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-por Alexa- |
Por última vez antes de salir,
Hyde se miró en el espejo. Con una enorme sonrisa en el rostro, repasó
su aspecto: zapatos casuales en ante café oscuro, jeans deslavados con
un par de remiendos intencionales y, por supuesto, el jersey oficial de
la selección japonesa de fútbol. Sintiéndose quince años más joven,
entró en la cocina, embutió cuatro sixpacks de cervezas en una hielera
flexible y rellenó el poco espacio restante con hielo triturado. Una voz
a su espalda interrumpió su feliz silbido.
–¡Hace mucho que no te veía de
tan buen humor!
–Ah, pues... ya ves –respondió
mientras se entregaba a la tarea de cerrar la hielera.
–¿Crees que estarás de regreso
para la hora de la comida, Hi chan?
–¡No, Megumi! ¿Cómo crees?
–contestó rápidamente–. Los comentarios van a empezar a las once y
media, pero el partido...
Ella simuló escuchar mientras
su esposo le explicaba de nuevo que un partido de fútbol se jugaba en
dos tiempos de cuarenta y cinco minutos, que había un intermedio para
dar descanso a los jugadores, qué era un tiempo de compensación, etc. En
realidad, ya sabía la mitad de aquello y la otra mitad no le interesaba,
pero había hecho la pregunta simplemente por ver su expresión mientras
hablaba. Era la misma expresión de todo hombre cuando intentaba
infructuosamente explicar el fuera de lugar a su novia, hermana, o
cualquier fémina sobre la faz de la tierra. Invariablemente, le habría
entendido la mitad y él sólo negaría con la cabeza, como si la
comprensión de las reglas del fútbol fuera a devolver el balance al
Universo.
–Bueno, ya me voy o llegaré
tarde.
–¡Nos vemos, Hi chan,
diviértete!
–¡Hai, hai!
Megumi estuvo a punto de reír
a carcajadas cuando al fin su marido salió de la casa. Él y sus amigos
habían quedado en reunirse en casa de Tetsu para ver el partido de
fútbol, que sería alrededor de las once y media de la mañana, y a penas
pasaban de las nueve. Lo cual explicaba la desesperación de Hyde, pues
ya de experiencias anteriores en su propia casa, Megumi sabía que los
hombres se juntaban tres horas antes para comentar sus expectativas, las
fuerzas y debilidades del oponente, entre otras cosas; y se quedaban
hasta tres o cuatro horas después del partido repasando las jugadas que
ya la televisora había repetido treinta veces, hablando de las
progenitoras de los jugadores del equipo contrario y, lo más importante,
para celebrar la victoria con una borrachera épica o llorar la derrota
bebiendo hasta casi provocarse una congestión alcohólica, según fuera el
caso.
Sabiendo, por lo tanto, que
tenía prácticamente todo el día libre, Megumi se cambió, llamó a una
amiga suya y se arregló para ir a comer fuera con ella. Ambas
agradeciendo a Dios que sus hijos fueran aún lo bastante pequeños para
ir con ellas y jugar en el parque mientras ellas conversaban
amenamente... Debían esperar unos doce años más y entonces los tendrían
haciendo compañía a sus padres.
–¡Lo sabía! –rezongó Hyde al
ver tres autos conocidos en el estacionamiento de Tetsu, en lugar de
sólo uno. Con cara de fastidio, las cejas fruncidas bajo los anteojos de
sol y el largo cabello delatando su identidad aún bajo la playera de su
equipo, tomó el ascensor, sin resentir en absoluto el peso de la
hielera.
La puerta se abrió y su
expresión cambió de una de total hastío por una de franca diversión. Ahí
estaba Ken, con el uniforme completo del equipo japonés.
Mientras entraba, dejando la
hielera en el piso, permitió que se le escapara una sonora carcajada.
Yuki y Tetsu salieron de la cocina a tiempo para ver cómo un Hyde reía
histéricamente y tenía que buscarse un asiento para no tirarse al piso.
El baterista llevaba jeans, la obligada camiseta azul y una banda en la
frente que rezaba: “Victoria segura”. Tetsu, por su parte, vestía
pantalones vaqueros con más de un agujero (capricho de algún ingenioso
diseñador europeo que sabía cómo convertir un tijeretazo accidental en
una adición a su colección de moda de verano), zapatos blancos, camiseta
de la selección japonesa, muñequeras azules a juego y una banderita de
Japón en cada mejilla (pintada, por supuesto, con maquillaje de Chanel).
–¿Doushita no, Doiha chan?
–preguntó Tetsu incapaz de comprender qué causaba el ataque de risa de
su vocal.
Sin poder dejar de reír y sin
poder abrir los ojos (por cierto llenos de lágrimas), señaló en la
dirección general de Ken.
Tetsu lo miró largo rato,
ladeando la cabeza varias veces. Por fin, se unió a la risa de su amigo.
Yuki se rascó la cabeza,
mirando a Ken y sin poder comprender.
Cuando al fin los dos músicos
lograron contenerse, Tetsu empezó a explicar.
–Es que... –se limpió una
lágrima del ojo derecho–. Ken chan, te bronceas muy bien, pero tienes
las piernas pálidas –volvió a reír.
Ken se miró las piernas,
pensando que debería anotar ese detalle en su próxima sesión en la
cámara de bronceado, pero Hyde tenía otra razón.
–En realidad es porque pareces
un niño, Ken. No me había fijado en lo de tus piernas.
Sólo Tetsu seguía riéndose,
tirado en el sillón.
–Si crees que me veo gracioso,
deberías ver a Gackt –refunfuñó, sin que esto le impidiera tomar asiento
en el mejor ángulo para ver el partido.
–¿Yo qué?
Hyde se volvió al escuchar la
grave voz del otro cantante. Habría vuelto a reír hasta partirse en dos,
pero la visión de Gackt con sus botas de tacón medio, ajustados
pantalones de piel negra, una docena de anillos en los dedos, anteojos
de sol y jersey azul deportivo era para quedarse pasmado. Por si fuera
poco, llevaba una estilizada bandera de Japón pintada en el dorso de la
mano izquierda, y aunque no se puso a mirarle de cerca, estaba seguro de
que Gackt había incluido algunos grabados extraños en el rojo del sol
naciente de su bandera.
–Nada, Gacchan, que luces
sensacional, como siempre.
–Un –asintió el cantante
mientras se sentaba junto a Tetsu y se convencía de que no quería
averiguar lo que estaba pasando en ese momento.
–Bueno, ya estamos todos.
–Y creo que no falta nada
–dijo Yuki observando la mesa de la sala llena hasta los bordes con
charolas conteniendo montañas de botanas no nutritivas y tres hieleras
en el suelo bien provistas de cerveza. Por supuesto, ningún hombre en su
sano juicio se levantaría de su asiento durante el juego para ir por
bebidas o botanas, así que todo debía estar a la mano.
–Sí. Momento, ¿y Sakura?
–¿No te dije, Haido chan? Se
fue a Alemania con Ein. Verá el partido en vivo, el maldito.
–Oh. ¿Y por qué no fuiste con
él?
–Estaba... ocupado el día que
se fueron –recordó, sin mucho embarazo, que había perdido el vuelo a
Alemania por quedarse dormido enredado en dos pares de piernas
femeninas.
–Lástima.
–Pues sí, aunque...
De pronto, el silencio fue
absoluto. La pantalla era dominada por el verde del campo, aunque los
jugadores todavía no hacían su aparición.
–Ese idiota no sabe nada.
Tamada ha hecho un papel excelente en los últimos juegos –se quejó Ken
de los comentarios del cronista.
Los otros cuatro asintieron,
con la boca llena de frituras sabor camarón o a medio trago de cerveza.
Un rato después, el silbatazo
marcó el inicio del juego... y de los juramentos, los gritos
estrangulados y las menciones de las mamás de los árbitros.
Japón perdió una clara
oportunidad de anotar, y mientras las quejas del público hacían cimbrar
el estadio, en un apartamento de Shibuya, cinco hombres les hacían una
dura competencia.
–¡Fuck! –fue el grito de Hyde,
que más bien sonó como fug.
El puño de Gackt se estrelló
en la rodilla de Tetsu (que no se quejó por el golpe, sino por la falla
del jugador), y después se quedó ahí.
Entre pases interceptados,
servicios fallidos, fintas mal planeadas, entre otras cosas, el primer
tiempo avanzaba lentamente para los japoneses, que no veían muchas
posibilidades para su equipo. El único que permanecía silencioso era
Tetsu. Cruzó las piernas bruscamente, y la mano de Gackt regresó a su
lugar sobre el respaldo del sillón.
El balón no avanzaba demasiado
sobre el campo de ninguno de los dos equipos, en una horrible monotonía
que recordaba a un juego de niños de primaria.
–¡Ah, demonios! –gritó Tetsu
sobresaltando a los demás.
–¿Qué pasa, Tetchan?
El bajista sintió una gota
aparecer sobre su cabeza... quizá efecto secundario de leer tanto manga.
–Etto... que... ¡que no se
mueven! ¡No sé qué piensan que fueron a hacer a Alemania! –fingió
enfado–. Traeré una pizza.
Se puso en pie y todos lo
miraron como si de pronto le hubieran salido antenas.
–En fin, que no están haciendo
nada –señaló acusadoramente la enorme pantalla de plasma.
Los demás asintieron, pensando
que era inusual ver a Tetsu tan molesto con un juego de fútbol, así
fuera el mundial.
–¿Vienes, Gacchan?
–Un.
Yuki aprovechó de tomar el
lugar que ocupaban antes los otros dos, porque el televisor le quedaba
más en frente.
En la cocina, Tetsu se quitaba
la camiseta mientras Gackt lo manoseaba, empujándolo contra la isla.
–Me importa un nabo lo que
esté pasando en Alemania –dijo antes de recibir el desesperado beso de
Gackt y ayudarle a terminar de deshacerse de la ropa.
Un rato después, viendo
satisfechas sus necesidades más inmediatas, Tetsu recordó que tenía
invitados en la sala.
–¿No nos hemos tardado
demasiado?
Gackt se asomó por la puerta
de la cocina. Sus amigos seguían enzarzados en una discusión sobre si el
árbitro debía o no haber marcado ese último penal. Sonó el silbatazo del
segundo tiempo y los tres músicos volvieron a concentrarse en el juego.
–Creo –dijo Gackt con una
sonrisa– que tenemos otros cuarenta y cinco minutos.
Disimuladamente, Yuki se
recargó contra el hombro de Ken, pegándole además el muslo contra el
suyo. El guitarrista podía ser realmente lento para captar las cosas a
veces, pero en ese tipo de situaciones, era de lo más avispado. Vació su
lata de cerveza, la arrojó hacia un lado (causando una mancha en la
alfombra de Tetsu, que luego negaría reconocer) y se puso en pie con una
enorme sonrisa muy sugestiva.
–Voy al baño –anunció, feliz.
Hyde medio asintió, pasándose
un puño de palomitas de maíz con dos tragos de cerveza.
Menos de dos minutos después,
Yuki se disculpó también.
–Regreso en un momento.
El vocal no se preguntó por
qué Ken o Yuki no regresaban a la sala, pues había sólo un baño cerca; y
mucho menos se percató de que una pizza para horno de microondas no
tarda una hora para cocinarse.
Veinte minutos después, la
mitad de los músicos de L’Arc~en~Ciel estaban apretujados en el pequeño
baño de la estancia de Tetsu, sobre el linóleo apreciándose un uniforme
de fútbol, un par de jeans y un jersey de la selección japonesa.
–¡Gol! –se escuchó el grito
desaforado de Hyde desde la sala, sonando más bien a algo parecido a “gooru”.
–¿Gore? – preguntó Ken
jadeando.
–¡No! –a velocidad
supersónica, Yuki recogió su ropa, la devolvió a su posición original y
regresó a robar el lugar frente al televisor justo a tiempo para ver la
repetición del gol de Japón y celebrarlo junto a Hyde.
Treinta segundos después, Ken
volvía a ocupar su lugar de antes en la sala, alternando un grito, un
trago de cerveza y un bocado de alguna botana.
Con el grito de Hyde, Gackt
volvió a asomarse por la puerta de la cocina.
–¡Sí!
–¿Eh? –preguntó Tetsu sin
poder abrir los ojos.
–Ya tenemos un gol, Tetchan.
–¿Honto?! –como por arte de
magia, recobró el control y estuvo a punto de salir corriendo a la sala
para ver la repetición, sólo para verse sujeto por un brazo.
–Eh... Tetchan...
El bajista siguió la línea de
visión de Gackt hacia su propio cuerpo, sonrojándose enseguida. Se
vistió rápidamente y ya iba camino a la estancia cuando recordó algo.
–¡La pizza! –aún con su
desesperación, recordó lavarse las manos y ponerse un delantal antes de
sacar la caja del congelador y meterla al microondas, marcando diez
minutos en el reloj.
Cinco segundos antes de que el
timbre del horno sonara, Gackt terminaba de pelearse con sus pantalones
de piel, se ponía el jersey azul y mientras Tetsu sacaba cuidadosamente
la pizza del horno, él se lavaba las manos y la cara en el lavaplatos.
Tetsu puso la caja con la
pizza sobre unas botanas, mientras hacía una cara al ver los mejores
lugares ocupados. Terminó colocándose en el brazo del sillón, y Gackt
tirándose en el piso, con tal de no perderse la segunda llegada de su
equipo, sólo para que el guardameta contrario lo arruinara y todos
pudieran maldecir a sus anchas.
Un minuto después de terminado
el partido, los cinco estaban molestos con el equipo contrario, con los
árbitros, con el director técnico por no haber hecho cambios en la
alineación y haber dejado en la banca a quien según ellos podía haber
salvado el juego, y con los cronistas, por remarcar los errores
cometidos por el equipo azul. Por supuesto, a estas alturas ya podían
todos comentar el juego a la perfección, pues conocían las jugadas
dignas de comentarse gracias a las cuarenta repeticiones de la
televisora de cada pase y cada paso desde todos los ángulos posibles.
Esa tarde, unas cuatro horas y
media después, Hyde regresaría a casa aún murmurando maldiciones entre
dientes, con las cejas fruncidas y con ganas de darle a Megumi un
detallado resumen de dos horas de un juego que había durado una y media.
¿Que si había pasado algo raro? Sí, los defensas habían sido un asco...
de ahí en fuera, todo normal; es decir, Tetsu se había tomado cinco
minutos para ir a calentar una pizza y Ken se había perdido la
repetición del gol por haber ido al baño...
Los efectos del fútbol en los
hombres...
~Fin~
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