiempo en la mar”. A menudo se desestimaban de ese modo, pues de todos era sabido que nadie podría nunca probar lo contrario.
Una vez el barco encallaba todos los vecinos corrían a saquearlo y a ayudar a los pobres marineros a volver a tierra si es que sobrevivían. No eran bárbaros, sólo buscaban la manera de sobrevivir y el fiero mar siempre estaba ahí para llevarse a sus hijos o echarles una mano. Era ley de vida.
Así pues a Hyde no le extrañó en lo más mínimo el hallazgo de la madera; en los días sucesivos llegarían tablones más consistentes y quizá alguno de ellos pudiese aprovecharlo para la valla, pensaba contento.
Se estaba bien allí, a la orilla del mar, con la marea acariciando caprichosa sus tobillos en su eterno y monótono vaivén. Hyde podría haberse pasado allí todo el día abstraído si la voz de Yuki no lo hubiera sobresaltado.
-¡Hydo-chan! –lo llamaba desde lejos agitando una mano al viento. Y Hyde al verlo se dio la vuelta encaminándose rumbo a él.
Yuki era un chico de más o menos su edad, que había sido de joven su compañero de travesuras. Eran los que más cerca estaban en edad de todo el grupo liderado por Ken y de pequeños solían encontrarse a menudo en medio de la noche para ir a asustar a las parejas que se iban a esconder al bosquecillo. El muchacho era hijo del carpintero del pueblo y, aunque la casa de Hyde estaba bastante lejos, Hyde subía continuamente al pueblo a hacer recados y siempre se quedaba en la plaza mayor con el resto de los niños por las mañanas. Sin contar que en el colegio siempre se sentaban juntos, haciendo piña frente al resto de niños del pueblo de más al interior en el que se encontraba la escuela.
Su pueblo era demasiado pequeño para tener escuela propia y por ello los niños solo bajaban a ella en primavera a aprender las letras y los números.
Cuando Hyde se acercó a Yuki le agradeció encarecidamente la ayuda y lo ayudó con los tablones y la herramientas. Se pasaron todo el resto de la mañana encaramados al tejado preparando la casa para el invierno.
-Esto tiene mucho mejor aspecto –lo felicitó Yuki tras ver los cambios que Hyde había hecho en la casa los últimos días.
Había puesto madera clara por toda la cocina y el salón, y en las habitaciones había colocado unas enormes alfombras que cubrían el suelo. Las ventanas estaban abiertas de par en par y Hyde se había deshecho de todos los cristales rotos, que ahora eran reemplazados por vidrios de colores dispares.
Las alfombras habían sido un regalo para su abuela que ella nunca se había atrevido a usar y ahora carecía de mayor importancia, francamente. Los cristales por su parte los había cogido de las ruinas del convento de encima de los acantilados que había sido abandonado hacía años.
-Pienso comprar un par de muebles y, ahora que el tejado está arreglado, creo que pasaré un invierno bastante decente.
-A mí no me llames para cortar leña, ya me he fijado que no te queda apenas nada en el cubierto –se rió Yuki risueño.
-Estoy esperando a que el mar me traiga unos buenos tablones mañana –se rió también Hyde-, por lo que parece los vecinos han vuelto a estar haciendo de las suyas. Pensé que había sido un buen año. Cuando yo dejé el barco las cosas no iban tan mal.
-Y no lo ha sido, ese barco no se ha despeñado frente a nosotros ni por nuestra causa. La gente especula como siempre acerca de los porqués pero lo único cierto es que debía ser un gran buque por la cantidad de madera que devuelve el mar.
-¿Y la mercancía?
-Quizá tengas tú más suerte que la gente del puerto, de momento lo único que han llegado son astillas.
-Oh.
Aquella tarde después de comer Yuki volvió al pueblo apresurado y Hyde decidió volver de nuevo a la playa. Remangándose los pantalones como era su costumbre y dejando los zapatos sobre la arena. Hyde se acercó a la orilla una vez más.
Aquella temporada en el mar a penas si la había cobrado, pues había tenido que volver muy pronto y el hecho de que su abuela estuviera enferma no había ayudado mucho. Tenía unos pocos ahorros y había tirado de todo su ingenio y todos sus amigos para arreglar la casa con le menor dinero posible. Pero aún así debía pasar todo el invierno hasta que la mayor parte de su huerto diera frutos de nuevo y no estaba como para desperdiciar la oportunidad del cargamento de un gran barco cuando éste llamaba a su puerta, casi literalmente.
Quizá llegara y quizá no, pero cabía la posibilidad y no era tan descabellada, así que girándose rumbo a casa, Hyde se hizo con una lámpara y se sentó en lo alto de una roca a contemplar el mar.
Forzando la vista y con los pies balanceándose en vilo sobre la roca, Hyde se esforzaba en distinguir los tablones de madera de algo que realmente mereciera la pena el chapuzón.
Al final de la tarde comenzaron a calar en la playa verdaderos trozos de madera que se notaba pertenecieran a un barco y no a una mísera chalupa.
Un poco aburrido ya, Hyde volvió a tierra, alejándolos del mar y dejándolos secar al sol de la tarde.
Contra las primeras horas del atardecer los rayos de sol caprichoso decidieron jugarle una mala pasada reflejando algo sobre la superficie del mar que Hyde confundió con mercancía echándose a la mar sin pensarlo.
Para su desilusión nada excepto astillas y tablones navegaban a la deriva allí donde él creyó encontrar algo al fin, y derrotado volvió a la playa, tumbándose bajo la caricia de los últimos rayos de sol.
Cuando apenas restaba claridad ya, Hyde volvió a la roca dispuesto a encender su lámpara y pasarse la noche en vela. Pero cuando lo hizo lo primero que vio fue aquella caja de tablones sueltos flotando a la deriva, y sin pensarlo se lanzó al agua de nuevo arrastrándola hasta la superficie. Pertenecía sin duda a un barco indiano, lo cual explicaba en gran parte por qué ninguna otra mercancía había llegado hasta él. Probablemente fuera cargado de pólvora y balas de cañón que se hundirían derechitas en el mar sin esperar a alcanzar ninguna orilla.
Haciendo la caja a un lado sin molestarse siquiera en abrir su contenido, Hyde volvió a su puesto de vigía con esperanzas renovadas. La mayoría de la carga del navío estaría bajo el mar, pero quizá hubiera algo más que la suerte pusiera a su alcance.
A media noche había conseguido tres cajas más, y nadando entre tablones y astillas Hyde se sorprendió de pronto al adivinar la silueta de un hombre medio hundida en el agua y agarrada tercamente a un tablón de espectacular tamaño.
Sin pararse a pensarlo siquiera, Hyde abandonó su búsqueda en pos de aquel náufrago que, dado el tiempo que Hyde calculaba había transcurrido desde el naufragio del barco, no tenía muchas esperanzas de seguir con vida.
Aun así nadó con todo el ímpetu que sus extremidades cansadas le permitieron hasta alcanzar al joven muchacho que seguía empecinadamente agarrado a aquella tabla de roble macizo.
Tenía los labios amoratados por el frío y ostentaba el clásico color de un hombre que ha pasado demasiado tiempo en el agua. Hyde lo había visto antes, en sus viajes había arrancado muchos cadáveres de las aguas. Pero aquel muchacho, pese a lo rígido que estaba, y a su inconsciencia profunda, no estaba muerto. Y eso mismo descubrió Hyde cuando al cargarlo hasta la orilla lo dejó sobre la arena desgarrando de un seco tirón su camisa y posando su rostro sobre su corazón. Debajo del frío mortal que emanaba de la piel de aquel hombre un corazón seguía latiendo.
Dejándolo todo atrás Hyde tomó al hombre por debajo de los brazos y comenzó a arrastrarlo rumbo a la cabaña.
Había luna nueva aquella noche y la lámpara de Hyde se había quedado sobre las rocas. Aun así allí había nacido y conocía aquella cala como la palma de su mano. Cuando por fin consiguió llegar a casa resollando extenuado, tumbó al desconocido sobre su cama sin pensarlo siquiera; todavía no estaba preparado para que la cama de su abuela volviera a estar ocupada.
No había tiempo para pararse a pensar, Hyde se había enfrentado demasiadas veces a esa situación. En varias ocasiones compañeros suyos habían acabado en la mar fruto de un descuido y salvar sus vidas era siempre una batalla contra el tiempo.
Sin delicadeza alguna y desgarrando las empapadas ropas del muchacho con firmeza, Hyde lo dejó desnudo para envolverlo una vez y otra entre todas las mantas que encontró en su armario. Luego, apresurado, salió afuera en busca de madera y encendió la chimenea de la sala que poco a poco fue contagiando el calor dulzón del aire a toda la casa, que diminuta no necesitaba de más calefacción que aquella chimenea central.
Guardó una poca que llevó a la cocina y se puso a calentar agua; tenía que darle calor al muchacho como fuera. Lo bañaría en agua, lo más caliente posible, y volvería a enrollarlo como una croqueta. Era todo lo que podía hacer por mantener con vida aquel débil latido que todavía retumbaba bajo su pecho.
Él estaba empapado también, así que mientras se iba calentado el agua se deshizo de su ropa y se enfundó en unos pantalones claros y una camisa de lino bajo un grueso jersey de lana.
Se le escapó un bostezo mientras esperaba a que el agua hirviera. Estaba realmente exhausto, no había dormido nada y aquel chico necesitaba atención urgente, así que haciendo cualquier otro pensamiento a un lado, Hyde fue a bañar al muchacho para volver a dejarlo en la habitación al rato.
Esta vez lo vistió bajó las mantas con un par de prendas de lino fino. El muchacho todavía no había perdido el color azulado bajo las uñas ni en los labios, pero su temperatura corporal había subido y Hyde había logrado incluso darle un poco de beber de vez en cuando.
El fuego de la chimenea llevaba ya tiempo consumido cuando Hyde se despertó al día siguiente. No se había dado cuenta de en qué momento se había quedado dormido a los pies de su cama sobre la que todavía seguía inconsciente el joven náufrago.
Apresurado le puso una mano sobre la frente para comprobar con alivio que todavía seguía calentito y vivo. Gracias a los dioses el claro día de principios de otoño todavía brindaba el calor de los últimos días de verano.
Tratando de desentumecerse los músculos, Hyde se puso en pie sin apartar la vista del muchacho que yacía todavía inconsciente frente a él.
-Has tenido mucha suerte, chico –comentó en un susurro mientras le pasaba una mano de nuevo por la frente, apartando esta vez los mechones rebeldes de cabello rojo que se desperdigaban por su frente.
Era un color de pelo sumamente extraño, y para ser un hombre también sumamente largo. Incluso las ropas que vestía parecían de otro mundo, pero Hyde había navegado mucho y sabía que había muchas maneras de vida distintas más allá de aquel pueblo, así que tampoco le dedicó mayores pensamientos.
Ciertamente el chico parecía venido de otro mundo, sobreviviendo a ese naufragio y todo eso, pero lo mismo pensaría de él cuando despertara.
Recogiendo un poco el desastre que había armado con su llegada Hyde la noche anterior, se llevó la ropa todavía húmeda de ambos al río donde lavaba y barrió un poco todos los restos de leña que salpicaban el suelo.
Tenía que ir a mirar cómo seguía su botín del naufragio pero primero se lavó la cara hundiéndola en agua fría y fue por más al pozo. Dejando atrás una poca a hervir sobre la cocina de hierro, Hyde le echó un último vistazo a su invitado antes de salir de la cabaña.
Por la posición del sol debía de ser casi mediodía. Hyde se llevó una mano a sus ensortijados cabellos perdiéndola entre ellos al tiempo que bajaba despreocupado hacia la playa.
Una sonrisa se pintó en sus labios al ver que la mar agradecida le había regalado cuatro cajas más de cargamento que se sumaban a las que ya tenía. Corriendo con premura hacia la orilla las apartó del agua apilándolas junto a las otras y volvió a casa en busca de una carretilla.
Tras un par de horas Hyde había conseguido llevar toda la mercancía al cubierto, incluidos los enormes tablones que había dejado la tarde anterior secándose al sol. El cielo se había encapotado de pronto y se había llevado casi toda la claridad levantando un viento arisco entre tanto. Hyde volvió a la playa en busca de sus zapatos para volver a casa y tirarlos a un lado, desganado.
Parecía que iba a llover aquella noche, se alegraba de haber arreglado ya el tejado el día anterior.
Recordando de pronto que tenía compañía se afanó a prepararle algo de comer y arreglarlo bajo las mantas. Tenía las manos amoratadas todavía pero sus labios volvían a ser ahora de un rojo pálido.
Todo aquello era un misterio para Hyde, pero reconoció que nada podría averiguar hasta que el muchacho despertara, así que dejándolo de nuevo al amparo de las sábanas de su propia cama se fue a encender un fuego y preparar algún emplasto para aquellos pies.
Un par de hierbas machacadas y hervidas y Hyde tenía el remedio listo. Vendó los pies del muchacho con cuidado y lo contempló un rato antes de apagar la vela que iluminaba su rostro en la mesita de al lado.
Sabía que era un milagro que los dioses hubiesen salvado aquella vida y por ello no cuestionó que tarde o temprano acabaría regresando a la consciencia.
Aquella noche sin embargo se planteó las cosas de un modo distinto. Había alguien más en casa ahora y debía acogerlo hasta que se repusiera como mínimo. Le quedaba claro que ese mínimo no era de por sí poco tiempo... quizá debería sobreponerse y superarlo, quizá debería empezar a aceptar que su abuela simplemente ya no estaba allí. Y con paso pesado en inseguro se apoyó en el marco de aquella puerta.
La cama estaba perfectamente hecha con sábanas recién lavadas y secadas al amparo de los algarrobos del jardín. Como si cada paso le pesara más que el anterior Hyde se fue acercando poco a poco a la tan conocida cama. Le pasó una mano suave por la superficie primero, como si quisiera deshacer unas arrugas que aquella tela no estaba formando en realidad.
“Has crecido, Hyde...” –le había susurrado con voz débil-. “Estoy muy orgullosa del hombre en el que te has convertido”.
Esas palabras y una caricia cálida eran su último recuerdo de su abuela que, dos días después, lo había abandonado para siempre. ¡Y qué solo se sentía ahora!, se encontró llorando. Solo siempre, sino hubiera sido por ella... “Pero ya no estaba sólo...”, le susurró alguien en su interior.
Ahora él tenía a alguien de quién cuidar y con cuidado se sentó primero en la mullida cama para después recostarse en ella, clavando su mirada al techo y dejando salir un suspiro reprimido.
Estaba en casa al fin. De alguna manera no había aceptado eso de una manera tan plena hasta aquel momento.
Las claras luces del alba descubrieron a Hyde en el jardín enfundado en un enorme chubasquero marinero que había sido parte del uniforme de trabajo de Hyde en otro tiempo.
Aquella noche había llovido como si se hubiese tratado de un verdadero día de invierno, y aunque el sol despuntaba ahora, fuertes rachas de viento y un olor característico en el aire anunciaban que todavía quedaba mucha agua por caer.
Sólo rompía el tranquilo silencio del mundo su suave vaivén, pie atrás, impulso y el seco ‘plaf’ del hacha que hacía repiquetear los trozos de madera sobre el suelo apilándose desordenados unos contra otros a los pies del tocón. Y otro trozo más, situado de manera ausente por Hyde antes de pasarse una mano por el rostro sudoroso y comenzar de nuevo, paso atrás, impulso...
Era una tarea sencilla pero monótona y cansada a la vez. Si no le exigiese tal cantidad de esfuerzo físico Hyde estaba seguro de que a estas alturas ya se hubiese quedado dormido. De hecho, su mente embotada dormitaba dentro de su cabeza suavemente mientras su cuerpo parecía moverse casi por inercia, como si alguien allá arriba lo hubiese programado para aquello.
Por ello quizá no se percató de los suaves movimientos que perturbaban a su vez la paz de la casa. Su joven naufrago acababa de despertarse.
Quizá estuviese demasiado desubicado todavía y por puro instinto comenzara a destaparse torpe mientras trataba de ponerse en pie, quién sabe. Lo único cierto es que, con precario equilibrio, el muchacho pelirrojo había conseguido levantarse al fin tras un rato tropezando con los tablones de madera helados bajo sus pies descalzos antes de toparse con la tupida alfombra roja que cubría la mayor parte de su habitación.
Notó las vendas y las heridas abiertas todavía bajo sus pies, y aunque le dolían en extremo amenazando incluso con mandar sus huesos a tierra, se quedó de pie empecinado en encaminar sus pasos zigzagueantes Dios sabía a dónde.
Estaba todavía exhausto y la expresión de su rostro no hacía denotar que tuviese plena conciencia de donde se encontraba todavía. Quizá fuera por ello que sus pasos lo llevaron tranquilo a través de la casa hacia el rítmico ruido del hacha de Hyde.
Pese a su escaso equilibrio y su falta total de localización espacial, de algún modo extraño el muchacho llegó sin muchas dificultades a la puerta trasera que daba frente al cubierto delante del cual Hyde se encontraba.
Y quizá no fuera el encontrarse con el mismo, sino el grito sorprendido de Hyde lo que lo hicieron perder por primera vez el equilibrio y caer desconcertado al suelo.
Y lo cierto es que quién podía culpar a Hyde cuando se acababa de topar de frente con un fantasma de aquel modo. Pues por un momento fue la descripción más acertada que Hyde logró dar a su cerebro para definir aquella figura traslúcida y pálida que lo contemplaba aparecido de la nada desde el marco de la puerta.
Claro que también aquel repentino subidón de adrenalina lo hizo cobrar de pronto más lucidez y al momento reconoció al muchacho como al joven náufrago, y haciendo a un lado el hacha sin delicadeza alguna, se precipitó sobre él ayudándolo a ponerse en pie y encaminándolo de nuevo hacia el dormitorio antes de tratar siquiera de averiguar qué había sucedido o cómo había llegado allí.
El muchacho por su parte se dejaba conducir sin más. Su mente trabajaba despacio todavía y no quería plantearse nada, tan solo contemplaba absorto a su alrededor, como si estuviese recopilando información de algún modo, mientras se maravillaba extrañamente de la sólida estructura de madera de la casa.
-¿Dónde...? –quiso comenzar a preguntar el chico girándose hacia Hyde desconcertado para teñir su rostro al momento con un desconcierto mayor. Evidentemente acababa de percatarse de que estaba en brazos de un extraño.
Pero Hyde por su parte no lo dejó acabar, consciente quizá de la pobre rapidez mental de una persona que a penas si llevaba un par de días descansando tras haber naufragado de un barco y llevar Dios sabía cuánto tiempo al amparo de las frías aguas.
-Estás a salvo y en tierra firme –le dedicó una cálida sonrisa Hyde-, y cuando te encuentres mejor hablaremos de todo lo que quieras, pero por el momento es mejor que vuelvas a dormirte –finalizó, conduciéndolo bajo las mantas mientras arreglaba los cobertores sobre la cama-. ¿Tienes sed? –era una pregunta estúpida, los náufragos siempre tenían sed, pero por lo visto este muchacho tenía más sueño que sed y Hyde descubrió con sorpresa que ya se había quedado dormido.
Deshaciéndose del incómodo chubasquero sin pensar, Hyde le llevó una jarra de agua al chico y lo despertó para hacerlo beber, pero el muchacho, en extremo exhausto pese a su reciente excursión matutina, volvió a quedarse dormido apenas un par de tragos después.
Era un chico atractivo, Hyde no iba a negar aquello. No después de sus duras jornadas en la mar en la que más de un viejo marino desdentado y más de dos lo habían mirado con ojos que denotaban algo más que el deleite. Quizá si fuera un chico como aquel el que lo mirase Hyde se hubiese planteado las cosas de diferente modo. Se rió de sí mismo al encontrarse pensando aquello y abandonó la estancia una vez más.
Habían pasado muchas horas desde que el muchacho recobrara la consciencia por primera vez. Le dolía todo de un modo ambiguo y extraño que le creaba una sensación de agotamiento que identificaba con aquella pesadez en cada uno de sus miembros. Como si su cuerpo de pronto pesara un par de toneladas... como si de pronto estuviese tallado en plomo y no hecho de carne y hueso.
Con pesadez se giró a un lado sintiendo los músculos agarrotados de su espalda contraerse en un delicado dolor, no el suficiente para prestarle atención, no el suficiente cuando sus pies ardían como si mil puñales lo pinchasen a intervalos regulares.
Tenía la boca seca, pero estaba demasiado contrariado por la escena que lo había recibido al despertar. ¿En casa de qué extraño sujeto habría acabado esta vez? Sólo esperaba que no le exigiera una segunda ronda... y si fuera posible quizá aspirara a pedirle un desayuno.
Aunque de algún modo algo no encajaba. Tetsu nunca se alejaba de la ciudad y al otro lado de la ventana podía jurar estar viendo un pequeño bosquecillo acunado bajo las últimas horas del atardecer. De hecho, toda la estancia se asemejaba a algo demasiado rústico para encontrarse en la gran Metrópolis. Bien cierto era que había estado en muchas casas residenciales y que incluso la propia casa de sus abuelos se encontraba más bien alejada de la civilización a un par de kilómetros de la ciudad, mas aun así, aquella cama chirriante, compuesta por un grueso armazón de madera, no parecía el tipo de cosa que encontrar en un chalet de las afueras.
Y toda aquella decoración en general. Los cálidos colores de la madera oscura demasiado gastada. Las ventanas sin cortinas meciendo sus contraventanas al viento hechas de remiendos de cristales de colores. Incluso la pequeña cómoda del final de la estancia que parecía quizá demasiado bruta y artesanal contrastando de una manera extraña con aquella copa de finísimo cristal azul...
El muchacho estaba seguro de haber visto aquella copa en algún otro lugar, sólo que...
Y repentinamente el torrente de recuerdos amargo asoló su mente expandiéndose inclemente por el resto de su cuerpo. Despertando heridas y moratones que las sacudidas de su tío le habían ocasionado. Reabriendo las heridas bajo sus pies mientras volvía a recorrer en su mente aquel oscuro camino que vadeaba el precipicio y el olor nauseabundo de su tío, el suave mecerse del viento contra su piel mientras...
Y de pronto la puerta del cuarto se abrió dejando entrever a un chico moreno y bajito. Y Tetsu se giró inundado por un miedo que nunca le había dejado de ser ajeno. ¿Dónde estaba? Sólo recordaba a su tío, sobre él... aquella lejana carretera, el viejo coche... el viento contra su piel, el helado viento meciendo sus cabellos... y ¿qué más? ¿Cómo había llegado a dondequiera que estuviese? ¿Y quién era aquel hombre?
Si se hubiera fijado más... si aquella fina copa de cristal azul no le hubiera devuelto sus recuerdos, Tetsu se habría dado cuenta de que el otro hombre estaba tanto o más asustado que él de encontrarlo de pronto así, mirándolo de frente con aquella mezcla de terror, confusión y amenaza.
Hyde había subido a la aldea y no había podido regresar hasta el atardecer, quizá ahora se sentía más culpable que cualquier otra cosa. Acaba de regresar para encontrarse con aquel pobre muchacho aterrorizado. No debía haberse marchado en primer lugar estando él inconsciente todavía...
De hecho él mismo se había asustado al atravesar la puerta y encontrarlo despierto de repente encarándolo con brusquedad, pero tras asumir un poco las cosas decidió acercarse despacio y, sin tener realmente nada que decir, simplemente comenzó a hablar porque de pronto solo sintió la necesidad de tener que romper el sortilegio del silencio.
-¿Qué tal estás? –preguntó casi sin intención, la pregunta más relevante y manida de todas, solo intentando quizá despegarse del cuerpo aquella maldita desidia que se había asentado en el ambiente.
Ante la voz para nada amenazante y la visión de aquel chico menudo y a primera vista amable, Tetsu bajó la guardia considerablemente y se permitió una vez más dejar sus recuerdos de lado.
-¿Dónde estoy? –preguntó con voz vacilante y Hyde recibió la repuesta con una sonrisa enorme. Ver que el chico comenzaba a calmarse lo hizo calmarse a él también.
-Estás en mi casa, no te preocupes –le sonrió Hyde sin complicaciones, sin darse cuenta que sólo desconcertaba más a Tetsu.
-Tu casa... –repitió Tetsu con voz apenas audible, de modo que Hyde no le oyó en realidad-. Pero... ¿cómo he llegado aquí? –Tetsu sólo recordaba el frío viento contra su espalda nada más. Viento bajo su espalda...
-Te rescaté del agua hace un par de días, el mar te trajo hasta aquí... –bajó la vista Hyde-. Siento lo de tu barco... –por lo que había oído en el pueblo Hyde, no había habido más supervivientes.
-Pero yo no recuerdo haber estado en ningún barco... –continuó Tetsu con voz anhelante.
-No te preocupes -lo sobresaltó de pronto una mano amable de Hyde posándose empática sobre uno de sus hombros-, sucede a veces, ya recordarás lo que sea que ha pasado –continuó, ignorando el hecho de que Tetsu prácticamente se había puesto a temblar tras el contacto y se había apartado de él torpemente-. Y ahora dime, ¿recuerdas tu nombre?
-¿Mi nombre? –se sorprendió Tetsu, olvidando por un segundo el temor que lo había asaltado al sentir sobre sí el contacto de la piel del otro hombre. Por un momento lo había temido... como a tantos otros, pero sólo un momento...–. Sí, pero...
-Pues estupendo –resolvió con una sonrisa su anfitrión, tendiéndole una mano-. Yo soy Hyde, y si ahora me dices tu nombre y me das la mano quizá comience a borrarse de una vez todo ese miedo que delata tu cara.
Y Tetsu ruborizándose sin remedio le tendió una mano, presentándose al tiempo que Hyde la acogía en un cálido apretón.
-Tetsu... –repitió Hyde-… es un nombre casi tan extraño como tus cabellos –sentenció, continuando antes de que este último pudiese responder-. ¿Tienes hambre?
Y esta vez fueron las tripas del chico las que se adelantaron a su respuesta haciéndolo sonrojarse todavía más mientras Hyde rompía en carcajadas sonoras. Por lo visto era un chico alegre, se percató Tetsu, maravillándose de la cantidad de veces que lo había visto sonreír en tan poco tiempo... Y lo cierto es que era un chico guapísimo cuando se reía de aquel modo. Raro hasta decir basta, pero guapo también.
-Iré a prepararnos algo para cenar –le comunicó Hyde antes de darse la vuelta rumbo a la cocina y Tetsu no fue lo suficientemente rápido para impedir que se fuese.
Estaba lleno de preguntas, pero lo cierto es que también tenía hambre, así que, intentando apartar de su mente todas los interrogantes sin respuesta que nacían a millones cada segundo que transcurría en aquella extraña habitación, volvió a tumbarse en la cama quedándose abstraído sin más mirando el techo.
No se había dado cuenta que el techo era también de madera. De la misma madera oscura de la que estaba hecha el gastado suelo y las viejas ventanas. Una madera cálida y sin barnizar, tan solo gastada por el tiempo y los años.
Y perdiendo la noción del tiempo los recuerdos no tardaron en volver a su mente como una cascada de agua furiosa. Sigilosa en principio pero letal en su punto álgido.
Vino a su mente primero el sabor de aquel vino dulce, en un bar frente a su tío. Su tío, que lo había amado aquella misma noche con una brutal indiferencia muda y aquel olor a putrefacción que siempre lo rodeaba. Tetsu lo recordaba, de pronto lo recordaba todo. Recordaba la criada y el camino, el coche y aquella caída irreal. A cámara lenta, casi con dulzura para chocar de repente con la dura superficie de las aguas.
Se había caído al mar y francamente no sabía dónde estaba. No lo sabía y por un momento no quiso siquiera averiguarlo. Así que poniéndose en pie decidió de pronto seguir aquel agradable olor a comida que llegaba desde la otra estancia. Si debía fiarse del olor que llegaba hasta él, Hyde parecía ser no sólo un hombre curioso y salva-náufragos, sino también un excelente cocinero.
Pero asuntos más urgentes lo asaltaron al abandonar su nido de mantas y sábanas. Su ropa. ¿A dónde se había ido su ropa?
Hyde llevaba un rato entre potas y cacharros cuando la tímida voz de su náufrago particular se coló desde el marco de la puerta hasta sus oídos:
-Emmm... Hyde... –vaciló Tetsu sin atreverse a hablar todavía-… ¿qué ha sido de mi ropa?
-¿Tu ropa? –se giró completamente esta vez Hyde dejando atrás lo que estaba haciendo al tiempo que su cara se volvía una máscara teñida de desconcierto.
-Emm... sí –dijo Tetsu dejándose ver en la cocina vestido sólo con el enorme camisón de lino que Hyde le había puesto el primer día.
-¡Oh! Ya... –le sonrió Hyde apresurándose por delante de él para internarse en una de las habitaciones de la casa. Tetsu todavía no sabía muy bien dónde se encontraba, así que se quedó quieto donde estaba, temiendo perderse ya solo de la cocina a su cuarto.
-Ten –reapareció Hyde a su espalda con una camisa de lino y unos pantalones doblados con esmero frente a él-. Te lo he traído del pueblo. La ropa que tenías puesta puedes jurar que no me valdría ni para hacer trapos y, como es evidente que mi ropa no te valdría, te he cogido algo esta mañana en el pueblo.
Tetsu no las tenía todas consigo cuando Hyde lo encerró en su habitación para que se vistiera. Aunque poco podía replicar si su ropa era ya sólo un recuerdo, no quería parecer un desagradecido frente a Hyde después de ver todo lo que el chico lo estaba ayudando, así que, aunque reticente, decidió probarse aquello.
Estaba ridículo. Era un hecho. Ahora que Hyde se reía con estrépito frente a él, era un hecho.
Tetsu se había vestido la enorme camisa, los pantalones por debajo de la rodilla y el chaleco campesino de color azul grisáceo. No eran tan feos cuando se los veías puestos a alguien cómo Hyde, pero era evidente que a él no le sentaban.
-¡Oh, dios mío! -seguía riéndose Hyde frente a él sin ningún tipo de complejo-. ¡Creo que es ese pelo rojo tuyo el que no casa con la ropa! –Comentó al tiempo que le recogía el pelo con una mano apartándoselo de la cara-. Quizá podríamos atártelo... no sé... –comentó con soltura al tiempo que le recogía el pelo a Tetsu con una cinta negra y lo contemplaba con concentración-. Mucho mejor –le dijo, girándolo frente al espejo, y Tetsu tuvo que admitir que tenía razón.
Y ya no era sólo la ropa, la casa y la decoración. Tetsu se había asomado por la ventana para encontrarse con un paisaje que no reconocía en modo alguno y de una manera extraña comenzó a intuir algo a lo que no sabía siquiera cómo enfrentarse.
Pero no fue por mucho tiempo, ya que Hyde había acabado de preparar la comida y lo llamaba con estrépito desde la cocina:
-¡¡Te-chan!! –Le gritaba con toda la confianza del mundo. Tetsu nunca había conocido a nadie que le pusiera un apodo cariñoso en tan poco tiempo-. La comida está lista –le sonrió al verlo entrar-, y para tu desgracia y la mía he hecho pescado –le dijo con disgusto mientras servía ambos platos en la mesa.
-¿No te gusta el pescado?
-He sido marinero –le sonrió Hyde con suficiencia, a veces por momentos parecía más un niño que un hombre adulto-. En mi primera temporada comí más pescado del que nadie se merece comer en toda su vida. Nuestro cocinero sabía prepararlo de cinco maneras distintas –parloteaba gesticulando al tiempo que todavía servía la mesa, colocando los cubiertos y trayendo el pan-, pero se puso enfermo en medio de la travesía y nos quedó solo su pinche y su habilidad monótona para hervir el mismo pescado de la misma manera un día tras otro.
-Pues por lo bien que huele yo creo que no voy a hacerle ascos –le respondió Tetsu mientras se hacía con los cubiertos observando a Hyde acomodarse frente a él.
-Cuando crezcan las Astaleas del jardín me compraré un cerdo entero –se rió Hyde.
-¿Las Astaleas?
-Hmm –asintió Hyde, que para no gustarle el pescado ya tenía la boca llena y masticaba con apuro-. Es una planta medicinal que florece en invierno. Se dan especialmente bien en esta zona y son de las mejores plantas curativas que se conocen.
-Oh –asintió Tetsu desconcertado bajando la mirada a su plato al tiempo que comenzaba a marear su pescado con el tenedor, recolocando las pequeñas patatas y verduras que lo acompañaban-. Haido... creo que me he perdido...
-¿Hm? –preguntó Hyde sin comprender clavando su mirada en el otro hombre que no se sintió con fuerzas para alzar el rostro todavía.
-Sí recuerdo lo que me pasó, y estoy seguro de no haber estado en ningún barco. Yo... estaba con mi tío y me caí al mar –mintió-. He estado pensando que quizá la corriente me arrastrara hasta aquí... pero nada es ni siquiera parecido a lo que recuerdo y te aseguro que es la primera vez en mi vida que oigo lo que es una Asta-loquesea.
-Te sorprenderías de lo enorme que es el mundo. Ringrat es una aldea pequeña, quizá por eso te parezca tan extraña, pero...
-¿Ringrat? ¡Jamás en mi vida he oído ese nombre! –le contestó sobresaltado-. ¡Es como si todo lo que conociera hubiera desparecido! ¡Hasta mi pelo es raro aquí! ¡Es como...! ¡Es com...!
-Como si vinieras de otro mundo –sentenció Hyde serio y sin tratar de llevarle la contraria por primera vez, en un tono quizá demasiado bajo pero que Tetsu oyó a la perfección y dejó a la estancia en completo silencio-. La primera vez que te vi, con tus ropas extrañas y tu pelo rojo y alborotado, fue lo primero que pensé. Pero no he recorrido ni siquiera una pequeña parte del mundo y sé que hay muchas más maneras de vivir que esta aldea... por eso quizá...
-Quizá no... –Respondió calmado de nuevo Tetsu, contagiado por la extraña melancolía que parecía emanar ahora de Hyde-. En mi mundo ya nadie corta leña para cocinar o calentar la casa, nadie viste con ropa de algodón cosida a mano... Hay luz eléctrica y agua corriente y solo se ven en fotos bosques como los que estoy viendo desde esa ventana...
-Entonces lo crees -lo cuestionó Hyde pasivo-. ¿Crees que has llegado a otro mundo? –quizá con tanta seriedad que Tetsu tuvo miedo un rato.
-No lo sé... –sacudió la cabeza-. Simplemente todo es tan confuso...
-Las brujas dicen que a veces llegan cosas que no pertenecen aquí, aparecen sin más... He oído historias de gente e incluso objetos que pertenecen a varios mundos, las brujas saben reconocerlos.
-Las brujas –sentenció Tetsu en voz débil sin atreverse a cuestionarlo. Acaba de sugerirle a Hyde de algún modo que provenía de otro mundo, y no sabía si era cierto o no, pero de alguna manera aquel concepto no le era ajeno, de algún modo lo sentía propio y, por pura y simple intuición, creía que era exactamente eso lo que le había sucedido. Al fin y al cabo había sobrevivido a una caída al mar desde Dios sabía cuántos metros de altura. Partiendo de eso ya nada se asemejaba tan extraño, y no se creía capaz de cuestionar la creencia en brujas de un hombre que le estaba preguntando seriamente si de verdad provenía de otro mundo.
-Ellas podrían ayudarte –se le iluminó el rostro de pronto a Hyde-. Hay una en la capital de nuestra provincia –comentó con orgullo y Tetsu se percató de que las brujas no eran quizá algo tan común como él había creído.
-No creo que sea buena idea... –susurró Tetsu reticente, no muy afín a la idea todavía de que una farsante que se decía bruja pudiese ayudarlo de algún modo.
-Ellas reconocen a los que no son de aquí, mi abuela me contaba siempre las historias –le hablaba Hyde entusiasmado hasta el punto de que Tetsu se estaba percatando de que no podría hacer ya nada para impedirle a Hyde llevarlo ante la susodicha bruja, pero de pronto el rostro de Hyde se ensombreció de golpe-. Pero las Astaleas no florecerán hasta invierno y... –y había estado arreglando la casa, en modo alguno podía permitirse un viaje a la capital para él y mucho menos para Tetsu... Pero él quería ayudarlo, de veras que quería... Y de pronto una idea repentina lo hizo ponerse en pie de golpe y sonreír con deleite-. ¡Vamos, Tetsu! –lo incitó a levantarse enérgico, al tiempo que se encaminaba a grandes zancadas a la puerta trasera para abrirla con sorprendente energía y un Tetsu cada vez más desconcertado tras sus pasos.
-He tenido una idea que nos llevará hasta la capital –le explicó con una sonrisa mientras lo conducía al cubierto frente a unas enormes cajas de madera firmemente cerradas-. Todavía no he abierto mi botín, pero un barco como aquél no podía cargar nada poco valioso.
-¿Se lo has robado a un barco? –se sorprendió Tetsu de pronto desconfiado. Al fin y al cabo no tenía mucha idea de a qué se dedicaba Hyde, bien podía ser un criminal buscado.
-No se lo he robado a nadie -le contestaba Hyde ausente mientras buscaba algo entre las herramientas concienzudamente-. La marea lo trajo hasta aquí cuando el barco naufragó. Yo estaba recogiéndolas cuando te encontré, así que deberías darles las gracias –sonrió especialmente contento. Parecía que había encontrado lo que buscaba y ese algo era una palanca de oscuro metal.
-Por eso creías que era un náufrago de ese barco –pensaba Tetsu en voz alta-. ¡Eh! –Se apartaba sobresaltado esquivando a Hyde que caminaba decidido con su palanca en alza-. ¿Qué piensas hacer con eso?
-¿No es evidente? –Lo miró Hyde con su mejor sonrisa de psicópata-. Voy a abrir mi tesoro –dijo justo antes de colar la palanca entre los tablones de la caja de madera con soltura y comenzar a hacer presión.
Al cabo de un rato en el que el propio Tetsu tuvo que acudir en su ayuda, pues la caja parecía estar claveteada a conciencia, Hyde logró al fin hacer la tapa a un lado y Tetsu se adelantó curioso para ojear su contenido.
Era solo un montón de sedal semitransparente apilado sin orden ni concierto. Menuda decepción iba a tener Hyde, pensaba Tetsu al tiempo que extendía una mano para hacerse con uno de los rollos que contenía la caja.
Pero de pronto el otro le dio un fuerte manotazo apartándolo de allí.
-¡Quieto! –le gritó alarmado.
-¡Auch! –Lo miró fijamente ofendido Tetsu-. ¡Solo son montones de hilo, no te los iba a robar!
-Algún día, amigo mío, redefiniré tu concepto de hilo -le respondió Hyde con paciencia asomándose a contemplar con más detenimiento el contenido de la caja-. Eso de ahí –le comentó señalando la mercancía y sin separar sus ojos de ella todavía- es seda de diamante, y si quieres seguir conservando los cinco dedos de tu mano yo no lo tocaría de manera tan descuidada –finalizó girándose en rededor en busca de unos guantes adecuados.
-¿Eso corta? –se sorprendió Tetsu asomándose incrédulo una vez más pero manteniendo sus manos a salvo por si acaso.
-Eso es un arma, la mejor de todas –se rió Hyde a su espalda-. Tiene que ser verdad que no eres de aquí -volvió a acercarse poniéndose unos guantes de trabajo-. Con eso el ejército mata gente, mucha gente. Todos los niños de pequeños quieren aprender a manejarlo.
-¿Quieres decir que sabes manejar eso? –se sorprendió Tetsu.
-Por supuesto que no –dijo Hyde desenrollando uno de los carretes de hilo y observándolo con más detenimiento-. Nadie en su sano juicio quería llegar a aprender a usarlo. Y para nuestra suerte nuestro tesoro está intacto, ni una sola gota de agua ha llegado hasta él aunque dudo que le hiciera algo... –siguió divagando Hyde mientras Tetsu todavía rumiaba sobre que aquello fuera en realidad un arma.
-¿Pero acabas de decir que todos los niños quieren...?
-Dejan de querer en cuanto crecen. Sería estúpido que alguien quisiera aprender a utilizar un arma que exige pago de sangre.
-¿Pago de sangre?
-Ajá –le contestó Hyde volviendo a colocar el hilo en su sitio y deshaciéndose de los guantes despacio-. Sólo la élite de la guardia real conoce la técnica necesaria para manejar el hilo de diamante. Es muy efectivo, pero para presas individuales, no para batallas abiertas contra muchos enemigos. Son algo así como la guardia secreta del rey y deben jurar lealtad y hacer algo que demuestre que están dispuestos a guardar el secreto. A eso se le llama pago de sangre, debes estar dispuesto a sacrificar una parte de ti para demostrar tu lealtad y que eres de confianza.
-¿Una parte de ti? ¿Qué quieres decir con eso?
-Pues eso, que debes estar dispuesto a ‘dar una parte de ti’, literalmente. La mayoría se corta una oreja o un par de dedos de los pies. Algún estúpido ha llegado a cortarse una mano entera, logrando que la herida se le gangrenara y muriera antes de comenzar el entrenamiento. Estuvo bien para la guardia, si no todavía se estaría planteando cómo entrenar para la élite a un hombre manco. En este mundo a veces la valentía se confunde hasta puntos insospechados con la estupidez –Le dijo Hyde al tiempo que le tendía los guantes-. ¿Quieres mirar?
-Gracias –le contestó Tetsu poniéndose los guantes y todavía un poco impresionado por la historia que Hyde acababa de contarle.
-Por eso todo niño campesino cuando crece sabe que es una locura intentar enrolarse para la guardia real, sólo los que tienen más empeño suelen acabar en la caballería de la reina.
-En mi mundo pasa algo parecido –le contó Tetsu con una sonrisa maravillado por con la seda de diamante que sostenía ahora sobre sus manos enguantadas-, sólo los estúpidos se enrolan en el ejército, pero allí es la pólvora la que mata. Todos los hombres se esconden tras carros de combate, pocos recuerdan ya el honor de una pelea justa.
-Una pelea nunca es justa desde el punto en que alguien ha de morir en ella, no dejes que los de arriba te engañen con viejas historias que ya solo recuerdan las amas de cría.
-Supongo que tienes razón –reflexionó Tetsu pensativo-, pero en mi mundo matar a alguien se ha convertido en algo demasiado fácil. Casi nadie es consciente ya de lo que realmente implica.
-Entonces debe ser un mundo realmente triste –lo miró Hyde de frente y Tetsu se sorprendió en sobremanera al toparse con aquella profunda máscara de empatía sobre el rostro del otro hombre.
-Lo es... –se encontró susurrando en respuesta. Recordando su vida, no pudo menos que darle la razón a Hyde.
A la mañana siguiente, cuando Tetsu se despertó, Hyde estaba frente a la puerta con un carro destartalado ya preparado para partir. Un par de yeguas mansas atadas con viejos arneses de cuero lo precedían y las cajas de sedal de diamante se encontraban firmemente atadas a él y tapadas por encima con una gruesa tela blancuzca sobre el armazón del carro.
Hyde estaba decidido a marcharse aun cuando el propio Tetsu no tenía tan claro que quisiera ver a la bruja. Quizá estaba empezando a tomarle apego a aquel mundo y su tupida naturaleza. Sólo en dos ocasiones había recorrido la calita frente a la casa de Hyde, pero por si acaso quiso recorrerla una vez más antes de irse.
Tenía que reconocer que tenía un poco de miedo, al fin y al cabo tenía casi la plena certeza de que se encontraba en un mundo extraño y, aunque Hyde y su casa eran un rinconcito de él agradable y acogedor, Tetsu tenía muy presente que eso no era en ningún caso una medida fiable de cómo era el resto de aquel mundo. Pero no se lo diría a Hyde, no tenía corazón para ello, la verdad.
Se lo veía tan ilusionado y decidido... Además a Tetsu no le había costado darse cuenta de que la economía del pequeño hombre no era la más boyante en estos momentos, y no estaba dispuesto a ser el responsable de privarlo de los beneficios de su tesoro por un simple capricho suyo.
-He cargado sólo tres cajas –lo informó sonriente Hyde cuando volvió de la playa-. Creo que serán suficientes para el viaje y para comer todo el año que viene –se rió risueño-. Además, así si sucede algo, todavía nos quedarán aquí las otras.
-¿Está muy lejos la capital?
Hyde torció su vista al cielo antes de contestar.
-En tres días llegaremos -sentenció tras un rato-. Hará frío pero parece que no va a llover, así que tres días nos serán más que suficiente. Mis chicas son fuertes –sonrió finalmente acariciando a ambas yeguas cariñosamente y Tetsu se acercó a él para hacer lo mismo.
Los animales de Hyde eran en extremo tranquilos y bonachones. Quizá un poquito como su dueño, se rió Tetsu en su interior. Nadie de su mundo que él recordaba, recogería a un náufrago salido de la nada y lo acogería en su casa como si tal cosa, tratándolo como si fuese un viejo amigo, sin negarle nada ni exigirle una sola explicación. Aquella inocencia de Hyde lo hacía sonreír. No podía evitarlo.
-¿Estás listo? –le preguntó de pronto Hyde todavía sonriente.
-Por supuesto –dijo subiéndose al carro sin vacilar y sin tan siquiera volver la vista atrás. Sería un viaje divertido al lado de aquel hombre al que de repente sentía unas ganas horribles de conocer hasta en el más leve de los detalles.
Pero en los comienzos todos son buenas intenciones y, tras un par de horas de camino, Hyde se encontró con que a su lado su apacible acompañante que llevaba un rato ya callado... Se había quedado dormido al fin.
Lo cierto es que Hyde llevaba un rato esperando que esto sucediera, no había olvidado que Tetsu a penas si llevaba un par de días consciente desde que él mismo lo rescatara de las aguas y, por retazos de conversaciones con el muchacho, casi podía jurar que aquel tipo de viajes no eran a los que el otro acostumbra de dondequiera que procediese.
Y lo cierto es que la estampa le resultó en extremo enternecedora y, casi inconscientemente, se agachó sobre el otro hombre, cuyo sereno rostro reposaba contra su hombro. La luz del astro mayor jugaba a arrancarle reflejos rojizos a su larga melena y Hyde se quedó abstraído un rato contemplándolo de cerca sin percatarse de que poco a poco se iba acercando a él cada vez más, hasta que un bache del camino lo hizo chocar contra la suave piel del otro hombre, provocando un beso casi involuntario que hizo a Hyde sonrojarse en extremo mientras recomponía su destartalada dignidad mirando de pronto al frente como si algún otro testigo a parte del claro cielo de otoño hubiese contemplado lo ocurrido.
Al cabo de unas horas en las que, para ser fieles a la verdad, el paisaje no cambió demasiado, Hyde volvió de nuevo su atención a su compañero de viaje para acomodarlo en lo que él consideró una mejor postura dentro de las limitaciones de la situación, y lo cubrió hasta la barbilla con una manta, temeroso de que el traqueteo del viaje le sentase mal.
Estaba quizá volcando demasiadas expectativas en aquel extraño muchacho, era consciente, y lo delataba un delicado rubor en sus mejillas. Pero también era consciente de que ya no tenía remedio, se había encariñado en exceso con aquel muchacho de ojos chocolate y mirada esquiva, como si a pesar de que su sonrisa todavía conservaba la inocencia de los niños, sus ojos ya no la recordasen.
Las horas pasaron inclementes tiñendo los cielos de oscuros tonos que anunciaban la cada vez más cercana llegada del invierno.
Cuando ya las yeguas avanzaban a una penosa velocidad fruto del cansancio, y el propio Hyde comenzaba ya a dejar de ser persona para convertirse en un zombi, se decidió al fin a hacer noche en una conocida posada en los caminos, que como toda buena posada de los caminos, se llamaba el poni algo. El poni blanco... sí, sonaba como la típica posada de los caminos, aunque lo cierto es que su fama la precedía y Hyde sabía por boca de muchos que era considerada poseedora de la mejor cerveza de la cuadra oeste... Algo no tan difícil, teniendo en cuenta la mala calidad de casi todo lo que se podía adquirir en una posada costera en Ringrat.
Tetsu fue despertado minutos más tarde por un Hyde insistente que lo mecía con delicadeza, tratando en vano de despertarlo sin romper la magia que envolvía sus rasgos todavía sumidos en los brazos de Morfeo. Se revolvió unos segundos desubicado, observando sin ver a su alrededor para preguntar vacilante a Hyde al cabo de un rato dónde se encontraban.
-¿No es evidente? –le contestaba Hyde con una sonrisa mientras lo ayudaba a bajar del carro con cuidado. Él también estaba cansado y tenía agujetas de ir sentado frente al carro conduciendo a las yeguas sin querer a la vez moverse para no perturbar su sueño.
-¿No ha sucedido nada durante el camino? –preguntó con un tono hasta cierto punto decepcionado mientras tanteaba su torpe equilibrio con la punta de sus pies ahora que volvían a estar sobre tierra firme.
-Por supuesto que no ha sucedido nada -se reía Hyde mientras soltaba a las yeguas y las llevaba rumbo a las caballerizas-. ¿Qué esperabas acaso, que nos asaltasen en los caminos o que una bestia salvaje se comiese nuestras yeguas? Eso sólo pasa en los cuentos, y la verdad es que yo me alegro de que no les haya pasado nada a mis preciosas chicas –sonrió Hyde con cariño dándole una última caricia en el morro a sus yeguas antes de dejarlas en manos de un muchacho no mucho más alto que él mismo.
-No sé... –proseguía un Tetsu vacilante tras sus pasos rumbo a la entrada de la posada-… pensé que, como estoy en otro mundo, pues a lo mejor...
-¿A lo mejor qué...? –se giró Hyde riéndose risueño frente a él-. ¿Esperabas vivir una aventura y hacer amiguitos? –prosiguió su chanza sin poder evitar el seguir riéndose mientras Tetsu bajaba el rostro rojo de pronto con la impresión de que hubiese leído sus pensamientos.
Y finalmente sin saber qué responder ya, Tetsu, todavía cabizbajo, extendió las manos para empujar a Hyde rumbo al interior de la posada, donde nada más atravesar el umbral, el tumulto reinante ahogó sus estrepitosas carcajadas.
Hyde pidió de cenar por ambos y Tetsu siguió en sus trece. Aquello era realmente otro mundo, y lo cierto es que se sentía como en un libro de fantasía. Con toda aquella gente de aldeas próximas riendo y charlando sentados frente a mesas enormes de gruesa madera gastada donde los más atrevidos intentaban saquear a los otros con una mano de cartas afortunada y los más clásicos se arremolinaban en torno a la chimenea a escuchar historias de viajeros extranjeros o, en su defecto, de algún compadre con más de una copa y mucha imaginación.
No mucho después, y pese al buen ambiente que todavía reinaba en la taberna, Hyde y Tetsu se retiraron a una discreta y acogedora habitación en el segundo piso. Olía a hierbas y a la madera joven que descansaba todavía intacta frente a la chimenea. Hyde hizo una mueca ante el detalle y disgustado arrojó el leño igualmente al hueco de la chimenea, dándose la vuelta mientras lo dejaba atrás repiqueteando con estridencia.
-No nos han dejado mucha madera para pasar la noche, así que acurrúcate bien bajo las mantas –le comentó despreocupado mientras él mismo se desvestía y se introducía bajo las sábanas del enorme armazón que tenía por toda cama la estancia.
O no lo había entendido muy bien o ambos dormirían juntos. Era estúpido, Tetsu sabía que era estúpido sentirse así de nervioso sólo por eso cuando el propio Hyde no parecía darle la más mínima importancia y él, bueno... él no creía estar en disposición de llamarse a sí mismo una persona pudorosa cuando había compartido algo más que las sábanas en numerosas ocasiones en su mundo para ganarse el pan cada día.
Quizá él mismo era consciente de que le estaba dando demasiada importancia a todo aquello. Pero era demasiado consciente de que Hyde lo hacía sentir de un modo en el que no recordaba haberse sentido jamás.
-¿Qué sucede? –Lo sobresaltó Hyde sacándolo de pronto de entre sus pensamientos al percatarse de que Tetsu no entraba en la cama-. ¿Tienes miedo de que alguien te ataque por la noche y piensas quedarte ahí de pie sin dormir haciendo guardia? –Se rió de él una vez más-. Vamos, ven a dormir, ya te he dicho que no creo que por aquí hagas muchos amiguitos a no ser que quieras aliarte en una partida de cartas con el pícaro que está desplumando abajo a todo comerciante que se le pone a tiro.
“...La verdad es que ya he hecho un amigo... te tengo a ti...” –se encontró pensando inconscientemente Tetsu cuando ya Hyde se había dado la vuelta dispuesto a abandonarse al sueño, y casi por inercia se puso rojo inmediatamente después y, avergonzado de sí mismo, se metió bajo las sábanas sin decir una palabra.
Hyde ya había apagado todas las velas de la estancia y sólo el suave murmullo de la madera repiqueteando en la chimenea rompía la quietud de la estancia en la que ya se podía oír la pausada respiración de Hyde que, por lo visto, ya se había quedado dormido.
Era normal, se convencía Tetsu con los ojos abiertos de par en par clavados en las vigas de madera maciza del techo. Yo llevo durmiendo todo el camino y él está cansado. No hay ninguna otra razón por la que no me atreva a acercarme más a él y aspirar su dulce olor a madera recién cortada de abedul... ¿Eh? ¿Qué demonios estaba pensando?, se recriminó Tetsu una vez más, golpeándose el rostro en su cabeza... Estar tan lejos de casa lo confundía. Lo hacía olvidar lo que tanto dolor le había costado aprender: no debía depender de nadie... no debía volver a confiar en nadie... eso solo le hacía daño. Hyde probablemente no lo estuviese ayudando de forma altruista. Al final querría algo de él, como todos... siempre pedían algo al final.
Tal y como había predicho Hyde, tras tres días en los caminos llegaron a la capital, sin más anécdotas a sus espaldas que la de haber visto a una risueña ardilla saltar sobre sus cabezas de árbol en árbol.
El viaje había sido algo duro y hasta el propio Hyde estaba un poco hastiado, pero ambos habían aprendido mucho el uno del otro en las largas horas improductivas que habían pasado en los caminos. Hyde había aprendido pronto que a Tetsu no le gustaba hablar de su pasado ni de sí mismo, pero del mismo modo se percató que no era difícil adivinar sus pensamientos entre retazos de conversaciones más banales e indirectas. El único truco era no preguntar directamente y lo cierto es que Hyde había aprendido todo cuanto había podido del otro hombre. Quizá fuera nostalgia o simple soledad lo que lo empujaba a querer saber tanto del otro. Quizá fuera simple nostalgia lo que lo empujaba a querer atarse a él... o quizá era algo más... pero no podía negar que ese algo más le daba miedo, mucho miedo. Lo cierto es que no se creía preparado para afrontarlo y sin querer pensar en ello lo dejaba correr.
No quería pensar, pensar dolía demasiado y perder a alguien a quien se ama todavía más. Hyde no tenía ganas de descubrir que amaba alguien todavía... alguien a quien era muy probable que fuera a perder en breve si la maldita bruja de la capital conocía la manera de hacerlo regresar a su mundo...
En el fondo no estaba acostumbrado a pensamientos tan sombríos, así que de pronto, queriendo alejarse de ellos, se encontró poniendo tierra de por medio entre Tetsu y él, inconscientemente, casi casi sin querer. Se había bajado del carro con un salto ágil dejándolo al cargo del otro mientras él iba a negociar su venta con los socios habituales. El mercado negro era común pero todavía ilegal.
Y sin querer queriendo, un nudo le oprimió el pecho haciéndolo sentir culpable por dejar a Tetsu atrás. Era mentira que necesitase ir solo, era una maldita y sucia mentira por no ser capaz de reconocerse a sí mismo que había comenzado a necesitar al otro hombre.
Un suspiro escabroso se desprendió de sus labios antes de adentrarse entre las conocidas callejuelas entre casas. Se estaba enamorando de alguien a quien no podría retener a su lado. Se estaba atando una vez más a su propio sufrimiento, como cuando de joven se alejó de casa dejando atrás a su única familia... y ahora estaba solo. Viviendo una mentira con alguien a quien, amando sin querer, sabía desde un principio que llegaría un punto en el que tendría que renunciar a él.
Amarlo no era un opción y por egoísta que sonara Hyde ya no quería dejarlo regresar a ningún lugar, quería que se quedase junto a él compartiendo una chanza frente a la chimenea en los días fríos de invierno, y quizá robarle un beso mientras durmiera... y esperar con anhelo que le fuera devuelto...
Pero eso no pasaría. No era tan insensato como para hacerle eso a Tetsu. Lo dejaría volver, lo llevaría a junto a la bruja y lo ayudaría a volver. Se rompería al corazón a sí mismo, pero era lo correcto; aun cuando le doliera el pecho de aquel modo sabía que era lo que debía hacer. Era la manera en la que debía demostrar su amor, dejándolo marchar... tal y como debía ser.
Al otro lado de una plaza iluminada por el sol del mediodía Tetsu se encontró de pronto solo, con un carro y dos yeguas al cuidado. Antes de poder replicar, antes de poder gritarle a Hyde que no sabía ni dónde estaba ni lo que hacer, el otro hombre lo había dejado atrás.
Hasta el propio Tetsu se había percatado de la extraña actitud de Hyde, pero a veces sucedía. A veces incluso él mismo se enredaba con el otro en una situación incómoda por su culpa... y era cierto que si hubiera sabido hacia dónde correr, en más de una ocasión lo habría hecho.
De hecho, si no hubiese olvidado ya la dulce caricia del afecto y la suave cadencia del cariño, a Tetsu no le habría resultado difícil reconocer el revoltijo atípico que hacía que su corazón se acelerase y se le encogiese el estómago frente a Hyde.
Se había enamorado porque Hyde era un chico dulce. Porque cuando estaba solo, él le había tendido una mano amable. Porque después de haber sido traicionado por toda persona que debería haberlo amado, un desconocido le había demostrado que el amor todavía no era un imposible para él.
Pero eran demasiadas heridas las que descaradas marcaban la clara piel de Tetsu. Heridas sangrantes y abiertas a las que en realidad nunca había sabido plantar cara y eran esas mismas heridas las que lo engañaban, mientras Tetsu creía protegerse bajo ellas... mientras Tetsu creía haber aprendido la lección...
Y es que en realidad Tetsu había aprendido todas las lecciones equivocadas, pero aún no había llegado a un punto en el que fuera consciente de ello, y por eso mismo su mente desconfiada comenzó subrepticiamente a plantar negras semillas en sus pensamientos, como siempre.
Semillas que le decían que Hyde no era distinto de tantos otros, semillas que le enturbiaban la vista y lo hacían alejarse y desconfiar del otro hombre. Semillas que en tantas ocasiones lo habían ayudado a levantarse de una cama en la que había sido violado de la peor de las maneras y despedirse de sus verdugos con una sonrisa. Semillas que ahora, sin Tetsu ser consciente, lo alejaban poco a poco de la salvación.
Pero era mucho lo que Hyde había hecho ya por él y... no podía negar que como mínimo eso lo confundía, de un modo en el que quizá ahora mismo estuviese hasta casi deseando poder volver a casa.
Porque al fin y al cabo a los hombres sólo nos da miedo aquello que no conocemos.
Tras un rato en el que perdido entre sus pensamientos Tetsu casi no se había siquiera percatado del transcurrir del tiempo, Hyde reapareció al final del camino por el que había desaparecido hacía escasos momentos, acompañado por un pequeño grupo de hombres altos y fornidos que de lejos lo hacían asemejar sólo un niño entre ellos.
No fue hasta que estuvieron más cerca que Tetsu se percató de la cara de desagrado de Hyde. Entabló una conversación cortante y aderezada mayormente con monosílabos para tras un rato darle la mano casi con desprecio a uno de ellos y aceptar una bolsa con dinero para luego hacerse a un lado dejando al resto descargar el hilo.
-Malditos bastardos... –masculló Hyde al aire tras un rato mientras su vista todavía seguía clavada en las diminutas figuras de aquellos hombres que continuaban alejándose.
-¿Qué ha sucedido? –preguntó Tetsu al fin atreviéndose a volver junto a Hyde de nuevo.
-Ha sucedido que me han hecho casi regalar toda la mercancía porque no sé qué de la crisis y de ashghhg... ¡demonios! –se interrumpió a si mismo sacudiéndose de pronto la cabeza concienzudamente-. ¡No importa! –se giró hacia Tetsu sonriendo-. Me han pagado y no poco, y eso significa que nos merecemos una buena comida en la mejor posada de la ciudad.
Tras la abundante comida, ambos se encontraban mucho más cómodos. Por la tarde irían a ver a la bruja, Hyde se lo había dicho a Tetsu en numerosas ocasiones, pero éste sólo apartaba a un lado dicho pensamiento en su cabeza sin saber realmente qué esperar de todo aquello.
La casa de la bruja, como toda buena casa misteriosa, se encontraba a las afueras del pueblo en un recóndito lugar convenientemente inaccesible al que llegabas casi por casualidad.
Lo cierto fue que, cuando se toparon con ella al fin, Tetsu no supo si sentirse decepcionado o aliviado al toparse con una mujer de unos setenta años con apariencia más de abuela que de mujer mentalmente inestable.
Cuando Hyde le explicó a grandes rasgos la razón de su visita, la mujer los invitó a pasar a su casa. Una estancia parecida de algún modo a la de Hyde, sobre todo porque los suelos estaban absolutamente cubiertos de alfombras de tamaños y colores dispares, unas más gastadas que otras, y los muebles eran de la misma tosca artesanía.
Les sirvió un té a ambos y se sentó frente a ellos en la mesa contemplándolos durante un largo rato antes de empezar a hablar. Y cuando lo hizo, fue quizá cuando entendió Tetsu por qué Hyde y el resto de aldeanos le guardaban tanto respeto. Era sabia, ya solo la cadencia de sus palabras parecía delatarlo.
Tras unas cuantas preguntas arbitrarias de las cuales Tetsu desconocía de manera absoluta su finalidad, la bruja comenzó por fin a hablar de “los otros mundos”.
-Es cierto que lo siento –admitió bajando por primera vez la vista y asintiendo con pesadez-, hueles como si viniese de la Tierra.
Y Tetsu no pudo evitar sorprenderse y afirmar convencido al tiempo que era todo oídos a lo que la bruja tuviera a bien decirle.
-Eso suponía, he visto cosas de la tierra y huelen exactamente como tú. Estas cosas pasan a veces –informó a ambos-, a veces se pierden cosas... Es cierto que pocas veces se pierde gente entre los mundos, pero puede suceder...
-Pero... ¿qué he de hacer para volver? –Inquirió Tetsu maravillado por la mujer-. ¿Podría usted ayudarme?
-No –la respuesta de la bruja fue tajante-. Durante cientos de años han sucedido estos intercambios, de vez en cuando alguno de los mundos pierde algo. Pero así son las cosas, simplemente suceden. Que yo sepa reconocer objetos pertenecientes a otros mundos no quiere decir ni que sepa cómo traerlos de allí ni cómo devolverlos.
El rostro de Tetsu se convirtió en un poema exacto de todo la decepción que lo inundó ante las palabras de la bruja y a tal punto que el propio Hyde parecía no saber qué hacer a su lado mientras en su interior batallaba internamente, recriminándose la chispa de alegría que lo había recorrido ante la perspectiva de que no fuese posible devolver a Tetsu al lugar de donde procedía.
-Las cosas son así, muchacho –les contó la bruja antes de despedirlos-, hay objetos que simplemente existen en los dos mundos. No sabemos cómo sucede, sólo sabemos que sucede y eso nos da una idea de que existen puentes entre ellos. Quizá sean lugares o cualquier otra cosa a la que los humanos no sepamos ponerle nombre. Pero lo cierto es que hay un modo de cruzar y la prueba es tu presencia aquí. Sólo que no sabemos cuál y por eso mismo no puedo decirte cómo volver. A veces se pierden cosas que no son capaces de existir entre ambos mundos. Tú ahora estás aquí y no allí; cómo has llegado aquí ni tú lo sabes, quizá sin saberlo seas capaz también de volver.
“...O quizá no...” fue el pensamiento pesimista que navegó en la cabeza de Tetsu durante todo el viaje de regreso a la pequeña cabaña de la playa que Hyde poseía.
Había sido un golpe duro, una confirmación demasiado veraz de que ya no se encontraba en su propio mundo, y el hecho en sí resultaba abrumante incluso para Hyde, que no se había sentido capaz siquiera de intentar alejarlo de sus pensamientos durante el viaje y había optado por tomar una posición secundaria de apoyo que Tetsu agradeció.
Se sentía mareado si pensaba en todo ello, pero por otro lado no había nada tan especial que hubiera dejado atrás, no había nada tan especial que hubiera perdido y quizá debía mirar el lado positivo y disfrutar de aquel momento en compañía de Hyde.
Ya no estaba solo, no como en el otro mundo, aquí tenía a Hyde y Hyde parecía estar esperando que volviera su rostro hacia él para tomarlo en brazos y abrazarlo fuerte. Para brindarle su cariño...
Lo había esperado todo el tiempo que había necesitado, no recordaba siquiera cuántos días hacía que habían llegado a casa, sólo sabía que mañana tras mañana había corrido a refugiarse en la pequeña cala en lugar de girar sus pasos hacia Hyde y había estado equivocado.
Aquellos brazos le devolvieron por primera vez la paz en días, tomándolo suavemente por los hombros y acogiéndolo con cariño.
Un cariño que se desbordó al romper por primera vez la distancia entre ambos. Un cariño que se trasformó sin saber cómo en un beso profundo y dulce que hizo a ambos olvidar el mundo un segundo y todos los siguientes.
Aquel beso, demasiado dulce, demasiado adictivo y ansiado quizá, detonó una situación que muy en el fondo ambos anhelaban.
La penumbra era parte de la estancia, del marco, del micro-momento perfecto que los contenía y los contemplaba, que los arrullaba y los amaba. Que caía a sus espaldas como telón de fondo mientras ellos mismos no eran conscientes ni de su presencia ni de su existencia.
Demasiado absortos el uno en el otro quizá, demasiado inmersos en un sentimiento que no necesitaba ser bautizado, que no necesitaba por propia naturaleza ser nombrado y reconocido. En absoluto el amor, la pasión... ese algo que se encuentra sobre su frontera difusa... Ese algo no es una existencia pasiva, sino por el contrario es un pivote, un motor de impulso que hace moverse las riendas. No necesita por su naturaleza la consciencia de su existencia en el interior de quien domina. Sólo precisa de una chispa, una chispa que lo deje tomar el control un segundo y precipitar los acontecimientos que más tarde o más temprano deberían suceder.
Y así fue con Tetsu y Hyde. Aquel beso torpe en la cocina resultaba ahora quizá demasiado lejano. Cientos de hermanos suyos los habían hecho tropezar sus cuerpos una y otra vez de un modo adictivo y sensual. Mezclando sus esencias en dulces y pausados besos o arrebatándose el aire mientras ambos se conducían sin saberlo al escenario de lo inevitable.
Sin saberlo, sin llegar del todo a ser conscientes, redefinieron el concepto de verdad. Y es que lo único real era que estaban frente a frente sobre una cama revuelta, ambos respirando agitadamente pero sin ser capaces de separar un sólo segundo los ojos del otro.
Sus camisas... no recordaban ya dónde se las habían quitado, pero ambos coincidían en que realmente les habían estorbado cuando se habían deshecho de ellas y ahora sumidos en esa tregua tácita se encontraron de pronto inevitablemente atraídos a querer besarse una vez más.
Las cálidas manos de Hyde estaban posadas extendidas sobre el pecho de Tetsu mientras éste seguía perdido en el fondo de sus profundo ojos negros. No se movió cuando Hyde dejó resbalar una de ellas cariñosa por su torso hasta el frente de sus pantalones. Se dejó llevar cuando el rostro de Hyde volvió a acercarse pidiéndole un beso mientras su mano curiosa comenzaba a colarse entre los pliegues de la poca ropa que le quedaba encima.
Se tumbó hacia atrás, dándole más terreno a Hyde y llevándoselo con él. Tan sólo quería seguir besándolo y quizá también seguir disfrutando de aquella caricia extraña.
Hyde lo acariciaba con un cariño que le traspasaba la piel, lo hacía enloquecer con su leve toque mientras sobre él seguía empeñado en acariciar su pecho de manera dulce e insistente... como si buscase convencerse de que era él la llave de aquel sonrojo delicioso que delataban sus mejillas y que Hyde parecía amar devorar con sus labios. ¿Estaba buscando darle algo? ¿Estaba acaso amándolo?
Sin ser capaz de responderse la verdad a sí mismo, en el fondo de su corazón Tetsu sabía la verdad. Daba igual que las negras semillas de su mente ya germinadas y fuertemente asentadas le gritasen que sólo estaba aprovechándose de él... Sabía que no era verdad, que ambos se habían dejado llevar sin remedio por el mismo sentimiento rebelde e independiente.
Quería mentirse y de hecho lo estaba haciendo, convenciéndose de que era la pura costumbre lo que lo hacía separar sus piernas con naturalidad frente al otro hombre acogiéndolo sobre él, facilitando una unión que a su cuerpo se le antojaba tan excelsamente soberbia. Una unión que estaba disfrutando por primera vez... una unión que ya no le parecía más que armonía y placer, un placer cálido que lo recorría por dentro como una racha de viento de verano con sabor a melocotones maduros.
Hyde no lo amaba, y no era amor lo que sentía. No era su amor lo que lo recorría, no eran sus dulces caricias lo que lo hacían sonreír ni sus caricias lo que lo hacían mecerse bajo su cuerpo. No eran sus cálidos besos a los que respondía ni sus manos las que contestaban todas aquellas atenciones con suaves caricias sobre el apuesto costado del otro hombre.
Él no estaba disfrutando en absoluto de todos aquellos consentidos besos ni de la proporcionada desnudez del otro cuerpo. No lo estaba haciendo, igual que sus manos no estaban de pronto aferradas al cuerpo del otro hombre.
No era Hyde la persona que amaba, él no amaba a nadie. O eso quería seguir creyendo aun cuando su cuerpo se estremecía ante la inminente entrada en su cuerpo del otro hombre. Una mano fuertemente aferrada contra Hyde que lo apretó entre una de las suyas mientras con la otra atraía hasta sus labios las yemas de los dedos de la otra, besándolas con cariño y dulzura mientras su cuerpo ingresaba con una cadencia firme en el otro.
Un beso dulce que contrastaba con el leve dolor... la incomodidad de una posición forzada, para que de pronto la mano de Hyde se desprendiera de entre las suyas por entre sus cuerpos, solo una, la otra seguía firmemente en poder de Tetsu mientras la exploradora lo tomaba de pronto, trocando todo el momento en una explosión de placer y movimiento acompasado. Dulces sacudidas, dulces y salvajes. Eróticas y delicadas a la vez ¿cómo podía ser aquello comparado con cualquier otra sensación precedente? ¿Cómo podía ser tachado y vejado bajo la tosca capacidad de descripción de las simples palabras? ¿Cómo ser capaz de negar el amor que entraba en él como una oleada cálida desde el otro hombre?
El placer acompañó el momento con suaves movimientos y por primera vez Tetsu se encontró no queriendo que el cuerpo del otro hombre se separase jamás del de él, pero a la vez algo lo empujaba a alcanzar el punto álgido de la experiencia en compañía de Hyde.
Él llego primero dejándose caer exhausto para sentir a Hyde sobre él solo un segundo antes de recogerlo entre sus brazos mientras el otro hombre rompía el hilo que hasta ese momento había estado uniéndolos tan fuertemente. Por primera vez en su vida Tetsu se sintió feliz de haber sido capaz de entregar algo a alguien, de haberse entregado de una manera más profunda, de una manera que sabía, aunque quisiera negarlo, que era más profunda que la simple banalidad del placer.
Y suspirando con todo su amor amotinado en la boca de su estómago, a punto de tirar abajo todas las barreras que su mente insensata había levantado en su contra inconsciente, abrazó a Hyde que ya casi dormía contra él mientras, casi sin poder contener las lágrimas, recorría una última vez la estancia con sus ojos para toparse de súbito con aquella fina copa de cristal azul de nuevo. Aquella copa tan familiar que de pronto supo reconocer.
Había sido testigo... el único testigo de la dualidad de la vida de Tetsu. Del amor y del odio, del desprecio y el cariño. Era el punto de unión, la única cosa presente a ambos lados del espejo.
Era tal y como la bruja le había dicho. Había cosas... cosas que pertenecían a ambos mundos. Y Tetsu recordaba de pronto dónde la había visto antes.
Había sido en casa de sus abuelos, en la habitación donde su tío le había hecho el amor, y después...
Después había acabado en este otro mundo. Que no le pertenecía. La bruja no sabía cómo se podía regresar pero él, incorporándose en la cama, dejando a Hyde atrás, lo comprendió de pronto. Lo comprendió de un modo tan nítido que olvidó todo su amor que, rechazado una vez más, volvió a encerrarse ignorado en lo profundo de su ser.
Y levantándose sin pensarlo comenzó a vestirse de nuevo.
-¿Qué haces, Te-chan? –se incorporó Hyde tras él todavía soñoliento y sorprendido al ver lo que el otro hombre estaba haciendo.
-Voy a marcharme –dejó caer casi con sequedad Tetsu mientras sin volver la mirada hacia Hyde siquiera se concentraba ahora en vestirse su camisa de lino.
-¿Qué vas a qué...? ¿Pero a dónde? –se despertó por completo Hyde preguntando intranquilo mientras seguía contemplando cómo Tetsu no se detenía ni un segundo para prestarle atención a sus palabras.
-Nunca te he contado cómo me ganaba la vida en mi mundo, Hyde, ¿no es cierto? –y aunque Hyde respondió negando suavemente con el rostro, lo hizo con miedo. El tono de Tetsu y su reciente actuar lo llenaron de un terror que sin saber definir sentía con perfecta nitidez.
-Pagaba a los hombres con mi cuerpo... mi comida y su hospitalidad... –dijo mirándolo casi con indiferencia-… básicamente –finalizó tras agacharse para tomar sus zapatos y salir de la estancia. Sin atreverse a encarar a Hyde o permitirse oír aquel aspirado “¿qué?” de pura incredulidad que había abandonado sus labios.
Era verdad lo que le había dicho. Así se ganaba la vida al otro lado, pero esta vez no había sido premeditado, no había querido venderse con Hyde, era solo que de pronto sabía que debía volver. No podía atar al otro hombre a su lastre eterno.
O más bien estaba huyendo, huyendo de algo que le daba miedo a aceptar y que por un momento había estado a punto de dejar salir de las profundidades de su ser.
“Él no amaba a Hyde, y debía volver”, se repitió una vez más saliendo de la casa en plena noche y sintiendo la fría y áspera arena bajo sus pies. Haciendo como que no sentía las lágrimas que le abrasaban las mejillas, sin querer reconocer ante sí mismo que estaba esperando que Hyde lo detuviera. Que le reclamara aunque fuera, que le pidiese mil y una explicaciones enfurecido.
-¿Me estás pagando con tu cuerpo mi hospitalidad? –dejó escapar las palabras de su boca Hyde con reticencia tras un rato.
Era como si se le hubiesen atragantado o mejor dicho, atravesado en el medio de la garganta. ¿Tetsu le había estado pagando?
Se había quedado justo donde estaba, desnudo bajo las mantas de la cama. Se sentía sucio, usado... francamente traicionado y engañado, y era difícil de encajar después de sentir que había alcanzado el cielo hacía tan solo unos momentos.
¿Acaso Tetsu no lo había sentido como él? ¿Acaso ambos no habían compartido nada en realidad? ¿Acaso estaba... solo?
Solo le había pagado, así hacía las cosas Tetsu en su mundo... Para Tetsu había sido lo normal. Había sido él el ingenuo que se había permitido hacerse ilusiones y ahora Tetsu se había ido dejándolo atrás mientras Hyde sólo trataba de encontrar su corazón entre ese espacio yermo y devastado que sentía de pronto bajo su pecho.
Tetsu no lo amaba... ¡era todo una mentira! Se gritaba a sí mismo en silencio en su interior sin darse cuenta de que preso de la rabia se estaba desgarrando los labios entre los dientes mientras unas lágrimas saladas y furiosas afloraban a sus mejillas.
Pero él lo amaba... lo amaba... y de pronto lo había dejado atrás... lo había dejado solo... ¡se había burlado de sus...!
..sentimientos...
-¡No! ¡¡No!! –gritó al aire olvidándose de las lágrimas que inundaban sus ojos y que no le dejaban encontrar su ropa mientras de repente se ponía en pie dispuesto a vestirse-. ¡No, no, no, no! -Apuraba las últimas prendas desgastadas sobre los hombros lanzándose a la oscuridad de la noche en pos de Tetsu. Era un estúpido, era un maldito estúpido. Sólo esperaba que no fuera demasiado tarde...
¿Esperaba acaso Tetsu que se creyese sus palabras? ¿Sus palabras por encima de todo lo que habían vivido juntos esa misma noche? ¿¡Sus estúpidas palabras por encima de un hecho tan real y jodidamente nítido!?
Se había dejado llevar por un segundo por la trama bien urdida de aquellas frías palabras, por un momento el plan de Tetsu había funcionado. Pero Hyde se había dado cuenta, como sólo él haría, que tras conocer a Tetsu desde hacía semanas, sabía discernir sus acciones y reconocía como mil veces más reales sus suspiros bajo sus caricias que aquella frase mal entonada frente a él. Quizá se dedicase a eso, quizá en su otro mundo tuviese que hacerlo, a Hyde no le importaba, pero sabía que era imposible que fuese un pago lo único que había sucedido entre ellos aquella noche y sólo podía haber una razón para que Tetsu mintiese de aquel modo: tenía pensado dejarlo atrás. Pero no lo permitiría, Tetsu era todo lo que le quedaba ahora. Tetsu era todo lo que amaba.
-¡¡Tetsuya!! –la voz de Hyde resonó a su espalda casi como un espejismo cuando el propio Tetsu ya había dejado de prestar atención a su espalda para oírlo llegar-. ¿Me crees tonto, Tetsuya? –le gritaba desde la orilla de las rocas mientras él ya se encontraba en lo alto. Estaba a medio vestir de manera apresurada y sin querer Tetsu lo contempló un rato con cariño antes de negar suavemente con el rostro desde lo alto del arrecife.
El viento batía los cabellos de ambos haciéndolos gritar e incluso disfrazando a veces las palabras.
-¡¡No soy estúpido, Tetsu!! ¿Acaso piensas marcharte? –preguntó Hyde con una afirmación anhelante-. ¿Cómo piensas hacerlo? –le dijo dando un paso al frente, tratando de escalar las rocas y alcanzarlo.
-¡¡¡¡NO!!! –le gritó casi histérico el otro hombre desde las rocas-. ¡No lo hagas, Hyde! ¡No vengas hasta aquí!
Y sorprendido y hasta casi dolido por el tono de Tetsu, Hyde se paró incómodo mirándolo a los ojos desde la distancia.
-¿Qué sucede, Tetsu? –le pregunto cada vez en un tono más inaudible-. ¿Cómo es que piensas volver?
-He recordado cómo llegué aquí, Hyde -le sonrió con una mezcla de nostalgia y dolor que atenazó el corazón del otro-. Mi tío me violó esa noche, me dejó intentar escapar descalzo para alcanzarme y... –continuó con lágrimas en los ojos mientras el rostro de Hyde se encogía compungido intentando no echarse a correr y atraparlo entre sus brazos-. No soy digno de ti, Hyde, no merezco estar aquí a tu lado... No... No te quiero –confesó entre lágrimas observando impotente cómo sus palabras le robaban de pronto todas las fuerzas a Hyde, como si acabase de matarlo con aquellas aparentemente inofensivas palabras, incluso estático había parecido perder incluso la voluntad para querer alcanzarlo. Algo se rompió a la vez en su pecho pero una vez más lo ignoró deliberadamente-. ¿Sabes cómo llegué aquí, Hyde? –preguntó sin esperar respuesta, reuniendo simplemente un poco de fuerza-... me arrojaron al mar.
Y con estas últimas palabras sin alzar la voz pero que resonaron tan nítidas en los oídos de Hyde como si Tetsu las acabase de gritar hasta desgañitarse, Hyde observó estupefacto cómo el cuerpo del que amaba se arrojaba al vacío para caer al mar con un seco golpe.
-¡¡Tetsu!! –gritó intentando adivinarlo entre las aguas para rescatarlo.
Pero Tetsu ya no estaba en aquel mundo, allí solo quedaban las lágrimas de Hyde y una ansiedad que le carcomía el pecho.
-Pero yo sí te amo... –susurró débilmente al furioso viento que azotaba las aguas en ese casi invierno que cubría el mundo, y cobrando fuerza de pronto antes de pensar lo que estaba haciendo, Hyde se arrojó a las aguas justo por donde había creído ver caer a Tetsu.
Si Tetsu no podía quedarse, él iría tras él.
Ya casi era día por completo, los criados comenzaban a apagar ya las potentes linternas convencidos de su inutilidad mientras por su parte las criadas se perdían entre las rocas a los pies del acantilado, saltando bailarinas de unas a otras.
La vida había vuelto un día más al mundo para toparse la casa de los Ogawa de patas para arriba con la mayoría de sus criados correteando de roca en roca en una búsqueda exhaustiva del cuerpo menudo de uno de sus señores.
-¡¡¡Aquí, aquí!!! –dio la voz de alarma una criada jovencita y de acento pueblerino mientras extendiendo una mano en alto señalaba su posición y con la otra extendida marcaba el punto exacto donde la figura inconsciente de un hombre pelirrojo navegaba a la deriva.
Al momento, dos de los criados que se topaban más cerca de ella se lanzaron al agua en pos del hombre para llevarlo hasta la orilla, donde ya se arremolinaba todo el resto del servicio a una distancia prudencial de sus señores.
Cuando llegaron, tumbaron al chico inconsciente sobre la arena frente a los pies de una rígida mujer envuelta en un elegante vestido. Un leve asentimiento por su parte los hizo volcarse sobre el muchacho tratando de conseguir que volviese a respirar bajo la atenta y fija mirada inexpresiva de la dueña de la casa.
-No me puedo creer que te atrevieras a arrojarlo a las aguas –sentenció mientras observaba el inerte cuerpo de su nieto a sus pies, dirigiéndose a uno de sus hijos que miraba a otro lado disgustado con su posición actual-. Te tomaste tantas molestias para capturarlo -sacudió la cabeza la mujer disgustada- y en lugar de entregármelo casi lo matas.
-¿Dónde está papá? –preguntó el otro hombre tratando de no adivinar la figura de su padre cerca y cambiando descaradamente de conversación.
-No está en la ciudad, y puedes dar gracias –continuó con voz rígida la mujer sin separar los ojos de su nieto que se debatía furioso con la vida a sus pies, tratando de volver a respirar a grandes bocanadas mientras el agua de mar todavía lo hacía atragantarse-. Espero que no vuelvas a intentar nada raro por tu bien –lo advirtió la mujer-. Tienes suerte de que lo hayamos encontrado, eso es lo más importante ahora, pero recuerda mi advertencia: Un solo error más y no dudaré en comentárselo amablemente a tu padre –lo amenazó con aquellas frías palabras que sólo ella sabía usar para que cortasen como auténticos cuchillos.
Y dándose la vuelta encaminó sus pasos hacia el coche donde un mayordomo la esperaba junto al chofer con las puertas abiertas para devolverla a casa, junto con su botín. Su nieto el desaparecido había vuelto a casa, inconsciente y medio ahogado pero tanto mejor, lo único importante es que siguiese vivo y vigilado. El prestigio de la familia dependía de ello.
Cuando Tetsu volvió a recuperar la consciencia un torvo criado lo estaba vistiendo sin delicadeza alguna tras un baño. Lo había devuelto a la que se había convertido en su nueva habitación, en el sótano de la mansión de sus abuelos y sin ver los emblemas tallados en las esquinas del falso techo supo reconocerla al instante.
Balbució un par de palabras confusas antes de ser capaz de hablar de manera coherente. Notaba la boca pastosa y todos sus miembros pesados pese a que su mente parecía estar dotada de una extraña lucidez.
-Te han encontrado vivo –le respondió la áspera voz de su tío mientras se acercaba a él-. Me has salido caro al final –sentenció sin sentimiento alguno en su voz mientras lo contemplaba saliendo de entre las penumbras del fondo de la habitación-. Llevas tres días durmiendo, pensé que ya no despertarías más.
-¿Cuándo....? –fue lo más que logró pronunciar, demasiado confuso quizá... intentando todavía ubicar su mente y ordenar sus pensamientos.
-Te encontraron pocas horas después de que cayeras al mar. Lo cual significa que sigues vivo para tu desgracia y la mía –continuó hablando su tío, demasiado interesado quizá en mantener una conversación con alguien. A Tetsu le extrañó en sobremanera haberse convertido en ese alguien-. Ahora me toca vigilarte, reza para que la vieja esté contenta y no le diga nada al viejo... ya sabes cómo es. Compórtate y olvida todo el rollo de prófugo. Esta vez ninguno de los dos se va a ir a ninguna parte, así que por tu bien y por el mío intenta cooperar.
-Eres mi carcelero... –dejó escapar Tetsu casi arrepintiéndose en ese mismo instante de lo que había dicho.
-Sí, es mi castigo –se lo tomó demasiado bien para su gusto-, y más te vale comportarte. La familia no quiere más problemas por tu culpa, bastardo.
Tetsu permaneció encamado cinco días más, fingiendo no recuperarse nunca, pues sabía lo que pasaría en cuanto pudiese volver a ponerse en pie.
Había tenido mucho tiempo para pensar... y tanto para su desgracia como para su consuelo y desgracia eterna de su tío, éste era su única compañía y viceversa. Dormía en el dormitorio del al lado y poco más se le permitía hacer que vigilarlo.
Lo odiaba, Tetsu notaba su odio en sus ojos, pero eso no era ninguna novedad.
Así que allí encerrado, en aquella pequeña y claustrofóbica estancia de aire viciado y sin ventanas, Tetsu acabó comprendiendo y recomponiendo la historia de lo que había sucedido en su cabeza.
Su tío lo había arrojado al mar, había permanecido en él durante horas hasta que una criada lo había encontrado. Fin de la historia. Tetsu de vuelta en la casa de sus abuelos bien atado y confinado hasta el fin de sus días.
Cuando se había despertado no quedaban en su piel ya resto alguno de las heridas que su tío le había provocado aquella noche... Tetsu quería creer que eso era una prueba de que todo lo que había vivido con Hyde en aquel otro mundo no había sido fruto de su mente delirante.
Todo había sido demasiado real, pero a la vez todo había sido un sueño demasiado hermoso. Y si lo pensaba, e incluso si creía en todo ello, ahora mismo en este nuevo mundo en el que las semanas que había pasado en compañía de Hyde eran tan solo horas escasas, seguía siendo pura fantasía.
Hyde no podría alcanzarlo ya nunca y él no podría escapar jamás de las garras de su abuela ahora que lo había vuelto a atrapar.
Le dolía el pecho y se pasaba las noches llorando. Era una mentira, todo había sido una mentira y él había sido un estúpido. ¿Por qué demonios había tenido que regresar a su torcido mundo? Cuando ahora se daba cuenta de que lo único que anhelaba a su lado era el dulce calor de Hyde.
Le gustaba imaginarlo a su lado en las frías noches y rememorar su sonrisa en las paredes. Hasta echaba de menos cuando se reía de él con estrépito. “¡Qué color tan raro de pelo tienes, Te-chan!” le susurraban con cariño sus fantasmas a su lado, mientras al otro lado de la puerta el infierno solo esperaba.
Lo habían drogado, una vez más. Nada más recibir la noticia de que se había repuesto, su abuela lo había mandado entrenar para ser incapaz de alejarse de esa casa.
Su tío, feliz, había sido relevado del puesto de vigilante y ahora estaba solo. A la hora de las comidas un criado siempre mudo le servía un plato de algo licuoso y caliente. Por las mañanas lo drogaban con extrañas combinaciones químicas que lo hacían delirar el resto del día y dormir exhausto y tembloroso por la noche.
Una vez había creído oír a su abuela a su lado, quizá había ido a verlo, pero no le interesaba... al fin y al cabo sólo estaban tratando de volverlo loco para tener la absoluta tutela legal sobre su persona, para poder justificar en un futuro que lo estuviesen aislando y reteniendo allí.
-¿Te encuentras bien, Tetsuya? –le susurraba en ocasiones su ángel particular que lo visitaba aun cuando él no lo llamaba.
-Hyde... –susurraba él con delicia... Ya no le quedaban razones para negar que lo amaba... ya no había nadie a quien mentirle y recibía sus espejismos con agrado, como único reposo de una vida que de nuevo se había vuelto a transformar en un infierno.
-Aguanta un poco más, Tetsuya... –le susurró la dulce figura del otro hombre agachándose hacia él-... Estoy viniendo a por ti... –y Tetsu sonrió embobado para recibir un etéreo beso que le supo a Hyde. Al Hyde que recordaba a su lado.
En aquel momento no entendió bien sus palabras, pero éstas siguieron resonando en su mente durante todo el día y a medida que su mente iba despejándose más se extrañaba de su significado.
Su Hyde, el Hyde de su imaginación jamás le prometía nada. No era real, ahora mismo no sabía siquiera si el real existía de veras en algún lugar y, disgustado, se acurrucó en su esquina favorita de la cama. Quería dormir y volver a soñar con Hyde, pero con uno como el que acostumbraba a ver, que sólo le sonreía dulce y le preguntaba cómo estaba para desvanecerse hasta la siguiente vez.
Pero su pequeño fantasma no volvió; Tetsu culpó a las drogas sin poder hacer nada. Eran cada vez más fuertes y últimamente sus espejismos sólo eran capaces de invocar a monstruos horribles en sus delirios, pero no podía hacer nada más que lamentarse... ni cuando su lucidez volvía, era ya capaz de recrear a Hyde en su mente... no le quedaban fuerzas y ya no podía vivir sin él.
-La copa azul... por favor... la copa azul... –ya apenas si recordaba lo que pedía, Tetsu sólo sabía que se había convertido en una especie de sustituto para la figura etérea de su Hyde que no había vuelto a ver desde hacía días, desde aquel último y extraño día.
Lo rogaba con desgarradora voz y ciegos ojos a los criados que le traían la comida, a quienquiera que fuera que lo escuchara y al silencio y al vacío de aquella habitación. Vivía sólo para rogar por aquella extraña copa, quizá de algún modo se había hecho a la idea de que su existencia era lo más cercano que podía poseer de Hyde. Lo más tangible que podía retener ahora del otro hombre...
La rogó días y días en sus delirios de fiebre y en su ansiedad entre sus momentos de lucidez, y sus ruegos ya súplicas dieron de pronto un día sus frutos casi sin querer. La dulce criada que lo había sorprendido a él y a su tío una vez, sin comprenderlo se la llevó. La sacó de la habitación del segundo piso y la dejó en la cómoda frente a la cama de Tetsu de modo que cuando recuperara la conciencia pudiera verla.
Quizá se sentía culpable de ver lo que le habían hecho al joven nieto de su señora, quizá fuera pena o simpatía, pero Tetsu no pensó en ello y sólo pudo echarse a llorar al toparse con ella al despertar. Sin atreverse a levantarse y tomarla entre sus manos se quedó observándola desde su cama mientras un nudo se deshacía en su pecho de puro alivio, era como si un trozo de su Hyde hubiera vuelto... quizá ahora hasta podría volver a verlo en sueños... quizá ahora pudiera hasta seguir viviendo...
La concepción del tiempo se trastocaba en aquella habitación, Tetsu lo sabía pero lo de los últimos días había sido alarmante hasta para él; habían dejado de suministrarle las sustancias que fuese que le estaban dando. Los primeros días casi no se había dado cuenta, sumido todavía en los efectos de tantas otras, pero ahora lúcido aunque débil una vez más se percataba al fin de lo lento que transcurrían las horas sin hacer nada, solo y aislado en aquella habitación.
Se pasaba la mayor parte del día contemplando la copa de cristal azul que todavía no se había atrevido a tocar, de algún modo era algo así como sagrado. Era lo único que estaba seguro ahora existía también a la par que Hyde.
Hacía mucho tiempo que se había resignado a que los criados no lo ayudarían, así que ya no les hablaba cuando venían a dejarle la comida. Le sorprendió de cierto su habitación cuando al fin, desde que había llegado, le habían dado una tregua lo suficientemente grande para ser capaz de levantarse de su cama el tiempo suficiente para estirar las piernas y explorar la habitación.
Tenía dos puertas pintadas en un blanco impoluto. Una de ellas daba al pasillo y era por donde siempre entraban los criados. La otra daba a otra habitación que al principio ocupara su tío y ahora fuese probablemente un puesto de vigilancia de los criados que probablemente se estarían turnando para asegurarse de que no tuviese oportunidad alguna de escaparse.
Era curioso de algún modo, ya no tenía ganas de huir. Había sido su error, el volver. Había sido su error el alejarse de Hyde... todavía le dolía el modo en el que lo había dejado atrás pero siempre había sido torpe con las personas... así que mayormente procuraba no pensar en ello.
Solo rogaba por poder ver su espectral figura una vez más, no comprendía por qué hasta ese etéreo recuerdo lo había abandonado.
“...Estoy viniendo a por ti...” Eso era imposible. Aunque lo hubiese perdonado estaban demasiado lejos el uno del otro.
Era de noche y estaba en la cama tumbado amablemente alojado entre las mantas. Pero llevaba demasiados días despierto y cuerdo, y tanta inactividad le había robado el sueño. Acababan de apagarle las luces, suponía que desde fuera como siempre, aunque le había sorprendido en exceso el hecho de que esa noche no le había llevado la cena ningún criado.
Alguien había entrado en la habitación y lo había agarrado por la espalda, incorporándolo sin delicadeza mientras le seguía tapando la boca ahogando sus gritos. ¿Qué querían de él? No podía entenderlo pero no podía ser algo bueno... ¿o sí?
-Te-chan... –y aquella voz heló la sangre del otro, que por primer vez dejó de debatirse furioso y enmudeció-. Soy yo, Tetsuya, ¿me recuerdas?
Y cómo no recordar aquel olor a melocotones maduros y aquella dulce cadencia en su voz... ¿Se habían vuelto reales sus alucinaciones? ¿O era Hyde de verdad...?
Y, sorprendido al sentir de pronto las gruesas lágrimas resbalar sobre sus manos, Hyde lo soltó de pronto, girándolo para encararlo frente a frente en la oscuridad.
-Te-chan, ¿qué te...? –pero Hyde no pudo acabar la frase cuando de pronto sintió los ansiosos labios de Tetsu sobre los suyos y no pudo evitar responder a aquel torpe beso-. Te-chan... –susurró al separarse de él, sosteniéndolo entre sus brazos mientras el otro hombre, ya demasiado convencido de que esta vez no era, no podía ser una alucinación, lo agarraba con desesperación sin querer pararse a pensar en nada más que en no dejarlo marchar esta vez-. Siento haber tardado tanto... –le susurró acariciándole los cabellos con mimo-… pero tienes que ponerte en pie –lo urgió tratando de separarlo de sus brazos-. Tenemos que huir de aquí.
Y esa podía ser su última oportunidad y Tetsu lo entendió. Entendió sin dificultad que aquello podía ser su última oportunidad y, con torpeza, se puso en pie buscando a Hyde en la penumbra que se encontraba en el fondo de la habitación rebuscando con apuro entre la ropa de su armario.
-Toma –le dijo al sentir que se acercaba a su espalda-. Es todo lo que he podido conseguirte para cenar –se excusó dejando entre las manos de Tetsu una manzana y un trozo de pan que había sacado de entre los pliegues de su ropa.
Tetsu, comprendiendo a la perfección la situación de ambos, comenzó a comer sin rechistar al tiempo que dejaba a Hyde apilar jerséis sobre su débil figura.
-¿Estás listo? –lo tomó de la mano tras este susurro velado y Tetsu no pudo evitar que un escalofrío lo recorriera de arriba abajo antes de seguirlo tras sus pies.
La casa al completo estaba sumida en la penumbra, a Tetsu le sorprendió no encontrarse con ningún criado a su paso, pero no preguntó y se dejó conducir por Hyde entre los familiares pasillos. La última vez que se había escapado así de allí era la desagradable mano de su tío la que lo conducía por los pasillos. El cambio de compañía lo animó a imprimir más energía a sus pasos y reprimir una sonrisa satisfecha.
Era como un niño inconsciente de todos los peligros a los que se exponía con cada paso que daba, pero quería confiar en Hyde, quería pensar, aunque no fuese real, que no tendría que volver a separarse de su mano jamás.
Hyde por su parte lo conducía concentrado con suma rapidez y eficiencia entre los pasillos, hasta que llegaron a la puerta trasera sin mayores incidentes y al toparse con el frío aire nocturno Hyde lo incitó a correr.
-¡Hyde! ¿Qué estás haciendo? ¡¡Este es el camino principal!! –se sorprendió Tetsu al ver por dónde lo conducía Hyde.
-Ya lo sé, pero confía en mí. Dime, si alguien tratara de escapar, ¿por dónde crees que escaparía?
-¡Desde luego no por aquí! –le gritó Tetsu sin soltar su mano ni dejar de correr tras sus pies.
-Pues exactamente por eso estamos yendo por aquí.
-¡Me buscarán por todas partes! ¡¡Esto es una locura!!
-¡Lo sé, pero es lo único que podemos hacer! –le gritaba en respuesta Hyde, ya bastante alejados de la casa principal-. ¡¡Este camino es más corto, sólo tenemos que llegar a la ciudad y estaremos a salvo!!
Estaban ambos exhaustos y escondidos en un pequeño apartamento que otrora ya Tetsu había utilizado para esconderse de sus parientes a pocos metros de una estación de tren que podría llevarlos directos a la metrópolis. Todavía no se habían soltado las manos y tirados en el sucio suelo sólo trataban de recuperar el aire.
-¿Cómo has hecho eso, Hyde? ¿¿Cómo demonios hemos sido capaces de escapar?? –le preguntó aún sin aire un Tetsu que poco a poco volvía a parecer el de siempre y no el débil hombre quebrado que Hyde había arrastrado fuera de la mansión de sus abuelos.
-Yo soy el cocinero, y si el somnífero que puse en la cena fue tan fuerte como pretendía no se despertarán hasta que estemos lejos, muyyy lejos.
-¿Quieres decir que acabas de envenenar a toda la mansión? –se incorporó Tetsu horrorizado.
-Sí, básicamente –le sonrió Hyde en respuesta y Tetsu lo abrazó con todas sus fuerzas a su vez.
-Eres un genio.
-Lo sé –le sonrió Hyde con suficiencia con la mirada limpia de siempre.
-¿Pero cómo has llegado a...? –y Tetsu se encontró de pronto de frente con todas las preguntas que sin respuesta lo asaltaron de pronto-. Y tu ropa...
Y su ropa, Hyde se veía realmente extraño enfundado en aquel traje blanco de cocinero que ya ni recordaba su color original después de la carrera hasta allí y el conveniente barrido a la casa que le había dado al suelo con sus espaldas.
No estaba mal en absoluto, Hyde era muy guapo de por sí. Era sólo que resultaba extraño el cambio.
-No hay tiempo para eso -le sonrió Hyde-, se llama adaptación al medio. Adaptación al medio que no me ha enseñado todavía a contar vuestro dinero –continuó vaciando sus bolsillos sobre el sucio suelo, sentado sin complicaciones frente a Tetsu-. ¿Crees que nos llegará para tomar un tren a la metrópolis?
Tetsu contó las monedas y torció el gesto disgustado. A penas si había allí un poco de calderilla y él no conservaba ni un sólo billete encima.
-¿De dónde lo sacaste? –se le ocurrió preguntar antes de darle la mala noticia.
-Es mi paga como cocinero –sentenció Hyde-. A mí también me pareció poco –comentó con disgusto.
-¿No te dieron ningún billete luego? –se sorprendió Tetsu en sobremanera.
-¿Billetes? –preguntó Hyde extrañado.
-Sí -comenzó a explicarle Tetsu-, trozos de papel dibujados...
-¡Oh, el papel! –comprendió Hyde sacando un montón de billetes doblados de uno de sus bolsillos-. Todavía no he entendido para qué valen estas... cosas.
Y Tetsu se rió ante la mirada de extrañeza de Hyde.
-Aquí esto es dinero, Hyde –se rió alegre-, y uno solo de ellos tiene mucho más valor que todas estas monedas juntas.
-Gente extraña... –rumió Hyde todavía sorprendido.
-Ahora no importa -resolvió Tetsu guardando el dinero en el bolsillo-. Con esto tendremos de sobra para el viaje, así que vamos –dijo poniéndose en pie y tendiéndole una mano a Hyde que éste tomó con una sonrisa-. Vámonos juntos a la gran metrópolis.
La noche había caído sobre los enormes edificios de la metrópolis. Era un viernes por la noche y Tetsu acababa de llegar.
El apartamento estaba desierto y, dejando el abrigo descuidadamente en la entrada, fue encendiendo todas las luces a su paso. Hacía frío, así que no se deshizo del grueso jersey y se quedó todavía un rato con la bufanda alrededor del cuello.
Le sonaron las tripas pero Hyde todavía no había llegado, así que se conformó con encender la pequeña estufa que tenían en el salón y, cansado, se sentó en la mesa ojeando ausente un periódico gratuito que Hyde había dejado allí esa misma mañana.
-¡Tadaima! –resonó de pronto la alegre voz de Hyde en el apartamento y Tetsu no perdió el tiempo poniéndose en pie para correr a darle un abrazo de bienvenida a su novio con olor a Takoyaki en el pelo pero no por ello menos atractivo-. Ya sé que tienes hambre –se burló de él Hyde mientras se separaba de él tras un fugaz beso en los labios y le daba la bolsa de comida para que Tetsu pusiera la mesa.
-Tu mundo es cansado, Te-chan –suspiró agotado al acabar de comer y su novio lo abrazó por detrás tumbándose sobre el a su lado, y asistiendo de acuerdo.
En el mundo de Hyde habrían tenido una casita al pie de la playa y un modo de vida, pero Tetsu había decidido volver y Hyde lo había seguido tras sus pasos.
Cuando Hyde había llegado al mundo de Tetsu, se había sentido solo, desorientado y perdido hasta que un par de criados lo habían ayudado acogiéndolo en la mansión para la que trabajaban, y gracias a ellos Hyde había conseguido un empleo también, a través del cual había sido capaz de encontrar a Tetsu de pura casualidad.
Habían tenido suerte y no querían tener que jugársela otra vez. Les bastaba con estar juntos aunque tuviesen que malvivir a base de trabajos agotadores y mal pagados. Poco a poco todo iría a mejor. Estaban juntos y eso era lo que importaba.
Porque habían aprendido que mentirse a uno mismo podía resultar en ocasiones demasiado caro, y negar sus sentimiento había sido un error. Lo correcto era aferrarse a ellos y disfrutarlos. Disfrutarlos en los más mínimos detalles como en aquel dulce gesto que, aun a pesar de la costumbre, no había perdido significado para ninguno mientras ambos perdían sus miradas en el claro cielo invernal que se divisaba desde el corazón de la metrópolis, sumergida entre edificios gigantes cubiertos de pantallas y enormes carteles con anuncios chillones.
-Pongamos ahí arriba nuestros rostros –le dijo Hyde bajito, agarrándole la mano con más fuerza a su novio-, pongamos algún día nuestros rostros sobre esos edificios, Tetsu.
-Hm –contestó el otro afirmativamente sin separar sus ojos del cielo y devolviendo el apretón de manos a su novio. Lo harían lo mejor que pudieran, tendrían nuevos objetivos y serían felices, porque ahora sabían que lo único importante estaba justo a su lado sosteniéndoles la mano con fuerza.
~Fin~
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