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-por Arashi Takarai- |
El coche, de color azul metalizado, cruzaba Shibuya a toda la velocidad que le permitían el tráfico intenso y la ligera nevada que había caído el día anterior, dejando el pavimento bastante resbaladizo. Las luces de los cientos de locales de aquel transitado barrio refulgían llenas de colores. La Navidad, en un lugar tan lleno de neones y vallas publicitarias como Tokio, era bastante llamativa, y la occidentalización se hacía patente cada vez más, en cada Santa Claus, cada árbol y cada ramita de muérdago que lucía colgada de cualquier escaparate.
Pasaban en aquel momento junto al centro comercial 109, en el que un enorme cartel de Gackt y su nuevo single presidía la fachada, rodeado de motivos navideños.
Hyde suspiró, mirando cómo el enorme Gackt-sama vigilaba Shibuya desde lo alto.
-¿No crees que me merezco estar ahí arriba más que él?
Al oír esto, Tetsu dejó escapar una franca risa. Su cara se iluminaba cada vez que sonreía.
-¿Cómo puedes decir algo tan irracionalmente egocéntrico y quedarte tan tranquilo? Eres de lo peor –afirmó.
Hyde se encogió de hombros.
-Bueno, es sólo que llevamos dos meses de trabajo hasta arriba, sin parar, y creo que nos lo merecemos, ¿verdad? –concluyó con toda la naturalidad del mundo, y luego bostezó. Acababan de salir de una grabación para el programa especial de Navidad de Music Station, y estaba extenuado. Deseaba llegar a casa.
-Creí que Gackt era tu amigo. ¿Quieres destronarlo del poder así, sin más? ¿O es sólo que quieres verte en modo gigante? –Tetsu sonreía. El programa había ido de maravilla y se le notaba en el humor. En cambio, Hyde parecía venir de un velatorio. Había estado raro durante toda a noche. Chasqueó la lengua ante la pregunta de Tetsu.
-Sería un cambio interesante.
-Bien. Pues coméntaselo la próxima vez que lo veas, a ver qué te dice.
Hyde le miró de soslayo y, acto seguido, hizo un gesto de desdén con la mano.
-Me dirá que unas veces se gana y otras se pierde, como si lo viera. ¿Crees que yo soy egocéntrico? Tendrías que oírle a él en uno de sus “días modestos”.
Tetsu se rió jovialmente, sin mirar a Hyde, quien en cambio no le quitaba el ojo de encima.
-Por algo sois amigos, os parecéis.
“Quizá debería irme con él y mandarte a paseo”. Hyde sacó un cigarrillo y se lo puso entre los labios. Se tomó un tiempo en buscar el mechero, que debía tener guardado en alguno de sus bolsillos.
-¿Vas a fumar? –le preguntó Tetsu, sin apartar la vista de la carretera. Hyde lo miró un instante, y acto seguido se quitó el cigarrillo de los labios, bufando.
-No, mamá.
Hyde llamó impacientemente al timbre de la enorme casa –o más bien mansión descomunal- de Gackt, que estaba en un barrio muy residencial para estar dentro de Tokio. Había comenzado a nevar ligeramente, y los copos de nieve se le estaban acumulando en los hombros de su chaqueta nueva. Allí, plantado en la puerta, con el jardín nevado al fondo, parecía estar en medio de un Christmas.
“Abre ya, Gacchan, o me voy a congelar.” El precio de tener una Navidad blanca en Tokio era soportar un frío horrible. Aunque prefería eso que asarse de calor en el pegajoso verano de Taiwan.
Unas pisadas firmes se oían al otro lado y, como venido de otro mundo, oyó una especie de precipitado rechinar de cuerdas. Un violín. Hyde casi se dio la vuelta para volver rápidamente por donde había venido. Esperaba encontrase a Gackt solo para poder hablar con él tranquilamente, pero el plan se le había chafado.
Antes de que pudiera ponerse en guardia, la larga figura de You abrió la puerta y, al verlo, esbozó lo que parecía una sonrisita despreciativa. Saludó tranquilamente y le hizo pasar, mientras caminaba hacia el otro lado del oscuro salón con su violín en la mano. Había dejado el arco encima de una mesa. Lo recogió, y empezó a entonar una melodía siniestra, que crispaba un poco los nervios; Hyde no habría sabido precisar exactamente por qué.
“No soy ninguna amenaza para ti, estúpido larguirucho, así que deja de lanzarme esas miradas amenazantes y esas cancioncitas perversas, o empezaré a serlo.”
Pero Gackt vino justo a tiempo, antes de que Hyde le dijera a You dónde podía meterse su violín.
-Oí entrar a alguien –le dijo a You y, entonces, reparó en Hyde.
Dibujó en su rostro una cálida sonrisa de bienvenida, la cual You examinó con un gesto de menosprecio.
–Feliz Navidad, Haido. No creí que vinieras tan temprano, sólo son las nueve, y los sábados sueles dormir hasta el mediodía.
-Pero te avisé de que vendría, ¿no? No te quejes –dijo el otro, impaciente por salir de aquella sala y poder hablar con su amigo lejos de la mirada de rayos X de You. Pero no hizo falta: El aludido, como leyéndole el pensamiento, se llevó consigo su violín y desapareció en el interior de la casa, no sin antes dirigir una mirada significativa a Gackt.
Este le indicó a Hyde que tomara asiento en uno de los sofás de color beige que ocupaban el centro del salón, rodeando una mesa baja de madera oscura que contenía un servicio de té. Hyde se recostó cómodamente en el respaldo, siguiendo a Gackt con la mirada mientras éste servía dos tazas de un té fuertemente aromático.
-Pareces cansado. ¿Mucho trabajo? –le preguntó Gackt.
-Por decirlo suavemente… -rumió Hyde con fastidio-. Tenemos que terminar de grabar el álbum antes de las vacaciones de Navidad. Es un horror. Tetsu aún mantiene la sangre fría, pero creo que es porque todavía no se ha hecho a la idea de lo que se nos viene encima. Cuando se dé cuenta, será un infierno.
-Bueno, ya lo superareis –aseguró Gackt, aunque no le importaba lo más mínimo lo que le pasara a Tetsu-. Yo por mi parte no tengo aún demasiadas cosas que hacer, el próximo single no saldrá hasta febrero.
Hyde cruzó los brazos sobre el pecho con aburrimiento, y dejó escapar un suspiro.
-Déjame adivinar: Será una tierna balada de amor que sacarás justo antes de San Valentín. ¿Me equivoco? Eres el maldito rey del marketing.
-Pues sí, justo, será una preciosa balada. Y totalmente dedicada a ti –dijo, con un guiño, y un tono de voz sexy. Hyde le observó furibundo, mientras se incorporaba para tomar la taza de té que tenía preparada.
-Idiota…
Gackt se reía por lo bajo del fingido azoramiento de Hyde. Era una actitud encantadora.
-Qué frío eres, te ofrezco mi cuerpo y tú lo desprecias… -señaló Gackt.
-¿No prefieres donarlo a la ciencia? –repuso el otro con impaciencia.
Gackt tomó un sorbito de su té, y dedicó a Hyde una estupenda sonrisa. Se sentía con muchas ganas de flirtear, aunque algo le decía que Hyde no estaba por la labor. Era muy normal que el pequeño diablo se quejara de todo cada dos por tres, pero aquella mañana estaba excesivamente enfurruñado. Le salía de vez en cuando el principito mimado que llevaba dentro... o no tan dentro.
-Bueno, habrás venido para algo más que para hablar de lo mucho que tienes que trabajar, ¿no? –le apremió Gackt–. Pareces deprimido.
-Estoy deprimido –aceptó Hyde con voz queda-. ¿A ti no te enferman estas fiestas? Es como si tuvieras que estar alegre obligatoriamente, y si hay algo que te hace no estar alegre, te sientes aún peor, como si fueras el más desgraciado…
-¿Y lo eres? –le preguntó Gackt, iniciando con elegancia su habitual interrogatorio filosófico. Lo cual no ayudaba mucho a que Hyde controlara sus ansias de atención.
-Empiezo a creerlo. Odio estar solo en esta época del año. Se supone que es una época de estar junto a las personas queridas, no sé, tener cosas por las que alegrarse…
Gackt comenzó a reírse, casi derramando el té que quedaba en su taza sobre la alfombra que estaba bajo sus pies.
-¿No hay que venir del taller de Santa Claus para decir algo así? –murmuró Gackt con una amplia sonrisa, riéndose por lo bajo-. Venga ya, no me mires así, es que empiezas a decir tópicos y no paras. Haido, ¿qué te ocurre? No te vayas a deprimir sólo porque es Navidad, tú no tienes ningún motivo para sentirte solo.
-No me siento solo porque sea Navidad, me siento más solo que antes –le avergonzaba hablar de ello, pero necesitaba contárselo a alguien. Para eso había venido a hablar con Gackt-. Pero siempre me siento solo, ya sabes…
Gackt enmudeció. Su semblante pareció torcerse y volverse de mármol. ¿Es que se estaba convirtiendo en el paño de lágrimas de Hyde? “Me lo tengo merecido, supongo, yo he creado esta situación, le doy demasiada confianza.”
-Ya veo –dijo entonces Gackt, con una mezcla de tristeza y de desagrado–. No sé ni para qué pregunto. Pues te diré algo: Si tanto sufrimiento te causa el estar guardándote eso dentro de ti, deberías decirlo y acabar de una vez. No vas a ser más feliz callándotelo.
Hyde negó con la cabeza, empeñado en lo suyo. Dejó la taza sonoramente sobre su correspondiente platito y luego miró al suelo, examinándose los cordones de los zapatos para evitar pensar en nada más.
-No podría aguantar un rechazo, Gacchan, soy incapaz de eso. ¿Cómo te sentirías tú si…
Sus palabras se extinguieron nada más rozar las paredes de su garganta. “¿Y yo cómo puedo ser tan bocazas?”
-No… no quería decir eso –se excusó rápidamente, mirando a Gackt, alarmado. Sentía cómo se ponía rojo hasta la raíz del pelo, el calor se le estaba subiendo al rostro-. Ya me imagino que sabes lo que se siente.
Gackt le sonrió amargamente y negó con un gesto, indicándole que no hablara. Si mostraba debilidad, Hyde se seguiría creyendo el centro del mundo para siempre.
-Sí que lo sé –dijo entonces-. Pero no todo es malo, Haido. Desde que me rechazaste conseguí un alivio que no recordaba apenas. Y ahora puedo hablarte con sinceridad sin titubear, tratarte con mucha más normalidad… Bueno, tampoco es cierto que me sienta bien al cien por cien, pero… ¿Sabes? Eres condenadamente difícil de olvidar, aunque creo que soy lo bastante obstinado como para lograr no pensar más en ti en poco tiempo.
-Bueno. Me alegro… creo –dijo Hyde, sin saber si eso era una especie de halago o no. Se sentía muy avergonzado. Había venido a contarle sus penas a la persona menos indicada, como siempre.
-¿Todo bien ya? –le inquirió Gackt-. ¿Vas a intentar solucionarlo al menos?
Hyde asintió, y se levantó dispuesto a marcharse. La conversación le había dejado exhausto. Gackt lo acompañó hasta la salida, escaneando el salón, cuidándose de que You no hubiera estado espiando por alguna esquina. Se despidieron con un ligero abrazo cuando llegaron a la puerta.
-Ya tengo pensado tu regalo de Navidad –le dijo Gackt de repente–. Te encantará, hace juego con tu egocentrismo extremo.
-No quiero regalos, Gacchan –le dijo, con una media sonrisa ladeada, apartándose suavemente de su amigo–. Si lo que quieres es alimentar mi egocentrismo, me conformo con ser yo quien corone el 109 con un póster tamaño XXL.
Gackt sonrió para sus adentros, otra vez con esa mezcla de tristeza y alegría. Tuvo que hacer un gran esfuerzo por no lanzarse detrás de Hyde y volver a abrazarlo, esta vez con mucha más fuerza.
-¿No sueltas eso ni para desayunar, Yukihiro? –inquirió Tetsu, con voz somnolienta. Últimamente dormía menos que de costumbre (y eso que “de costumbre” era bien poco) y esa mañana bostezaba cada dos minutos.
Yukki soltó sobre la mesa su baqueta con obediencia, la cual había estado haciendo girar en el aire unos segundos antes. La cafetería del estudio estaba casi vacía, era demasiado temprano para desayunar y a casi ninguno de ellos les entraba nada en el cuerpo. Hyde, en cambio, engullía su desayuno con un ritmo constante y sin pausas, aunque tenía suficiente experiencia en engullir automáticamente como para no quitarle el ojo de encima a Tetsu.
Por fin el dulce Tetchan se había hecho una idea del trabajo que les esperaba, y la perspectiva no le agradaba en absoluto. El estrés de los últimos días estaba agotando al supremo líder, Hyde lo había notado, y debía estar realmente agotado si hasta Yukki podía llegar a molestarle con un simple movimiento de baqueta. Para colmo, todavía quedaba bastante trabajo hasta que tomaran un descanso en Navidad.
-Tetchan, ¿estás bien? –preguntó Hyde, tras tragar un último bocado de su copioso desayuno. Tetsu lo miró un instante, con el ceño fruncido, como si no comprendiera la frase.
-¿Por qué lo dices? –preguntó, claramente a la defensiva. Hyde casi estuvo a punto de no responder.
-Bueno, pareces cansado… si tienes algún problema…
Tetsu bufó por lo bajo, y se frotó los ojos con desaliento.
-Mira, Haido, el trabajo se nos desborda, tenemos que grabar tres canciones y terminar de ensayar la nueva antes de Navidad, y no tengo ni idea de dónde vamos a sacar el tiempo. Es a mí a quien Shiozu-san [1] presiona, y eso me agobia.
A Hyde no se le pasaba por alto la punzada de acusación que impregnaba su tono.
-Terminaremos a tiempo, tenlo por seguro, Tetsu –aseguró Yukki con voz queda. Hyde no supo si lo decía en serio o sólo quería hacer que Tetsu se sintiera más tranquilo. De cualquier forma, no surtió ningún efecto. Este estaba completamente obcecado con el tema y por nada del mundo veía una solución.
-Voy a ir ensayando… -murmuró el líder al fin, levantándose y cruzando la cafetería-. No os entretengáis mucho, por favor.
Yukki y Hyde lo observaban con preocupación mientras se marchaba. Ninguno dijo nada durante un rato. Comenzaban a sentirse presionados, y eso sólo vaticinaba más y más presión. Yukki bostezó, y se echó hacia atrás hasta hacer que su silla se mantuviera en equilibrio sobre las patas traseras.
-¿Crees que podrías hablar con él y tranquilizarle? –le preguntó a Hyde. Este se quedó pasmado.
-¿Yo? ¿Y por qué yo? –musitó. Se estaba sonrojando, podía notarlo en sus azoradas mejillas.
-A ti te escuchará más que a mí, siempre lo hace.
-No estoy tan seguro, pero… -casi no pronunció esta última frase, pero Yukki vio en los ojos de Hyde un brillo extraño, de incomodidad.
-Cambiemos de tema –dijo Yukki-. A Ken se le ha ocurrido…
-¿Sabes? Cada vez que oigo la frase “A Ken se le ha ocurrido” me dan ganas de salir corriendo.
Yukki rió suavemente, e hizo girar sus baquetas entre sus dedos con asombrosa facilidad, ahora que no había ningún líder al que molestar con ello.
-Tranquilo, esta vez no es ninguna locura de las suyas. Ha sugerido que hagamos el amigo invisible para Navidad.
Hyde dejó su taza de café sobre la mesa, y miró a Yukki fijamente.
-Estás de coña…
-No, pensó que sería más divertido que regalarnos algo a cada uno. Aunque ha recalcado que si los otros dos que no le toquen en el sorteo quieren hacerle regalos, él no tendrá ningún problema en aceptarlos.
-Ya veo… -suspiró Hyde–. Menos mal que las locuras de Ken son transitorias.
-Sí, transitorias en cuanto al tema. Pero ya sabes, tienes muchos temas sobre los que soltar ideas geniales. Es el Rey de la Ocurrencia.
-¿Me estabais coronando, ya de buena mañana? Qué ilusión –la desgarbada figura de Ken se apoyaba cómodamente, con los brazos cruzados, sobre el marco de la puerta. Llevaba las gafas de sol puestas y el abrigo calado hasta el cuello, y tiritaba como si tuviera le hubieran rebozado en escarcha. Avanzó y tomó asiento junto a sus compañeros–. ¡Brrr! Ahora sé cómo se sentían los del Titanic entre tanto maldito iceberg. Venga, Haido, sé bueno y pídeme una taza de té, que estoy congelado.
-¿Te pasa algo en las piernas? –le espetó el otro con cara de pocos amigos.
Al instante, Tetsu apareció por la puerta de la cafetería, con su bajo pendido de la correa que colgaba alrededor de su cuerpo.
-Por dios, os dije que os dierais prisa. ¿A qué esperáis? ¿Y tú, acabas de llegar ahora? –preguntó señalando a Ken–. Llegas una hora tarde. ¿Qué has estado haciendo, robando un banco?
Ken se quitó las gafas con un rápido y hábil movimiento de muñeca.
-Ese era el plan, Tetchan, pero mira qué mala pata: A estas horas inhumanas, cuando todo el mundo está todavía roncando y no en el trabajo como yo, los encontré todos cerrados. Me entretuve robando en tiendas de lencería. No podía pasar de ahí, el encaje rojo es mi debilidad.
Tetsu le miró con si fuera a arrancarle la piel a tiras y con lo que sobrara fabricar confeti. Le hizo un gesto imperativo con la mano señalando la puerta, y acto seguido salió zumbando por el mismo sitio.
-¿Quién dice que la Navidad despierta lo mejor de las personas? –señaló Ken con una media sonrisa, mientras los otros dos se encaminaban obedientemente detrás de Tetsu hacia otro día de complicado trabajo.
-Bien, bien, Tetchan, ya lo tienes, ¿verdad? –preguntó Ken, entusiasmado.
-Sí, y también tengo que irme. ¿Vale, Ken? Me llaman por teléfono. Volveré enseguida, y vosotros mientras seguid ensayando.
Tetsu salió a toda prisa de estudio, pasando por el lado de Hyde, quien se disponía a entrar en la sala para ensayar la nueva canción. Dentro, Ken tenía en las manos una bolsa de plástico azul marino con el logotipo de unos grandes almacenes. Al verle, se dirigió presto hacia Hyde, con una de sus sonrisas de “Estoy tramando algo y no vas a librarte.” Y como Hyde sabía que, en efecto, no iba a librarse, no se molestó en moverse del sitio.
-Saca un papelito –le ordenó, con una sonrisa de oreja a oreja.
-¿Qué? –preguntó Hyde, arqueando una ceja.
-Vamos, saca un papelito –repitió, tendiéndole la bolsa.
“El amigo invisible -Pensó rápidamente-. Lo que me faltaba. Creí que después de cuatro días ya se le habría olvidado.”
Hyde puso los ojos en blanco. Ken comportándose como un crío era mucho pero que Ken comportándose como un adulto irresponsable -su faceta habitual-. Aunque, al menos, era algo diferente de lo que lamentarse.
-Ken, ¿de verdad piensas que…?
-Que lo cojas, Takarai –dijo este, mitad amenazante mitad divertido.
Lo cierto era que una advertencia que viniera de Ken no se podía tomar como algo serio, pero era peor llevarle la contraria. Le estaría dando la paliza hasta que le siguiera el rollo, y Ken podía tener mucha paciencia.
-Por favor, no es tan difícil -exclamó Ken, al ver que Hyde dudaba-. Metes la mano en la bolsa, coges un papel, lo sacas, lo lees… ¿Lo has captado? No es neurocirugía, Doiha-chan, hasta tú podrás llevar a cabo esta tarea.
-¿Te dan puntos por ser plasta?
Por toda respuesta, Ken le acercó la bolsa bruscamente golpeándole en el pecho.
Hyde metió su mano en la bolsa, aunque no sin resoplar y gruñir para que fuera patente su disconformidad. Cogió un papelito con desgana, y se lo metió rápidamente en el bolsillo de su chaqueta de cuero.
-Ey, espera –le riñó Ken, muy concentrado en su tarea de “repartidor de papelitos”-. Tienes que mirarlo para asegurarte de que no lleva tu nombre.
-Aunque regalarte algo a ti mismo no te supusiera ningún problema… -puntualizó Yukki con una risita, a la que Ken se sumó. Hyde los miró a ambos con ojos asesinos, y abrió el dichoso papelito.
El estómago le dio un pequeño vuelco, aunque no supo exactamente porqué. Al fin y al cabo, se trataba sólo de hacer un regalo. Regalaba cosas a sus amigos por Navidad todos los años, ese rollo del amigo invisible era más o menos lo mismo. Sería el hecho de ver plasmado en un papel lo que su mente estaba rumiando. Ahora sí puso a salvo el papel en su bolsillo, mientras Ken y Yukki lo observaban.
-¿Y bien? –dijo Yukki, impaciente.
-Vale, no ponía mi nombre. ¿Algo más? ¿Quieres que esperemos a un notario, a que Santa Claus nos dé su bendición? ¿O te vale con esto, Ken?
-Déjalo, Hyde, para él es como volver a la infancia –aseguró Yukki.
-De la que dudo que saliera nunca…
Ken le ignoró totalmente. Cogió su papel, y apremió a Yukki para que cogiera el suyo. Acto seguido se dirigió al otro extremo de la habitación para dejar allí la bolsa.
-Bien, para que no haya decepciones, ni os tengáis que quebrar la cabeza para decidir mi regalo, ya os pasaré una lista con las cosas que quiero para este año, ¿ok? Las más caras tienen preferencia -dijo brillantemente Ken. El jueguecito le hacía mucha gracia, le había invadido algún tipo de raro espíritu navideño.
-Lo tendremos en cuenta, Ken-chan… -replicó Yukki con sarcasmo.
-Eso espero. Y ahora –dijo, señalando a Hyde con un dedo acusador–. No vayas a ir contando por ahí quién te ha tocado, y fastidies así la gracia del sorteo. ¿Eh, Hideto?
Hyde frunció el ceño, mientras veía cómo Ken se partía de risa.
-Reza para que no me hayas tocado tú –le dijo, y se dio bruscamente la vuelta para salir del estudio de grabación.
Atravesó el pasillo en dirección a su camerino. Había dejado allí su guitarra, y la necesitaba para la ensayar la nueva canción. Hacía tiempo que no tocaba la guitarra en una canción, al estilo de Heaven’s Drive, y ya era hora de ir ganándole terreno a Ken. Que se diera cuenta de que no tendría por qué ser el único guitarrista de L’Arc-en-Ciel.
Entró en la sala, se quitó la chaqueta y la dejó encima de una silla. Su guitarra estaba en su estuche, encima de la mesa. Lo abrió, y la observó durante unos segundos antes de sacarla de su funda.
“¿Cómo voy a tener fuerzas para afrontar trabajo, Navidad y todo lo demás? No estoy preparado para eso, Gacchan,” pensó.
Pero antes de salir del cuarto, una idea le asedió y se dio bruscamente la vuelta. Se dirigió hacia su chaqueta y sacó cuidadosamente del bolsillo el papel del juego, que tenía escrito el nombre de Tetsu. Lo miró un instante, luego lo rompió en trocitos y los tiró todos en una papelera.
“Por si a Ken le entran ganas de hurgar en los bolsillos. No será él quien estropee la “gracia” de su propio sorteo”.
-¿Se puede saber dónde tienes la cabeza hoy, Ken? –berreó Tetsu con el gesto torcido de pura impaciencia–. Es la tercera vez que te equivocas en esta parte, joder, a este paso no saldremos de aquí hasta el 2042.
El guitarrista apretaba los nudillos, mientras que Yukki a su lado se mantenía alerta por si tenía que sujetar a Ken antes de que embistiera a Tetsu. Hyde, en medio de todos ellos, con el micrófono frente a él y los auriculares en las orejas, miraba alternativamente a uno y a otro como si estuviera presenciando un partido de tenis.
-Oye, Tet, es una parte difícil, y apenas he tenido tiempo para ensayarla –rezongó Ken, guardándose las ganas de golpear a Tetsu en su imperturbable carita de líder-sama.
El resto del equipo que estaba en la sala –técnicos de sonido, músicos de apoyo, etc.– miraban expectantes a Tetsu como si fuera una bomba a punto de estallar. E iba a estallar en la cara de su propio grupo en cualquier instante. Pero Tetsu no se arrepentía de lo que estaba haciendo: Alguien debía meter prisa.
-No hay que ensayarla, Ken, hay que grabarla, y YA –murmuró Tetsu en un ronco siseo-. Sigue tocando, y que Yukki te acompañe con la batería en esa parte para marcarte el ritmo. Yo tengo que hablar con Haido.
Hyde le miró alarmado, se quitó los enormes auriculares y tragó saliva. Tetsu daba miedo cuando se ponía así de frenético.
-¿Y yo qué he hecho? He… he cantado bien… -señaló, sin estar muy seguro de esa afirmación. La verdad es que no había estado atento al cien por cien, y podía haberla fastidiado sin darse cuenta. Y eso era algo que seguramente al Súper Tetsu actual no se le habría pasado por alto.
Pero Tetsu se limitó a levantarse de su butaca y a mirarle impasible.
-Explícame cómo va la nueva canción, mientras Ken se aclara con las cuerdas de su guitarra para hacerles emitir música y no ruido.
-¡Eh! –protestó el otro, pero Tetsu lo atajó con un gesto reprobatorio.
-Rápido, Ken, te doy cinco minutos -ordenó con voz fría, mientras arrastraba a Hyde hacia la salida de la sala de grabación, detrás de él. Hyde le siguió a trompicones, a tiempo de oír a Ken emitiendo protestas mientras aporreaba su guitarra para ensayar la parte acordada.
-¿Se puede saber porqué Hitler se ha introducido en la mente de Tetsu? –le dijo a Yukki con resentimiento-. Me bastaba cuando se comportaba como un tirano común y corriente.
Tetsu rebuscó la letra de la nueva canción entre las decenas de partituras y de lyrics que llenaban su libreto. Dio con ella unos minutos después, mientras que se sentaba en el sofá de cuero marrón de dos plazas que había en la pequeña sala que estaba al fondo del pasillo, no muy lejos de la sala de grabación. Hyde se había quedado de pie, mirándole expectante, hasta que Tetsu le indicó con un gesto que se acercase.
-A ver, esta parte la has cambiado, ¿no? Dime cómo van los instrumentos; no creo que puedan entrar al mismo tiempo que antes, y, la verdad, si va a suponer mucho problema, prefiero dejarlo tal y como estaba, Haido. Mira lo que le está costando a Ken aprenderse una maldita parte nueva sin cagarla del todo. Como le cambiemos esto, no podremos terminar a tiempo ni en broma.
Tetsu resoplaba al revisar la hoja una y otra vez, y Hyde empezaba a sentir que las sienes le latían delirantemente. “¡Por dios! Como siga así de estresado, no va a llegar vivo al próximo año. Ninguno de nosotros lo hará.”
-Oye, tío, ¿no te estás pasando un poquitín? –dijo Hyde, aunque su voz vaciló un poco a la mitad de la frase. Aún no tenía ganas de morir, esperaba poder paladear la cena navideña antes de eso.
-¿Qué? –preguntó Tetsu secamente. Hyde, por toda respuesta, le dirigió una mirada sombría y se sentó cerca de él, en el mullido brazo del sofá. Le sostuvo a mirada unos segundos hasta que el bajista no tuvo más remedio que bajar la vista, avergonzado-. Vale, tienes razón, pero… Es que esto es exorbitante –dijo, sonriendo por primera vez desde hacía días–. No me negarás que es para volverse loco.
-No es culpa tuya, y sí es verdad que como nos relajemos no vamos a terminar a tiempo… pero acojonas bastante cuando te pones en ese plan. Hasta Yukki teme dirigirte la palabra.
Tetsu emitió una risa musical, y se atuso distraídamente el flequillo, mientras que Hyde suspiró de alivio. No quería que le gritase a él también.
-Oh, bueno, sé que a veces soy insoportable –añadió Tetsu, medio en broma.
Hyde se encogió de hombros.
-Te curras bien el papel de negrero navideño, eso es todo.
-Ya –dijo el aludido con aire culpable-. Lo que quiero decir es que me gustaría que me dierais un toque cuando empiece a parecerme a un ogro.
-¿Sólo ahora, o vale para el resto de las veces? Porque pasa tan a menudo que sería una tarea muy cansada.
-¡Oye! –exclamó, dándole a Hyde un cariñoso golpe en el brazo. Por fin volvía a ser Tetsu, y no el líder de la banda más famosa de Japón.
“Si tanto sufrimiento te causa el estar guardándote eso dentro de ti, deberías decirlo y acabar de una vez.” La voz de Gackt inundó su cabeza como si la hubieran llenado de agua caliente, le zumbaba en los oídos.
La opción era tentadora, desde luego, y a la vez era imposible: Le daba demasiado miedo. No, siendo sinceros, le daba pavor. Miraba la perfecta cara de Tetsu mientras este repasaba el folio que tenía enfrente. Una sensación de vértigo le hacía parpadear de nerviosismo. ¿Cómo iría a reaccionar, en el caso de que realmente se atreviera a…?
Pero pronto iba a comprobarlo. Sin haberse dado cuenta de ello, su cuerpo se había movido solo.
Hyde se había inclinado suavemente sobre Tetsu, y sus labios no tardaron en encontrarse con los suyos de una forma inesperada. El bajista se quedó sin respiración, aquello era lo último que se habría esperado en ese momento. Hyde lo sintió en tensión, mientras saboreaba aquel momento de valentía antes de que se esfumara. No quería despegarse de él, no quería dejarlo escapar, porque nunca más tendría el valor de repetir aquello.
Sin embargo, Tetsu no se apartaba. No le paró, sino que respondía a su beso de forma natural. Hyde, a quien la euforia del momento le estaba haciendo perder la cabeza, empezaba a formar una esperanza sólida en su interior. ¿Y si de verdad pudiera…?
Pero no, la esperanza le duró bien poco. Nada más abandonar los cálidos labios de Tetsu, pudo ver su expresión: Acogedora, serena, preocupada… La expresión de líder comprensivo que siempre tenía en su rostro. No había cambiado nada, y Hyde quiso morirse en ese mismo instante.
-Haido…
“Agh, no. No me hables así,” pensó Hyde, con un nudo en la garganta. La voz de Tetsu le había sonado hueca y mezquina, aunque en el fondo sabía que su amigo no quería hacerle daño. Adivinaba lo que iba a decirle, pero no quería oírlo, aún no estaba preparado para oírlo. No podría guardar debidamente la compostura; seguramente, más tarde se arrepentiría de su comportamiento.
-Sabes que no puedo, sabes que…
-No veo por qué no lo entiendes, Tetsu.
El tono de Hyde era inusualmente tenso, y rudo. Tetsu pareció por un momento paralizado por la impresión, pero luego entendió inmediatamente que, tratándose de Hyde, era la única forma que él tenía de expresar su disgusto, de protegerse.
-Haido, claro que lo entiendo…
-No es verdad.
Tetsu suspiró. ¿Era realmente posible hablar de verdad con Hyde cuando se ponía así? No creía salir bien parado de aquella conversación, hiciera lo que hiciera. Se levantó con lentitud y se paseó durante un par de minutos por la estancia.
-Mira, no voy a discutir contigo. Simplemente, no es algo que pueda hacer, surgirían mil complicaciones.
-Si son las complicaciones de cara a la gente lo que temes, eso no es un problema verdadero, Tetsu.
No, definitivamente no iba a ganar en la conversación. Hyde estaba rabioso y dolido, una combinación letal. Tendría suerte si al final no le soltaba un puñetazo.
-No es lo único que temo. De hecho, no es lo que más importa –susurró, con tono suplicante. Para él era vital que Hyde no se enfadara, no podría soportar una carga como ésa.
Hyde había enterrado la cara entre las manos, con el ceño fruncido. Por un momento Tetsu creyó que iba a levantarse e irse corriendo, parecía muy resentido. Se acercó a él y se sentó a su lado en el sofá.
Casi se levanta de golpe al ver su expresión de dolor. Hacía bastantes años que no veía esa expresión en el rostro de Hyde, desde… bueno, no quería ni recordarlo. Lo de Sakura quedaba muy atrás, pero al menos entonces no lo veía poner una cara así, contraída por el sufrimiento. El estómago se le encogió como si fuera un papel que ardía.
-Desde el principio, Tetsu, desde entonces… -murmuró Hyde por lo bajo. Parecía ausente.
-¿Qué? Haido, no… no te entiendo –Tetsu estaba confuso, miraba a Hyde alarmado, con una sensación creciente de malestar.
-Desde el principio…
Escupió esas palabras como si el pronunciarlas le produjera un intenso dolor físico. Los vidriosos ojos de Hyde se le clavaron de improvisto en la cara. La intensidad con la que le miró le dejó la boca seca. ¿Tan mal lo estaba pasando por su culpa? Hyde habló entonces con una voz muy ronca, gutural, que a Tetsu le hizo temblar:
-Lo único que yo sé… es que con todo el mundo me siento un egocéntrico, un mimado, me siento mezquino y superficial… pero tú eres el único aspecto de mi vida en el que no me siento tan desgraciado, soy mucho mejor contigo que con los demás –Hyde tragó saliva-. Parece que me lo perdonarás todo y te estoy agradecido por ello.
Tetsu sonrió con cariño.
-Sí que a veces tengo que dejarte pasar las cosas, Haido. Eres el único con el que soy condescendiente, no sé cómo lo haces.
Dijo aquello porque no sabía qué más decir. Hubiera sido feliz si lo hubiera tragado la tierra y seguidamente hecho la digestión. Necesitaba abrazar a Hyde y pedirle que dejara de poner esa cara. Pero no podía hacerlo, cuando sabía que era por su culpa. ¿Cómo habían llegado a eso? Unos minutos antes lo único que le preocupaban eran los ensayos y las canciones por grabar.
-Siento haber dicho todo esto –dijo Hyde, en un susurro áspero.
-Ni se te ocurra disculparte. No pasa nada, no tiene nada de malo, es sólo que…
-Dilo sin miedo: No estás enamorado de mí.
Tetsu le mantuvo la mirada, la cual Hyde conservaba fija e imperturbable. Tetsu empezaba a sentirse fatal por dentro, y su cara sin duda estaría reflejando lo miserable que se sentía. Pero mentir no le ayudaría en nada.
-No lo estoy.
La rotundidad de sus palabras hizo que resonaran en los oídos de Hyde con un extraño y mareante eco. Sabía que iba a escuchar esa respuesta, lo sabía desde que había pensado en ello por primera vez, pero nada en el mundo le podría haber preparado para el mazazo que suponía. Emitió un áspero sonido, y apretó los labios hasta que su boca se convirtió en una dura línea blanca. Sus ojos ya se habían perdido en la tarea de examinar el suelo, y ni por toda la comida gratis de Japón hubiera levantado la vista.
Tetsu salió rápidamente de la habitación, sintiendo que algo le estrujaba el pecho. No podía mirar a Hyde estando así. Pero, ¿qué otra cosa podía haber hecho? Era mejor ser sincero antes de que las cosas fueran a peor. La cabeza le daba vueltas, como si estuviera ebrio. Por algún motivo tenía ganas de llorar.
Cuando volvió a la sala de grabación, comprobó que Ken, tras los quince –y no cinco– minutos que él había estado fuera, ya tocaba perfectamente la parte de la canción que se le resistía, y le dedicaba una sonrisita irónica y triunfal.
La enorme sala de descanso que el estudio les había preparado desde aquel año era todo lo cómoda que podía ser. La nevera solía estar casi vacía, porque Hyde y Ken la desocupaban nada más ser reabastecida. Por lo demás, era muy agradable: Olía a moqueta y a calefacción encendida, y su efecto era enormemente soporífero. Con lo cual, Hyde se pasaba la mayor parte del tiempo acurrucado en un sofá del fondo echando cabezadas entre canción y canción.
Aunque en aquellos momentos no estaba dormido. Tenía los ojos bien abiertos, y estaba completamente espabilado.
Se había trasladado a aquella sala en busca de un poco de tranquilidad, a sabiendas de que los demás estarían esperándolo en el estudio y de que no podrían grabar la canción definitiva sin vocalista. Pero no pensaba moverse de allí hasta que dejase de sentirse tan mal. A la mierda las canciones que quedaban por grabar.
“Me ha dicho que no,” pensó con amargura creciente, y el nudo de su garganta se afianzó con una punzante sacudida. Meneó la cabeza hacia un lado, y se reprendió a sí mismo. “Vamos, Haido. ¿Qué esperabas? ¿Acaso no sabías lo que iba a pasar si abrías la boca? Deberías estar más que satisfecho con haber pasado ese momento sin más incidentes.”
Con este último pensamiento, se tragó a las lágrimas que asomaban a su rostro con afán de molestarle aún más, y cerró los ojos, esta vez dispuesto a dormir. A lo mejor así el tiempo pasaba más deprisa. O a lo mejor al despertar descubría que no había hecho aquella estupidez. Por favor, que no hubiera hecho de verdad aquella estupidez.
Pero no había ni empezado a adormecerse cuando Ken irrumpió alegremente, guitarra en mano, haciendo bastante ruido. Tocaba una cancioncilla navideña en modo “rock&roll.” Hyde le miraba con desagrado a través de las pestañas.
-¿Qué haces, Haido? –preguntó despreocupadamente.
Hyde gruñó y se incorporó en el sofá, de mala gana.
-Dormir no, desde luego.
-¿Otra vez durmiendo? –Ken pegó un resoplido-. Te pasas el día en posición fetal. Pareces un osezno hibernando o algo así. Aunque durmiendo cualquiera diría que eres todo un angelito.
Hyde le traspasó con ojos asesinos, pero no dijo nada. De eso nada, Ken, en esos instantes era menos que nunca un angelito. Es más, tenía ganas de liarse a golpes con lo que fuera, para dejar salir la rabia y el desánimo que sentía.
-Debe de ser tu táctica más letal, ¿eh? Hacerte pasar por un niño bueno… -continuó Ken.
-Yo siempre soy bueno.
-Oh, sí, Haido, eres tan bueno que no sé cómo no te paseas por ahí con una aureola y un montón de mariposas revoloteando a tu alrededor.
Hyde farfulló algo con rabia y le volvió la cara. Lo último que necesitaba era la absurda palabrería de Ken lista para ser descargada. Pero Ken se había puesto algo más serio –o lo habría parecido, si el sonido del Jingle Bells roquero no sobresaliera por encima de otras cuestiones–. Se plantó delante de Hyde, y esperó hasta que el otro volvió la vista hacia él.
-Oye, después del broncazo que nos ha dado Tetsu para que espabiláramos, no sé cómo puedes estar aquí tan tranquilo echándote la siesta. ¿Quieres que vuelva a gritarnos? Ahora que parecía haberse calmado… -se dio la vuelta-. No sé qué le habrás dicho, pero ha vuelto mucho más calladito, gracias a dios. Al final estaba tan absorto que Yukki ha dirigido el ensayo. Podría tomarlo como costumbre, es un cambio refrescante.
“Que se calle ya, quiero estar solo, por favor, no quiero tener que recordar nada de lo ocurrido,” pensó Hyde, cerrando los ojos con fuerza. Iba a llorar y no podría impedirlo.
-¿Se puede saber qué te pasa, Haido? –le preguntó Ken, al darse cuenta de su expresión.
-Nada de nada –refunfuñó con irritación, aunque luego le echó una tímida mirada de soslayo, típica del “Haido que necesita atención” que ya estaba aflorando en la superficie-. No… no creo que te importe, Ken.
-Ya –concluyó el guitarrista–. Te ha dicho que no.
-¿Qué? –Hyde levantó la vista hacia Ken, totalmente pasmado. El guitarrista se paseaba delante de él con calma, y recostó delicadamente la guitarra en uno de los sofás.
-Tetsu –precisó entonces, con naturalidad–. Tranquilo, a veces “Mister Bondad” puede ser así de cruel, aunque no lo hace de forma consciente. No se lo tengas en cuenta.
-¿Cómo…?
-Bueno, Haido, tengo ojos, ¿sabes? Y no se puede decir que tú seas el colmo de la discreción. Eres bastante torpe ocultando lo que sientes. Llevo años esperando a que esto ocurriese, aunque debo decir que no pensaba que ocurriera tan pronto. Yukki también se ha dado cuenta, lo sé, pero nunca dirá nada al respecto. No puede evitar ser delicado con estos temas.
Ken sonreía un poco, aunque sólo lo hacía para tranquilizar a Hyde.
-Vaya, ahora resulta que soy un libro abierto –masculló Hyde. Empezaba a sentirse aún más miserable.
-No, no del todo, puedes jugársela a quien no te conozca demasiado, pero para nosotros es bastante sencillo calarte, amigo.
Hyde no encontró nada que decir. ¿Qué iba a decir? ¿Que era verdad que se le notaba todo en la cara? ¿Era posible que Tetsu también se hubiera dado cuenta de ello bastante tiempo atrás? Le daba una vergüenza horrible sólo pensarlo, se sentía extremadamente ridículo y humillado. Se echó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas, y acto seguido hundió la cara entre los brazos.
-Le quiero mucho –dijo al fin, sin levantar la vista.
Ken se quedó mirándolo un momento, meditando. Encendió un cigarrillo y emitió el humo hacia un lado.
-No me sorprende que lo quieras, todo encaja bastante bien: Tú eres un desastre y él es perfecto en todo. Siempre has tenido una gran dependencia hacia él. Lo necesitas.
-No es lo mismo querer que necesitar, Ken. No lo reduzcas de ese modo tan trivial –dijo con rencor.
La voz de Hyde llegaba amortiguada, pero aun así era evidente que la conversación le estaba afectando mucho, porque su tono flaqueaba de vez en cuando.
-Vale, no pretendía que sonara así.
-Pues entonces cállate –repuso bruscamente. Pero Ken no se dejaba intimidar por cosas así, tenía demasiado de terco y cabezota como para achantarse. Jugueteó con el cigarrillo encendido antes de volver a hablar.
-¿Tengo que decirlo yo todo? –inquirió con toda sencillez.
Hyde sacó por fin la cabeza de entre sus manos. El pelo se le había revuelto.
-¿A qué te refieres?
-Mira Haido, no te preocupes, conociendo a Tetsu, acabará por corresponderte.
Hyde pegó un resoplido, y se le escapó una risita amarga y sarcástica.
-¿Se supone que tengo que creerme eso?
-Oye, entiéndelo: Tetchan es un estúpido perfeccionista, lo controla todo, y no quiere que nada dentro de L’Arc-en-Ciel se desmadre lo más mínimo. Y esto… bueno, supondría un buen desmadre en su ordenada vida. Está acostumbrado a actuar como un líder-guía en todos los aspectos de su existencia y rara vez se sale del papel. No se permitiría a sí mismo que sus relaciones sentimentales afectaran al buen funcionamiento del grupo.
-No tendrían por qué –se apresuró a decir Hyde. Tenía que decir algo en su propia defensa.
-No seas cínico, Haido, podrían afectar al grupo y lo sabes. Las relaciones siempre son complicadas, y algunas –se calló el añadir “como ésta”– son muy complicadas, y no creo que los roces de pareja ayudaran demasiado a hacer más fácil el trabajo. No obstante…
-¿Me estás diciendo que me dé por vencido? –repuso entonces Hyde, con enfado evidente-. Hace un minuto decías que acabaría por corresponderme…
-… No obstante -prosiguió Ken, haciendo caso omiso de lo que Hyde había dicho–. Supongo que si eso te hace feliz, es algo bueno para ti. Cualquiera te aguanta si no lo consigues, refunfuñando por los rincones…
Hyde abrió la boca para replicar, pero Ken estaba acostumbrado a esquivar las protestas de Hyde antes de que las formulara.
-Lo que quiero decir es que, si es algo que te hace feliz, que os hace felices a ambos, no hay problema, seguid adelante con ello. Sería mucho peor si lo ignoraseis, porque acabaría por explotar y salpicarnos a todos.
-Y lo de que me correspondería lo decías por decir, o…
-Lo decía en serio. Puede que a nuestro amado líder al final se le ablande el corazón, porque por muy responsable y sensato que sea, la verdad es que sus sentimientos acaban por decidir por él.
Hyde examinó esas palabras con atención, intentando comprender su significado.
-En resumen, que si acaba correspondiéndome, lo hará por lástima.
Ken puso los ojos en blanco y chasqueó la lengua.
-Desde luego, eres experto en tergiversar las conversaciones, estúpido Doihachiro. ¿Es eso lo que he dicho? No, claro que no –dijo, sonriendo a regañadientes-. Me refiero… a que dudo que Tetsu sea capaz de recibir una declaración así de tu parte sin inmutarse siquiera, sin plantearse al menos la posibilidad de aceptarte… No sé si me explico.
Hyde guardó silencio. Se explicaba perfectamente. Lo que Ken le decía le llenaba de esperanza, desde luego, pero ¿era eso lo que necesitaba? ¿Qué le dieran esperanzas? Algo le indicaba que, si al final explotaba su burbuja y se daba de bruces con la realidad, lo iba a pasar mucho peor de lo que ya lo estaba pasando. Sin embargo, deseaba aferrarse a esa pequeña esperanza como fuera.
-No pensé que terminaría hablando de esto contigo.
-No, ¿eh? –rió Ken-. Deberías estarme agradecido, Doiha-chan, mis sabios consejos no están al alcance de cualquiera. Debería cobrar estos servicios extra aparte.
-¿Servicios extra? Me abstendré de hacer un chiste con eso –murmuró Hyde. Ken bosquejó una media sonrisa.
-Sabia decisión.
-¿Haido?
La pequeña figura de Hyde se dibujaba en el rellano del apartamento de Tetsu. En el interior del piso, se oía ruido de platos y jaleo de ir y venir. Las hermanas de Tetsu organizaban cubiertos y demás utensilios en la mesa más grande de la sala, decorada con un gran centro navideño lleno de acebo. Saludaron a Hyde al verlo, y este les devolvió el saludo.
Tetsu entonces cerró la puerta y salió junto con Hyde al pasillo. Se fijó en el estado agitado de Hyde: Jadeaba y tenía la cara enrojecida.
-¿Has venido corriendo desde tu casa o qué? –preguntó Tetsu, con una ceja enarcada y una pequeña sonrisa-. ¿Quieres ahorrarte el gimnasio?
-El ascensor no funciona, baka. Tenía prisa, el coche me está esperando abajo.
Bien, le hablaba con normalidad. Tetsu relajó los músculos.
Habían pasado tres días desde el momento clave, y al principio Hyde apenas sí le había dirigido contados monosílabos en un tono cohibido que poco tenían que ver con su afilado carácter. A pesar de que Tetsu había hecho un esfuerzo por aparentar estar sereno y “normal” dadas las circunstancias, todo parecía irse por el desagüe con fabulosa rapidez. Y las miraditas de soslayo de Ken no ayudaban demasiado. Ése siempre se olía algo.
Pero tras los dos últimos días de desmedido trabajo –Incluso Yukki decía sentirse como un esclavo egipcio construyendo nosequé pirámide–, consiguieron terminar el álbum a tiempo, y los ánimos parecían haber retrocedido en el tiempo. Tras la grabación, Hyde le había dedicado las mismas atenciones y la misma naturalidad de siempre, lo cual no sabía si era una buena señal o el vaticinio de alguna catástrofe. En cualquier caso, lo agradecía.
“Estará madurando,” pensó Tetsu divertido. “A los treinta y muchos es un buen momento para abandonar el jardín de infancia.”
Dejó que un suspiro se le muriera en los labios y siguió mirando a Hyde, allí plantado con la cara congestionada y una mano apoyada en la pared.
-Has dicho que tu coche estaba abajo. ¿Adónde vas? –preguntó entonces Tetsu.
-A Osaka, a pasar la Nochebuena con mi familia, claro.
-Oh, sí, olvidaba que la pasarías allí este año –puntualizó Tetsu, y volvió a escudriñar a Hyde. De pronto reparó en que llevaba un regalo en la mano que tenía libre.
-¿Y eso? –señaló el regalo.
-Ah, sí, esto era lo que venía a traerte –le tendió un paquete de más o menos el tamaño de una cuartilla, de unos cinco centímetros de grosor, envuelto en un papel mate de color negro con plateados dibujos de árboles de Navidad. Tan elegante y oscuro como sólo podía buscarlo Hyde, muy de su estilo.
-El amigo invisible… -murmuró Tetsu, mientras tomaba en regalo de manos de Hyde, y lo examinaba por fuera.
Hyde asintió con la cabeza. Todavía seguía estando exhausto por la carrera, y sentía un pinchazo eléctrico en un costado.
-Quedamos en repartirlos el 25 –continuó-. Pero mañana no podré dártelo, me quedaré en Osaka hasta Nochevieja. Aunque casi lo prefiero, intuyo que es Ken quien tiene que darme un regalo y no quiero pensar en qué se le habrá ocurrido. Es impredecible, igual me compra un deportivo que me da un vale gratuito de okonomiyaki, el muy…
Mascó una serie de calificativos bastantes explícitos dedicados al guitarrista. Tetsu se rió y comenzó a abrir su regalo. Era un brillante iPod de última generación con pinta de costar un riñón, seguramente sacado de la tienda más cara de Harajuku.
-Ya sabes que no soy demasiado bueno haciendo regalos de Navidad –Hyde le dirigió una sonrisita torcida-. Nunca se me ocurre qué regalar, y digamos que el ser detallista no está en mi naturaleza.
-Ya, lo sé muy bien. No sabes ser sutil.
Hyde abrió la boca, ofendido.
-¿Me estás llamando simple?
-Pero sí tú mismo has dicho que… -protestó Tetsu, pero vio que Hyde sonreía abiertamente.
-Es igual. Quería regalarte algo práctico –le atajó Hyde, señalando la reluciente caja de plástico que contenía el iPod-. El tuyo lo perdiste, así que pensé…
Tetsu le miró boquiabierto, como si no le hubiera oído bien.
-¿Qué yo lo perdí? ¿YO? ¡Querrás decir que lo perdiste TÚ!
-Ya, bueno… tú, yo, ¿a qué viene esa fascinación por los pronombres? –preguntó Hyde con aire de culpabilidad–. De acuerdo, fui yo, pero tampoco hay que ser quisquilloso con los detalles. Además, no lo perdí: Me lo cargué. No debo volver a jugar al béisbol en espacios reducidos.
Tetsu reprimió una carcajada en un sonoro “Pffff”. Sus ojos sonreían.
-Gracias, es genial –susurró. Hyde asintió incómodo, sin pronunciar palabra. Era raro ver a Hyde tan tímido, cuando normalmente no solía reprimir su temperamento diabólico.
-Bueno, ése era el regalo de verdad, esto… -le tendió un sobre amplio de color gris plomo que llevaba escondido en su chaqueta-… Esto es una tontería que quería que tuvieras.
Tetsu escudriñó a su amigo con interés, intentando leer en su semblante, y echó una temerosa mirada al sobre que tenía en su mano como si contuviera algún tipo de bacteria devoradora de carne. Se dispuso a abrirlo, pero en ese instante Hyde le paró.
-No, ábrelo luego, ahora me voy o perderé el avión.
“Por no decir que no pienso quedarme mientras lo ves.”
-Como quieras, pásatelo bien. Feliz Navidad y todo eso.
-Ya –susurró Hyde–. Matta ne.
Se apartó un mechón de pelo que le tapaba un ojo, y sin mirar a su amigo directamente, le dijo adiós con un ademán y se volvió lentamente para marcharse. Al bajar por la escalera, la luz dejó de alcanzarle y se perdió en la oscuridad descendente.
Tetsu entró entonces en el apartamento, pasó al salón y lo cruzó como una exhalación hasta que estuvo seguro de que la soledad de su propia habitación le permitía abrir aquel sobre con toda tranquilidad, o toda la que podía conseguir con su familia en el salón.
Al tacto, vio que lo que contenía el enorme sobre no ocupaba ni una tercera parte de su tamaño. Lo abrió en un cerrar de ojos, y sus dedos toparon con una foto. Esbozó una amplia y cálida sonrisa, y miró con curiosidad a los dos extraños y jóvenes músicos que saludaban a la cámara con un gesto. La primera foto que Hyde y él se habían hecho juntos, cuando se conocieron. Recordaba con suma claridad aquel momento y, si alguna vez había tenido una copia de aquella foto, la había perdido sin duda, porque apenas sí recordaba que existía.
¿De dónde la habría sacado Hyde? ¿La había tenido todo ese tiempo y no se había dignado a enseñársela? Era incomprensible a veces, te podía marear la cabeza con niñerías, pero para sonsacarle algunas cosas había que someterle al tercer grado. La observó durante varios minutos, deteniéndose en los detalles que iban danzando en su memoria. Era curioso cómo recordaba todo tan bien después de tantísimos años.
Pero el estómago se le había vuelto de cemento al dar la vuelta a la foto. En el reverso, en la letra redonda y elegante de Hyde, había escrito: “Desde entonces.”
Tetsu estuvo dos minutos embelesado, repasando la curvatura suave del contorno de las letras, pensando en su significado. Hasta que éste le sobrevino como una revelación divina emitida directamente hasta su cerebro. Inspeccionó el sobre en busca de una nota, de algo más, pero no encontró nada aparte de la foto. Hyde debía de haber pensado que no había necesidad de decir más, qué listo. Pero la ligera y enigmática insinuación era ya bastante evidente para él: Te amo desde entonces.
Recordó la mañana en la que Hyde le había besado. ¿No era eso lo que le había dicho? ¿“Desde el principio”? En ese instante ni siquiera había atisbado lo que significaba aquello. No era culpa suya, era difícil tener la mente clara cuando deseas que el edificio se derrumbe y así salvar el cuello en una situación difícil.
“Maldito Haido y su manía de hablar en clave, sabe bien que soy un sentimental –se lamentó Tetsu-. Nunca más vuelvas a decir que no sabes qué regalar en Navidad, o no te dirigiré la palabra en lo que me queda de vida”.
Con la emoción que le anudaba la garganta, deseando escaparse por su cara en forma de contundentes lágrimas, respiró hondo y se dirigió al salón para ayudar a sus hermanas a poner la mesa. Al final de la cena había recuperado la sonrisa, aunque desperfilada y endeble, y la Nochebuena pasó como una ensoñación.
Hasta Nochevieja quedaban pocos días, y el año siguiente iba a ser realmente brillante, si había tenido un comienzo tan apoteósico –y tan agotador.
Era la primera vez en su vida que no le asustaba que las cosas fueran de repente tan diferentes, e incluso que se le hubieran ido de las manos.
~Fin~
¿Qué tal? Para variar, es Hyde el que lo
pasa mal, y no Tetsu. Me encanta hacerlos sufrir >:D. Mi primer haitsu y
al final no pude evitarlo: Acabó saliéndome cursi XP |
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