ICHIGO ICHIE

-por Alexa-

cap único

Disclaimers: Ninguno de los JRockers aquí incluidos es mío. Sólo son mías las ideas retorcidas que cada quien elige leer o no leer bajo su propio riesgo.

Fecha de publicación: 22 de enero de 2007 - Corrección: Ogawa Saya.

 

Con una explosión de luces y una espectacular combinación de campanas, la Navidad fue anunciada, disolviéndose al instante entre abrazos, saltos, gritos, felicitaciones y demás.

 

Con una sonrisa enorme, los invitados a aquel programa especial se unieron al brindis en torno a la gran mesa alargada que dominaba prácticamente todo el set, para acto seguido ocuparse en dirigir saludos y sonrisas a las cámaras que llenaban el lugar.

 

Tan pronto como se cerró la transmisión en vivo, los asistentes comenzaron a retirarse hacia las mesas que ocupaban casi la totalidad del enorme galerón del estudio.

 

Los cuatro componentes de L'Arc~en~Ciel proclamaron como suya una de las mesas más codiciadas... es decir, aquella que se ubicaba en un rincón más bien oscuro, donde no se tenía que estar saludando a la concurrencia cada medio segundo.

 

Hyde se dejó caer en la acojinada silla mientras un suspiro escapaba de sus labios. Aunque los televidentes seguramente encontrarían envidiable una celebración como la suya, asistir a tales eventos en las televisoras resultaba en una tarea agotadora. Dejó caer pesadamente la frente sobre la fría mesa. Se sentía hecho polvo.

 

–¿Doushita no, Haido chan? ¿Tsukareta no?

 

Sintiendo como si una corriente eléctrica le recorriese la espalda, Hyde se incorporó bruscamente, su cabeza disparándose a mirar hacia arriba mientras un par de manos blancas se posaban en sus hombros.

 

Observó un instante las finas facciones de aquel rostro tan familiar, la sensual curva de su sonrisa, el brillo divertido en sus ojos oscuros y el marco de ébano que era su cabello.

 

–¡Saku chan!

 

–Fue una excelente interpretación –le guiñó un ojo–. Casi habría creído que estabas a punto de llorar.

 

–¡Sakura! –le saludó Tetsu–. ¿Cómo fue que conseguiste entrar?

 

–Nuestro líder olvida a veces que no es el único con influencias –rió Ken.

 

–Feliz navidad, koneko chan –ronroneó Sakura al oído de Hyde antes de capturar sus labios en un beso tal que incluso Ken se sintió desconcertado... sin embargo, se recuperó rápido.

 

–¿No te hace sentir mal, Yuki?

 

El baterista sólo negó suavemente con la cabeza antes de permitir que Ken lo apretara en sus brazos, haciendo sonidos graciosos mientras fingía que casi asfixiaba a Yuki en un beso que en realidad era suave y tierno.

 

Tetsu, entre tanto, sentía la sangre hervir en su rostro por la preocupación de que alguien llegase a tomarles una fotografía justo en ese momento combinada con la sensación de encontrarse atrapado entre un grupo de adolescentes exhibicionistas sin esperanzas de madurar jamás. Con esta sensación, cerró los ojos y masajeó su sien con los dedos, apoyando el codo en la mesa.

 

–¿Mh? ¿Y dónde está Gacchan? –preguntó Hyde, cuyas mejillas se habían teñido de un rojo encarnado mientras Sakura se sentaba a su lado y Ken continuaba su pantalla de beso apasionado.

 

–Pues... –se volvió para mirar sobre el hombro a la multitud que aún seguía de pie en la galería, hasta localizar a su amante atrapado en medio de un círculo de figuras de mayor o menor renombre en la industria y de los estilos más variados que sólo tenían una cosa en común: el protagonista de sus fantasías eróticas navideñas... es decir, Gackt.

 

–Creo que debo resignarme a que no podré recuperarlo hasta mañana por la noche... –vio cómo Ayumi se acercaba al alto cantante con una enorme sonrisa en el rostro y agregó–: si corro con suerte.

 

–Nada de eso. Si hay algo de lo que podemos prescindir esta noche es una señorita extrañando al novio –dijo Sakura irguiéndose en su asiento y despegándose un poco de Hyde, que seguía mirándole con cara de ensoñación–. Préstame tu teléfono, Tetsu.

 

–¿Qué? ¿Para qué?

 

–No hagas preguntas necias, sólo préstamelo.

 

–Yo...

 

–¡Vamos, dáselo, Tetchan! –insistió Ken.

 

Al ver que ninguno de sus amigos dejaría de apoyar a Sakura, Tetsu cedió.

 

El oscuro baterista abrió de inmediato el directorio en la memoria del móvil y no tardó nada en encontrar el número que buscaba.

 

–¿Hai? –respondió una grave voz masculina al otro lado de la línea.

 

Hyde se levantó del asiento, parándose de puntillas para alcanzar a ver cómo Gackt contestaba el teléfono en medio de aquella multitud que mucho se parecía a una jauría de lobos hambrientos al acecho de una suculenta presa.

 

–Será mejor que vengas aquí de inmediato –dijo Sakura autoritario.

 

–¿Dare?

 

–Tu peor pesadilla si no traes tus pantalones de cuero a reposar sobre el asiento junto a Tetchan en los próximos sesenta segundos.

 

–Sou desu ka. ¿Doko?

 

–Justo en la esquina noroeste, donde por un milagro se han fundido un par de reflectores.

 

–Wakarimashita. En un minuto estoy ahí –colgó y empezó a disculparse con los miembros del grupo que casualmente se había aglutinado a su alrededor.

 

–¿Qué? ¿Era el carcelero tirando de la cadena, Camui? –preguntó Gisho con un tono que destilaba veneno al verse incapaz de arrancar a Hakuei... su Hakuei, del lado de Gackt.

 

Gackt no era la persona indicada para una lucha verbal... a menos que se quisiera ser puesto en evidencia de la manera más humillante. Sin embargo, Gackt se sentía magnánimo. La Navidad era su fiesta favorita y nada podía manchar el estado de pura y perfecta felicidad que lo envolvía en ese momento. Ni siquiera los celos de un bajista posesivo que en realidad, no tenía nada qué temer de su parte.

 

–Sí –respondió con descaro pero sin perder la elegancia, como sólo él podía hacer–. Y será mejor que vaya a su lado ahora o tendré que pasar la noche de Navidad en el sofá de la sala. Inconcebible, ¿ne?

 

Sonrió ante la cara de horror de una joven idol y se retiró sin más preámbulo, dirigiéndose como una saeta a la mesa que le habían indicado.

 

Tetsu aún se guardaba el móvil con expresión ceñuda y un rubor granate cubriéndole el rostro cuando Gackt se materializó a su lado, tomando asiento antes de que alguien tuviera tiempo de reconocer su alta figura de pie entre las mesas. Quizá debía aprender a dirigir miradas repelentes como las de Hyde.

 

–Gracias por el rescate.

 

–Por nada –dijo Hyde por su compañero.

 

Gackt se inclinó sobre el hombro de Tetsu, le murmuró algo al oído y luego rozó sus labios en un beso.

 

–Bien, ahora que ya todos estamos felices –dijo Ken dirigiendo una mirada maliciosa que aumentó el rubor de Tetsu–, podemos hacer un brindis.

 

Antes de que Gackt pudiera siquiera insinuar que quería hacer el brindis, Hyde se apresuró a dar un rápido discurso que iba más o menos así:

 

–Feliz navidad para todos y que todo siga como hasta ahora... –dirigió una significativa mirada a Sakura–. Y, de ser posible, que se ponga mejor aún –acabó con un guiño travieso.

 

–¡Kanpai! –corearon todos antes de vaciar las copas.

 

–Bien, podemos empezar con los regalos.

 

Yo quiero empezar –declaró Hyde poniéndose en pie. Extrajo de su gabardina una caja cilíndrica y alargada, que tendió a Sakura.

 

El baterista quitó la tapa y luego deslizó en su mano un alargado envoltorio de papel de china de color azul. Con expresión intrigada, desenvolvió el objeto, que resultó ser un par de baquetas negras con grabados plateados representando una fina enredadera con rosas abiertas.

 

–Son hermosas, Hai chan.

 

–Las pinté yo mismo. Pensé que te gus... –se vio interrumpido por un beso salvaje, que sólo terminó cuando los carraspeos de sus amigos les trajeron de regreso al mundo real.

 

–Tu otro regalo está esperándote en casa, pero como sé lo mucho que te gusta abrir regalos, te he traído éste.

 

Hyde recibió una caja cúbica, rasgó el papel como un niño pequeño en un arrebato de emoción y luego levantó la tapa, cubriendo de inmediato el regalo.

 

–¿Qué es, Doiha chan?

 

–Hmm... algo lindo.

 

–¿Lindo? ¿Qué puede ser?

 

–Nada demasiado interesante, Ken chan.

 

–Quiero verlo.

 

–No –Hyde apretó la caja contra su pecho en actitud protectora.

 

–¡Vamos, Hyde! ¡No seas nena, déjame verlo! –exigió levantándose de su asiento y empezando un forcejeo mal disimulado por arrebatarle la caja de regalo.

 

Al final, como era de esperarse, la estatura y la terquedad se impusieron y Ken le arrebató la caja, sosteniéndola lo más arriba que podía y, obviamente, fuera del alcance de su amigo. Hyde, enfurruñado, se dejó caer en la silla y cruzó los brazos sobre el pecho.

 

–Veamos –con una sonrisa triunfal, Ken sacó el regalo de su caja... bóxers negros con montones de pequeñas calaveras impresas en blanco y gris. Ken estudió la pieza antes de prorrumpir en sonoras carcajadas, hondeando la prenda como si se tratase de una bandera–. Ne, Saku chan, piensas divertirte esta noche, ¿ne? Porque seguramente querrás que alguien modele esta pequeña pieza de tela para ti, ¿no?

 

–Al menos no es una tanga –comentó Tetsu muy divertido.

 

–Dije que no era nada demasiado interesante –dijo Hyde remarcando sus palabras mientras recuperaba la prenda de manos de Ken y la embutía de regreso en su caja con aire molesto y un profundo rubor en las mejillas.

 

–Como digas, enano. Bueno, Yuki chan, igual que Saku, algo especial te espera en casa, pero... –dicho esto, le presentó un estuche de joyería.

 

Con dedos hábiles, el baterista botó la tapa y tomó entre sus dedos una hermosa cadena de plata para adornar pantalones, cada eslabón un intrincado nudo celta rematado en un pequeño diamante ruso.

 

–Muchas gracias, Ken chan.

 

El guitarrista recibió gustoso el beso que se había ganado al elegir tan bien; pero luego sintió un incómodo silencio llenar el ambiente.

 

–Yo... no he traído tu regalo, Ken chan...

 

–Oh...

 

–Seguramente te estará esperando algo realmente grande –intervino Sakura regalándole un guiño.

 

–En realidad... aún no tengo tu regalo, Ken chan.

 

Una vez más, el silencio pesó entre ellos.

 

Tetsu no terminaba de asimilar el hecho, y Hyde a penas podía creer que el detallista Yukihiro no se hubiese preparado para la fecha.

 

–Tetchan –rompió el silencio el alto y enigmático cantante, disolviendo la tensión como si no hubiese pasado nada en cuestión de segundos–; espero te guste lo que he elegido para ti.

 

El líder de L'Arc~en~Ciel recibió un pequeño sobre que ni siquiera estaba sellado. Lo abrió y extrajo de él un pequeño trozo de papel, que resultó ser el fragmento de un volante publicitario.

 

Tetsu miró a su amante con extrañeza, sin comprender en absoluto. Quizá todo el tiempo del Universo no alcanzaría jamás para terminar de comprender a ese hombre que lo miraba con una sonrisa enigmática en los labios y una chispa en sus ojos vestidos de azul.

 

–Me han dicho que es uno de los mejores restaurantes de París –comenzó–. Así que reservé una mesa para nosotros. La cena es pasado mañana, y nuestro vuelo sale mañana por la noche –terminó, con una enorme sonrisa al apreciar el efecto que sus palabras tenían en su amante.

 

–¿París? –repitió Tetsu como si no acabara de creerlo.

 

C'est la ville de l'amour, Tetchan.

 

Tetsu se lanzó a sus brazos, mientras Hyde alzaba los ojos al cielo en un gesto de exasperación ante la melaza que súbitamente inundaba el ambiente.

 

Con las mejillas encendidas, Tetsu sacó del bolsillo de su saco una caja rectangular de un tono pardo decorada con una cinta color cobre que había sido aplastada sin remedio en el interior de su ropa.

 

La cinta se deslizó sobre sí misma a la voluntad de aquellos ágiles dedos de pianista, y pronto la tapa se alzaba para revelar una delgada daga de pulida hoja plateada y hermosa empuñadura tallada en negro.

 

–La empuñadura... está tallada en ónix –explicó el bajista, consciente del intenso rubor que le cubría toda la cara.

 

–Es bellísima –tomó la daga en su mano, probando el balance y la densidad del acero de la hoja mientras estudiaba la pulida superficie de piedra–. ¿Cómo la conseguiste?

 

–Tuve que pedir que la fabricaran para mí... bueno... para ti.

 

–Arigato.

 

Todos se miraron extrañados ante la falta de un agradecimiento más efusivo de su parte; pero Tetsu sólo pudo sonrojarse más. La expresión con que lo miraba delataba de inmediato que, tan pronto como llegaran a casa, el regalo le sería agradecido sin descanso hasta que el sol estuviese bien alto en el cielo.

 

–¡Ken san!

 

Ken maldijo por lo bajo al reconocer la voz de un joven guitarrista indie que se había convertido en lo más cercano que existía en el cosmos a su sombra durante los últimos  meses.

 

–Ahí viene el presidente de tu club de fans –dijo sarcástico el baterista de cabellos de ébano.

 

–Ni lo menciones. Retirémonos, chicos. Nos veremos mañana y entonces podremos continuar con esto.

 

–Antes de que lo olvide, me surgió un compromiso ineludible en los próximos días, así que tómense vacaciones esta semana hasta Noche Vieja –dijo Tetsu rápidamente mientras dirigía una mirada cariñosa a Gackt, plenamente consciente del profundo rubor en todo su rostro.

 

–Ah... huyamos de aquí antes de que nos ahoguemos en la melaza.

 

–O de que a Tetsu se le pase el efecto y se arrepienta de lo que ha dicho –terció Sakura.

 

–O que ese niño venga a intentar arrebatarle a Ken a Yuki.

 

Todos estuvieron de acuerdo, se despidieron con prisa e hicieron una rápida y discreta salida. Después de todo, había sido un día demasiado largo para ellos, tendrían su fiesta particular más tarde ese día, cuando ya el sol hubiese calentado el frío aire de Tokyo; y más de uno de ellos deseaba encontrarse a solas con otro miembro de ese grupo.

 

Tan pronto como se encontró en la autopista, la presencia de aquel chico desapareció de la mente de Ken para ser reemplazada por un detalle más importante: Yuki no le había dado un regalo. No era que necesitase de algo... a él mismo le sobraba dinero para comprar todo lo que pudiera ocurrírsele, pero le preocupaba seriamente que el baterista no hubiese tenido esa atención. Yuki era una persona fácil de complacer, pero que se esmeraba en los detalles más insignificantes cuando se trataba de los demás. ¿Qué podía significar que no hubiese tenido un regalo para él? ¿Falta de interés? ¿Alguna indirecta hacia una falla en que estuviese incurriendo sin darse cuenta? Ken sintió su corazón encogerse ante esas y otras posibilidades.

 

Con la mente congestionada de dudas y el cansancio del día, al llegar a casa se dirigió directamente a la habitación, olvidándose de entregar el otro regalo a su amante.

 

Yuki fue tras él, dejando las luces encendidas a su paso. En la habitación, se ocupó en dejar ordenadamente su cartera, móvil, llaves y algunas pulseras sobre el mueble que sostenía el costoso aparato de sonido.

 

Ken se sacó los zapatos, y deshacía la hebilla de su cinturón cuando sintió un par de brazos envolverlo desde la espalda.

 

–¿Doushita no, Ken chan?

 

–Nan demo nai.

 

–Estás muy serio.

 

El guitarrista se sorprendió al no escucharlo demasiado preocupado. ¿Acaso estaba perdiendo a Yuki? Con un escalofrío recorriendo su espalda, tomó aire profundamente antes de decidirse a hablar.

 

–Yuki chan... ¿te has olvidado de mí últimamente?

 

–No.

 

Ken parpadeó, confundido. ¿Qué pasaba con el tímido y atento baterista que él amaba? ¿No pensaba ni siquiera ofrecerle una disculpa o una excusa?

 

–No es que esté exigiéndote nada... pero me sorprendió... un poco... que no me dieras un regalo de navidad... es la primera vez que pasa...

 

–Dije que no tenía aún tu regalo, Ken chan... pero eso no significa que no vaya a darte uno.

 

Aún más sorprendido, intentó mirar sobre su hombro, pero Yuki hundía el rostro en su espalda y lo apretaba con sus poderosos brazos de aspecto frágil.

 

De improviso, Ken sintió una vereda de besos recorrer su nuca, su cuello y finalmente degenerar en un suave mordisco en su oreja. Aflojando el cuerpo y soltando un jadeo, permitió que Yuki lo tendiera sobre la espalda y se montara en su abdomen.

 

Con un rápido movimiento, Yuki largó el pesado sweater arrojándolo al otro lado de la habitación, siguiendo inmediatamente con la playera antes de concentrarse en sus pantalones.

 

Ken paseó las manos por el nervudo torso del baterista. ¿Acaso ése era su regalo? Si así era, no podía quejarse en absoluto. Pero le sorprendía esa actitud en Yuki, y sobre todo le sorprendía que hubiese dejado la luz encendida... su timidez siempre exigía un cuarto en penumbras y una gruesa manta sobre sus cuerpos entrelazados.

 

El delgado baterista permitió que Ken acariciase su cuerpo antes de inclinarse para besar su boca, deshaciéndose de la extraña camisa, desgarrando algo de tela y haciendo saltar algunos botones en el proceso. Llevó sus besos por la mandíbula de Ken, por su cuello, por su pecho, su abdomen... y justamente entonces sus dedos terminaban de desabrochar los pantalones. Antes de que Ken pudiese siquiera registrar lo que estaba haciendo su amante, su cuerpo ya disfrutaba de la sensación de Yuki dándole placer con su boca.

 

Intentó decir algo, pero sólo un gemido escapó de sus labios. Sólo uno, largo y bajo, antes de que el baterista se retirase. Iba a protestar, pero esa noche, Yuki se estaba moviendo demasiado aprisa para él; así que antes de que su garganta accediera a crear algún sonido coherente, Yuki ya se había montado de vuelta en su cuerpo, empujando hacia abajo para hacer que Ken lo penetrase tan profundamente como era posible.

 

En un arrebato de puro instinto, Ken se aferró a los angulosos hombros, tirando a su amante sobre el colchón y adoptando la posición que le gustaba antes de empezar a moverse a un extraño paso, fuerte y suave, tan irregular como su respiración.

 

Yuki arqueaba la espalda, sin resistir en absoluto el cambio de posiciones y, en cambio, disfrutando al máximo de cada movimiento de su amante, apretando las manos en su espalda y forzándolo a permanecer siempre cerca.

 

Antes de que ninguno de los dos pudiera preverlo, el control se les había escapado por completo de las manos, sus cuerpos moviéndose por voluntad propia, ajenos a cualquier señal consciente que sus mentes pudiesen tratar de enviar, en un equilibrio demasiado perfecto para parecer enteramente humano.

 

Las sensaciones del placer recorriendo sus cuerpos como si fueran uno solo parecieron extenderse durante horas, hasta que el tiempo no era ya tiempo; pero cuando hubo pasado y sus cuerpos volvían a relajarse mientras los pulmones luchaban por llenar el organismo con oxígeno de nuevo, parecía demasiado breve.

 

Demasiado.

 

Por esto, cuando Yuki empezó a moverse, Ken lo apretó contra su cuerpo, impidiendo que se apartase de su lado hasta que las energías volvieran a sus músculos para seguir con aquello que, viniendo de Yuki, jamás parecía ser suficiente para saciarlo.

 

 

 

El sol empezaba a salir, pero las luces aún no se habían apagado en aquel apartamento mientras Ken recorría la espalda de su amante con las yemas de los dedos, como si recorriese las cuerdas de una guitarra para probar su tensión.

 

–Si esto era lo que tenías en mente, es el mejor regalo que he recibido en mi vida. Aunque no estoy seguro de que Santa lo apruebe... ya ves cómo este año se ha puesto en contra de los regalos que inciten a la violencia y los vicios.

 

–¿Vicios?

 

–No me digas que eso no fue adictivo –rió Ken.

 

–Un...

 

Tras un rato de silencio, Yuki volvió a hablar.

 

–En realidad, eso no fue tu regalo.

 

–¿No?

 

–Pero creo que ya debe estar listo.

 

Ken le miró interrogante mientras se levantaba y caminaba hasta el mueble, cubriendo su desnudez con una sábana.

 

Yuki extrajo el disco de la cámara de video, lo colocó en un estuche translúcido y luego apagó la cámara.

 

El guitarrista recibió el disco con los ojos muy abiertos.

 

–Estabas... ¿grabándonos?

 

–Un –admitió Yuki mientras sus mejillas empezaban a colorearse.

 

–¡Pero dijiste que jamás aceptarías!

 

–Ichigo ichie –recalcó antes de ir a apagar las luces y volver a acurrucarse al lado de Ken, que seguía sin poder creer lo que tenía entre sus manos, realmente agotado.

 

–Yuki chan...

 

–¿Un? –articuló adormeciéndose.

 

–Lo has hecho de maravilla...

 

–Un...

 

–De verdad, muchas gracias.

 

–Un.

 

–¿Quizá podríamos repetirlo?

 

–¡No!

 

–¡Pero, Yuki chan!

 

–Oyasumi, Ken chan.

 

Y mientras el baterista hundía el rostro en la almohada y pretendía quedarse dormido, Ken continuaba insistiendo, enumerando una larga lista de motivos y excusas para repetir lo de esa noche... incluyendo la cámara.

 

~Fin~


Notas:
Este fic está dedicado a todas *las cuenta con los dedos de una mano* las personas que se toman la molestia de leerme, a la comunidad Vivid Carrots y, sobre todo, a Tetsuko, Jinsei no Maboroshi y Ogawa Saya.

 

¡Feliz Navidad!

 

Alexa~

Diciembre de 2006

 

Notas:

 

1) Ichigo ichie: no tiene nada que ver con fresas. Es un dicho, o un juego de palabras (más bien de kanji) que se utiliza para referirse a algo que pasa sólo una vez en la vida.

 

2) Yuki fue tras él, dejando las luces encendidas a su paso. En la habitación, se ocupó en dejar ordenadamente su cartera, móvil, llaves y algunas pulseras sobre el mueble que sostenía el costoso aparato de sonido.

 

Aquí, Yuki está encendiendo y enfocando la cámara de video. Si no lo notaron, es porque Yuki hizo un trabajo excelente siendo discreto. ^^

 

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