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-por Vittoria D'Lenfent- |
Pensaba que no resultaría difícil enamorarse de aquella voz.
Incluso en ocasiones, teniendo en cuenta la posibilidad de que cualquiera podría caer rendido a sus pies tras oírle entonar un par de notas o cantar algún versito estúpido, me imaginaba apretando la piel de su delicado cuello hasta hacerla callar para siempre.
Claro que, como ya he dicho, aquello constituía únicamente parte de mi vasta imaginación. Habría cometido un crimen de lesa humanidad de haber concretado semejante fantasía eventual. Yo simplemente oprimía los dientes y me concentraba en hacer sonar los platillos de la batería con la esperanza de que lograsen sofocarla.
Vivíamos juntos hacía un tiempo en un piso de Nakajima y gozábamos por lo tanto de cierta intimidad y confianza. Pero a menudo me daba cuenta de que no se trataba más que de una familiaridad superficial, pues descubría, al reflexionar sobre ello, que de Hide yo sabía muy poco. A veces, de hecho, solía considerar su mente como un universo extenso donde no existían siquiera rendijas por las cuales se pudieran espiar formas o sustancias.
Aquella noche de primavera hacía buen clima. Las lluvias equinocciales se habían interrumpido y el cielo respiraba por fin limpio y tímidamente estrellado. Me vestí con sobriedad, apagué el cigarrillo en el pequeño cenicero de loza y cerré la puerta tras de mí. Mi compañero de vivienda había quedado a solas con su poesía, todavía arrojando cenizas sobre tres o cuatro colillas extinguidas.
En un restaurante del centro de la ciudad me esperaba una muchacha. Apenas bajé del taxi la vi a ella y a su cabello azabache desparramado sobre sus hombros pequeños. Sonrió al percatarse de mi presencia dentro del restaurante y agitó la mano, invitándome a tomar asiento en su mesa.
—Yamaguchi Akemi. Mucho gusto en conocerte.
Cuando escuché su nombre, éste se me antojó conocido aunque lejano, como si lo hubiese leído en la tapa de algún libro o en los créditos de una película. Bueno, teniendo en cuenta el principio de originalidad, debía haber muchas Akemi Yamaguchi en Japón. Inmediatamente me pregunté si habría otras personas llamadas Hideto Takarai, y cómo serían. Qué aspecto tendrían sus rostros, dónde vivirían, si mantendrían sus cabellos largos o cortos. Cómo sonarían sus voces.
Ordenamos pastas y vino blanco. Akemi se llevó un cigarrillo a los labios y me miró con sus ojos negros de forma interesante. Suponía que sería difícil romper el hielo al estar ambos cenando en un restaurante de pasable nivel aún siendo completamente desconocidos, luego de haber aceptado la propuesta de un amigo en común de encontrarnos. “Debes sentirte demasiado solo aquí en Osaka”, me había dicho mi amigo. “Creo que te presentaré a una chica para que te haga compañía y te suba el ánimo. Es bastante atractiva, y además se dedica al arte. De seguro te gustará conocerla.”
En un principio la idea me había entusiasmado muchísimo. Las vicisitudes de la mudanza, los ensayos (el motivo de dicha mudanza) y las salidas con los integrantes de la banda me habían mantenido alejado de asistir a citas o a acontecimientos similares. Además, estaba interesado en encontrarme con una mujer instruida con la cual entablar una conversación que me hiciera olvidar momentáneamente mi hogar en Tokio.
—A decir verdad... —dijo Akemi tras darle un sorbo a su copa—… yo le insistí a Tetsuya para que te propusiera salir conmigo.
—¿De verdad? Lo había imaginado. Tú estabas en nuestro último recital, ¿verdad?
—Bueno, parece que nuestro querido amigo no puede guardar algunos secretitos. Pero no me avergüenzo, ¿sabes?
—No veo por qué deberías avergonzarte —respondí—. Las mujeres tendrían que ser más desenvueltas. Entonces los hombres podríamos ser más felices.
Ella asintió y sonrió. Una hilera pareja de dientes asomó entre sus labios ligeramente maquillados. No se trataba de una muchacha especialmente hermosa, pero sí atractiva y algo encantadora.
Llegaron mis tallarines y sus macarrones. Ella se puso a hablar de sus estudios y su trabajo con la pintura. Los conocimientos con los que contaba eran más bien teóricos que prácticos y, según lo que decía, se codeaba con importantes y reconocidas figuras del ámbito artístico. Actualmente estaba ayudando a organizar una exposición de las obras de un pintor extranjero que se había puesto de moda. Contaba todo ello realizando enérgicos movimientos con las manos, presa de un fanatismo poco común.
No sé en qué momento exactamente comencé a sentirme agobiado. Quizá fuera en el intervalo entre que sorbí el último tallarín y terminé la tercera copa de vino. La voz de Akemi de pronto se había tornado el zumbido más molesto del mundo, el rouge de sus labios un maquillaje burdo y de mal gusto, los demás comensales del restaurante, puro barullo insoportable. Procuré desentenderme del discurso de mi acompañante y concentrar mi atención en la música ambiental, que sonaba demasiado débil para mi gusto.
—Lo lamento. Te he aburrido —se disculpó al descubrir mi vista clavada en su plato manchado de salsa boloñesa.
—No. No te preocupes —repliqué con rapidez.
—Está bien, ya me han dicho que hablo demasiado de mí. ¿Por qué no me cuentas algo tú? O si no, si te apetece, podemos hacer algo que nos involucre a los dos.
Antes de que pudiera comprender a qué se refería, sentí su rodilla estirarse hasta alcanzar la superficie que quedaba en medio del principio de mis piernas. Allí se quedó, masajeando delicadamente, dentro de las posibilidades que nos ofrecían la distancia y el mantel que cubría la mesa. Mientras ella esbozaba una expresión traviesa y divertida, yo intenté evitar que mi cuerpo diera un respingo para no verme tan estúpido.
—Podríamos ir a un love hotel una de estas noches —propuso Akemi en un tono muy bajo, casi un susurro, apoyando las palmas de las manos sobre sus muslos y recargando el torso en la punta de la mesa para acercarse mejor, de manera que apenas tenía que inclinar los ojos unos pocos grados para observar sus pequeños pechos asomándose por el escote de su blusa.
—Podríamos.
Pero no esa noche. Al rato Akemi contrajo su rodilla, llamó al mozo, pagó la mitad de la cuenta y se despidió luego de darme su número telefónico y pedirme el mío. Yo intuí, al ver desaparecer su delgada figura dentro del taxi que, ya fuera por culpa mía, culpa suya o simple desidia, jamás volvería a encontrarme con aquella muchacha.
A la vuelta, le indiqué al taxista que me dejase unas diez o quince cuadras antes de llegar a mi apartamento. Tenía ganas de caminar bajo aquel cielo despejado, además de que el clima, ni demasiado fresco ni demasiado caluroso, incitaba más a la actividad que a la pereza. Tal vez, pensaba, si respiraba la suficiente cantidad de aire de Osaka mi nostalgia terminaría de pasar y finalmente me acostumbraría a esta ciudad.
En el cenicero de loza se apilaban ahora cinco nuevas colillas, las cuales cubrían su base por completo, algunas quemadas entre sí. Hide seguía despierto. Había abandonado la mesa del comedor para dirigirse al único dormitorio del apartamento, donde, sentado sobre su cama con las rodillas flexionadas, continuaba escribiendo poesía. Debido a los rasgos suaves de su rostro, el cabello largo cubriéndole la espalda entera y el tipo de vestimenta que solía usar, Hide se asemejaba más bien a una quinceañera escribiendo cartas de amor.
—¿Cómo te ha ido? —preguntó ni bien arrojé la campera de cuero a los pies de mi cama. Sus ojos apenas se distanciaron del papel que apoyaba sobre los muslos.
—Normal.
—¿No te ha gustado?
—No, no es eso.
Inmediatamente me dirigí a la nevera por una lata de cerveza helada. La falta de sueño y el sabor insistente del vino en mi paladar me incitaban a consumir más cantidad de bebida alcohólica. Regresé al dormitorio con la cerveza y un cigarrillo colgando de los labios.
—Creo que ya se me ha ocurrido una melodía para este poema—comentó Hide—. ¿Quieres oírla?
—Ahora no estoy de humor. Enséñamela mañana.
Arrojé mi cuerpo sobre el colchón de la misma manera que había hecho con el resto de mi vestimenta, exceptuando la ropa interior. De pronto deseé quedarme dormido, importando muy poco las condiciones o comodidades, y despertar cuanto antes a un nuevo día. Justo cuando me parecía sentir que mi mentón empezaba a hundirse en aquella mullida superficie, algo que no cuadraba dentro de mis pocas condiciones o comodidades sucedió.
—Creí haberte dicho que me la enseñaras mañana —mascullé.
Hide no oyó mis quejas, y si lo hizo, poco importaba, pues su proceder no hizo nada similar a detenerse, excepto emitir una risita que se extinguió con rapidez para dar nuevamente paso a su melodía.
En mi interior, yo sabía que, por más Akemis Yamaguchi y Hidetos Takarai que existieran, o incluso Yasunoris Sakurazawa, ninguno de ellos, al igual que nadie de este mundo, cantaba como él lo hacía. Probablemente fuese más que una cuestión de color o registro. No. No se trataba de ello. Era la forma en la que sacaba el aire de sus entrañas, con tanta vehemencia que daba la sensación de querer arrancarse de su cuerpo. Como si aquella fuera la única opción para dejar de ser él mismo, al menos durante unos instantes. Distaba muchísimo del fanatismo de Akemi hacia el arte. Debía de haber sufrido bastante en la vida para cantar así.
Pensaba que no resultaría difícil enamorarse de aquella voz. Pero más difícil me resultaba a mí evitar hundirme en una fosa oscura y profunda, donde mientras estuviese cayendo, desesperado, impotente, el eco de sus canturreos se me clavara en cada centímetro de piel, cada poro.
—¡Hablo en serio!
Más risas y más canto. Nada de ello cesó en cuanto me decidí a subirme a su cama y abalanzarme sobre él. Ni siquiera al apoyar la palma de mi mano sobre su boca. Podía sentir sus labios tensados en una sonrisa y la humedad de su aliento cuando los separaba con el firme objetivo de continuar escupiendo su melodía. El sonido de su entonación sofocada resultaba casi doloroso.
De repente, como comprendiéndolo todo, o quizá temiendo que hubiese algo terrible que comprender, guardó silencio y se quedó quieto. El tacto me indicó que ya no sonreía. El color de su rostro se había vuelto algo pálido, y sus ojos presentaban una expresión poco definida, entre el miedo y la incertidumbre.
Mi mano se retiró lentamente, acariciando con el delicado movimiento los labios y dientes de un Hide inmóvil. Lo besé sin timidez, pero suavemente. Percibiendo el amargo sabor a tabaco de su boca, olvidé el del vino. El silencio se había transformado ya en una sustancia capaz de calificarse como intensa. Hide no parecía estar de acuerdo con tales condiciones, así que emitió un gemido bajito, pero tan apagado, tan natural, que se oyó como si fuera la manera más indicada de terminar con aquel mutismo aplastante.
—¡Sakura!
La tonalidad de sus mejillas abandonó la anterior palidez y se inyectó de sangre. Sus ojos se abrieron en exceso, viéndose más grandes que de costumbre. Tardé en darme cuenta de que correspondía aquella a su reacción tras sentir mi mano izquierda colándose entre sus ropas y ejerciendo presión sobre uno de sus pezones.
—Yo... lo lamento —me disculpé, y advertí que la vergüenza también comenzaba a acalorarme el rostro.
Agaché la cabeza y junté los párpados, dispuesto a levantarme. Fueron sus dedos, sin embargo, los que se cerraron alrededor de mis brazos para detener tal impulso.
—No —dijo—. Está bien, ¿sabes? Puedes hacer lo que quieras conmigo. No me molesta.
Me quedé atónito frente a las palabras que acababa de escuchar. ¿Qué significarían ellas en el universo foráneo al que pertenecía su mente? Sus ojos, ahora especialmente expresivos y llenos de brillo, quizá intentaban concederme un indicio. Pero mi atención estaba completamente dedicada a los dedos finos que pulgada a pulgada abandonaron mis brazos y se asieron a la tela de los boxers que llevaba puestos, tirando firmemente de ella para volver a acercarme a su cuerpo, el cual apoyaba sobre los codos desnudos. Yo estiré mis manos y las refugié debajo de sus cabellos, en el espacio lateral que hay entre el extremo del lóbulo de la oreja y la quijada. La diferencia de temperatura de ambas pieles resultaba atrayente. Pensé en el témpano más gélido, oscuro y solitario del Polo Norte pretendiendo con devoción coexistir con una gloriosa tarde veraniega.
¿Se derretiría?
—¿A Sakura... no le gusta mi voz? —quiso saber Hide entre beso y beso.
—No —repliqué antes de hundirme en él. Me confortaba la idea de no tener el deber de mantener un ritmo constante y prolijo—. Au contraire.
Sonrió.
—Estoy tan feliz.
No era que aquella sensación de hastío hubiese desaparecido del todo. En realidad, cuando desperté la mañana siguiente, ésta seguía allí en compañía de la lata de cerveza caliente y el cigarrillo consumido por las brasas, inalterada, o tal vez fortalecida. Hide dormía profundamente con la espalda desnuda vuelta hacia mí, su frente apretujada contra la pared para que ambos cupiéramos dentro de su cama de una plaza. Ignoro en qué momento perdí el sentido de la realidad, pero, al recuperarlo, me encontré con ambas manos a medio milímetro de la piel fina de su cuello. Tardé alrededor de medio minuto en darme cuenta que había sido el teléfono el responsable de impedir que hiciera presión con todas mis fuerzas. Su timbre chillón continuaba sonando, insistente, en cuanto abandoné la cama, aún desorientado.
—¿Sakurazawa-san?
—¿Quién habla?—pregunté con voz ronca.
—Soy Yamaguchi Akemi. Disculpa, ¿te desperté?
Instintivamente dirigí la vista hacia mi reloj pulsera. Las once y veintiséis de la mañana.
—No te preocupes.
—Ha ocurrido algo —prosiguió—. Mi ex novio me llamó anoche, un rato después de que nos despidiéramos. Él quiere que volvamos a estar juntos.
—¡Oh! ¿De verdad?
—Sí. Sé que hemos quedado en volver a vernos, y no es que tú me hayas caído mal. En absoluto. Ha sido muy interesante hablar contigo, e incluso divertido. Además, pienso que eres atractivo. Me has gustado. Pero creo que es mejor que no nos veamos más.
Estimo que cualquiera que hubiese oído sus palabras y la manera en que las pronunciaba, habría sospechado que algo no encajaba. No por lo contradictorio que era manifestar que uno le cae interesante, divertido, atractivo, que le gusta, e inmediatamente decir que no deberían volver a verse. Esa clase de discursos ya me la habían vendido numerosas mujeres. Esto sabía diferente. Como si alguien le hubiese estado apuntando con un arma y obligado contra su voluntad a que las leyera de un papel. No digo que su ex novio fuera capaz de semejante cosa, pero así se la escuchaba. Claro que yo no tuve esa idea hasta que el incidente con Hide y su preciada garganta hubo dado tantas vueltas en mi cabeza que ya ardía pensar en ello. Cuando la certeza de que el que Akemi telefoneara a las once y veintiséis de la mañana y no más tarde nos hubiese salvado a ambos se tornaba demasiado espeluznante. Recién entonces volví a pensar en ella.
—Gracias.
—¿Qué has dicho?
—Nada. Me alegro por ti. Te deseo suerte con tu novio.
~Fin~
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