AMNESIA

-por Hisue_Hime-

capítulo I

Disclaimers: Los Laruku no me pertenecen, aunke me gustaría T_T

Notas: Hola, éste el primer fic que publico. Espero que lo lean n_n. El cuento del que habla Hyde es Una Cuestión de Identidad, de Robert Bloch.

Fecha de publicación: 7 de diciembre de 2008 - Corrección: Lara Vergara.

 

Abre los ojos.

 

—Abre los ojos.

 

¿Quién…? Siento un terrible dolor en mi cabeza, como si me hubiera golpeado un bate de béisbol.

 

—Abre los ojos.

 

Esa voz, ¿de dónde viene?

 

—Aquí, en tu cabeza.

 

¿Acaso me ha respondido? Mierda. ¿Qué soy, una especie de esquizofrénico?

 

—Ja, ja, ja, ja, qué imaginativo.

 

Esa voz no es la mía. De pronto me doy cuenta de algo que he pasado por alto: no recuerdo mi voz; no sólo mi voz, quién, qué se supone que soy. Intento moverme, aún con los ojos cerrados, tengo el cuerpo entumecido, pero al menos tengo un cuerpo, pero… no recuerdo. Se supone que debería tener algo en mi mente, algo que pudiera relacionar conmigo, pero no hay nada. No, sí hay: muchas imágenes danzando. La cabeza me duele aún más.

 

—Abre los ojos.

 

¿Por qué demonios insiste con eso?

 

—¿Y si te digo que si los abres, recordarás quién eres?

 

Vale, está bien, voy a abrirlos, pero ¿qué se supone que pasa? Y esa voz, ¿quién es? Abro los ojos, como me dice la voz, y miro alrededor. Nada, no recuerdo nada. Veo el techo, blanco como un hospital (recuerdo hospital, pero nada sobre mí). Intento moverme y mi cuerpo no responde.

 

—¡Demonios! —digo en voz alta. Al menos puedo hablar, no soy mudo; siento mis manos aunque no se mueven, siento mi cuerpo…

 

—Espera un poco, hasta que se pase el aturdimiento. No te esfuerces, vas a necesitar estar bien…

 

Necesitar, y una mierda. ¿Qué eres? ¿Cómo…? ¿Por qué parece que sabes más que yo? Escucho mi risa, ahogada y sombría. Hablo con una voz en mi cabeza, que además parece más razonable que yo mismo; debo estar en un manicomio por lo menos.

 

—No pienses tonterías, no estás loco. Y tienes razón, soy más razonable que tú.

 

—¿Y qué eres?

 

—Nada, ja, ja, ja. No te preocupes por mí. Prueba a moverte, vamos.

 

Lo hago y ahora mis manos reaccionan. Levanto una y la miro. Una mano normal, blanca. O pálida, ya que vamos. Una mano que no puedo relacionar en absoluto conmigo. Me siento como el vampiro en esa historia de terror, ¿cómo se llamaba? Tampoco lo recuerdo. Pruebo a moverme y levanto un poco la cabeza, sintiéndome todavía aturdido; me levanto completamente. Estoy desnudo. Siento frío de pronto.

 

Miro alrededor buscando un armario (al menos no es un manicomio) y me detengo a analizar el lugar: un dormitorio amplio, de paredes blancas, unos afiches que no identifico llenan casi todo el espacio de la pared. Hay una guitarra apoyada en la pared. La miro un momento, intentando pensar si es mía. Tal vez sea un guitarrista. Otra ola de frío sacude mi cuerpo, debe ser invierno. Me acerco al armario y retiro unos pantalones negros, una polera blanca y un abrigo, negro también. Tal vez ése es mi color favorito.

 

De pronto siento cólera. Recordar frío, invierno, guitarra, polera y ¿no tener idea de quién soy? Es de lo más estúpido. Pero el frío vuelve a envolverme y esta vez lo siento hasta en los huesos. Primero cambiarme y luego podré dar rienda suelta a mi ira. Me cambio apresuradamente y vuelvo a mirar la habitación; nada, no me es familiar de nada.

 

Caigo en la cuenta que hay un espejo y que hasta ahora no me he mirado en él. No tengo miedo de que mi cara no se refleje, como en el cuento del vampiro (él también se levanta sin saber quién es, pero no soy un vampiro, porque no existen), sino de no recordar. Si no puedo mi asociar ni una mano conmigo, no creo que con la visión de mi rostro eso mejore y seguro no lo aguantaré. No quiero exponerme a la locura, si es que no la tengo ya. Rebusco en los cajones, ropa, revistas de moda, partituras de canciones (eso explica la guitarra, pero tengo la sensación de que no tiene nada que ver conmigo).

 

La voz esa me engañó, no he recordado nada (molesto con una voz en mi cabeza, ridículo).

 

—Eres muy divertido, ¿sabes?

 

¿Divertido? No es nada divertido.

 

—Me sorprendes, otra persona en tu lugar hubiera entrado en pánico.

 

—Púdrete.

 

Me paro en medio de la habitación, frustrado. El espejo detrás de mí me atrae y a la vez me da terror. Empiezo a sentir hambre; eso es bueno, al menos estoy vivo (cómo no, si siento frío y terror. Apuesto que la muerte no es así de confusa). Me dirijo a la puerta y me detengo antes de tocar la perilla, desconcertado por lo que encontraré. Pero no tengo otra alternativa, ¿o sí?

 

—No, no la tienes.

 

Tengo la sensación (estúpida y ridícula a todas luces) de que la voz sabe exactamente qué pasará y que disfruta con la perspectiva. Abro la puerta como si detrás esperara encontrar el misterio de la vida (o sea, con pánico y anhelo a la vez). En vez de eso hay un pasillo. Me adentro a él, cada vez más ansioso y aterrorizado. Me doy cuenta que acaricio mis manos, como si tuviera frío (que por cierto ya no tengo, gracias al abrigo). Pienso en el abrigo. ¿Será mío? Es negro, largo, algo pesado, pero cómodo y caliente.

 

Con la imagen del abrigo en mente, me doy cuenta que estoy en una sala, hay un sofá que parece caro, una pantalla de plasma y el equipo de sonido de última generación. La persona que vive aquí (yo, tal vez) no parece ser pobre. Hay una repisa con fotos a las que no presto atención, una mesa de vidrio en el centro, discos apilados, pero nada que me haga recordar. La ira regresa. Es frustrante, demonios, frustrante estar en una casa y sentirme un intruso, un intruso incluso en mi cuerpo, que no reconozco. Sin ganas de quedarme allí, camino y llego a la cocina; la puerta está entreabierta y hay alguien ahí.

 

Un pánico helado recorre mi cuerpo. Hay alguien ahí y esa persona podría ser responsable de lo que me pasa. Ésta seguro es su casa. Casi inconscientemente abro la puerta. Un hombre de cabello castaño corto (por cierto, mi cabello es negro), vestido informalmente está de espaldas a mí. Me mantengo en silencio, pero al parecer me siente y da la vuelta. Sus rasgos se contraen en una sonrisa. ¿Quién es él? 

 

—Ohayo, un poco más temprano que de costumbre, ¿no? Estoy preparando el desayuno ¿Quieres…?

 

Se corta, al parecer advirtiendo que no me muevo y el pánico que de seguro está presente en mi rostro.

 

—¿Te pasa algo? Te ves mal. ¿Te sientes bien?

 

Se adelanta y yo, presa de un miedo infantil, en vez de contarle qué pasa, ver si puede ayudarme, sólo retrocedo.

 

—Espera, ¿qué tienes? —dice intentando cogerme.

 

—¡Suéltame! —grito—. ¿¡Quién eres tú!? ¡Aléjate! —grito y mi voz se oye extraña, un poco infantil. Su rostro se vuelve a contraer, esta vez en una mueca de pánico. Siento que me mareo, veo la puerta y corro hacia ella. El hombre al parecer se ha sorprendido, porque no me sigue. Corro por pasillos y escaleras, subo a un ascensor (siento que lo hago por inercia, sin sentirlo) y bajo al primer piso. Salgo a la calle. Una ciudad que se extiende por todos lados me da la bienvenida. Camino entre la gente y me doy cuenta de que tengo unos lentes negros en la mano y de que el abrigo tiene una capucha. Me pongo los lentes y subo la capucha, sin saber qué sentido tiene. Por primera vez desde que me levanté siento verdadero terror. Terror por no saber quién soy, ni a dónde dirigirme. Terror por estar tan consciente. Terror por haber salido huyendo de esa casa. Me rodeo con mis propios brazos y ahogo las ganas traicioneras de llorar.

 

~Continuará~

 

 

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