|
-por Chidori- Prólogo |
Esta es mi historia:
Hace unos años -mejor dicho, siglos- yo fui mortal. Desde que nací mis padres me entregaron a la vida en la oscuridad. Al principio me agradaba el recolectar información y conocer a personas interesantes.
Sin embargo, mi vida tenía otro propósito; no supe cuál fue sino hasta que cumplí 18 años.
¿?: Tienes que escucharme.
G.: No quiero saber sobre esa maldita hoja.
¿?: No es una hoja, es la profecía que rige tu vida, entiéndelo.
G: No me interesa, yo no creo en esas cosas, yo elijo mi camino.
¿?: Eres muy terco, GAKUTO.
G: No lo soy, sólo quiero ser libre.
¿?: Pues escúchame –suspiró y yo accedí–. Mira la primera parte de esta “HOJA” como tú la dices. Dice que tú te enamoras de un ángel al cual perderás al poco tiempo de que tu descendencia nazca. Y reaparecerá cuando tú seas un antiguo y decidas renunciar a todo tu reino por ellos.
G: Yo jamás me voy a enamorar, jamás. No estoy dispuesto a perder mi reino por una mortal y un maldito escuincle. Cuando decida tener un heredero será con alguien de nuestra raza –me encontraba molesto, no deseaba perder todo por una calentura. Y mi fiel se dio cuenta. Así que se limitó a sonreír.
¿?: En el corazón no se manda –me diste una palmada en la espalda y te marchaste con esa hoja. Me limité a sentarme junto a la ventana mientras la lluvia comenzaba a caer, anunciando la llegada de un día entero lleno de estudios.
Pasaron dos años. La profecía ya ni la recordaba, ni siquiera cuando la vi. Su cabello negro y lacio, el cual bailaba con el compás del viento; su rostro angelical, que se iluminaba con su hermosa sonrisa; su piel blanca dejaba de lado al más fino diamante, y su esbelto cuerpo la asentaba más a su belleza. Me le acerqué; su carácter era igual que su apariencia. No lo pude evitar y me enamoré perdidamente de una simple mortal. Su nombre era MEGUMI. Ella me correspondió; era el hombre o ente más feliz sobre la faz de la tierra.
Los meses pasaron y decidí contarle quién era. Tenía miedo de que me rechazara y se alejara definitivamente de mí, pero sucedió todo lo contrario:
G: Tengo algo importante que contarte, HIME.
M: ¿Qué sucede, Gakuto? Habla, por favor.
Te acercaste para atraparme en un abrazo. Me limité a corresponderlo y, sin dejar que me miraras, te dije:
G: Yo no soy humano –te limitaste a soltar una risa ligera–. Soy un ENTE.
M: Yo también lo soy, todo mundo lo es –intentaste separarte, pero te lo impedí, aferrándote más a mi cuerpo. Entonces comprendiste que no te mentía-. ¿Es verdad?
G: Sí, yo soy el heredero de Giaia, soy un ENTE, un ser de larga vida y muy poderoso.
M: No me importa lo que seas –me miraste a los ojos–. Yo te amo.
No lo resistí, una enorme sonrisa se dibujó en mi rostro, para después robarte un dulce beso; fue entonces cuando lo recordé, la maldita profecía que decía que tú y nuestro hijo morirían. No soportaría eso, a pesar de que hace años dije que no dejaría mi mundo por una mortal y un niño, ahora no soportaría el no tenerte a mi lado.
Me prometí que no permitiría su cumplimiento y dedicaría mi vida a protegerte.
G: Yo también te amo, HIME.
Pero no pude cumplir esa promesa. El día que te pedí matrimonio te vi tan feliz, que sólo lo superó el día de nuestra boda. Mi familia te aceptaba, mas no todo mi mundo, y eso lo comprobé meses después, cuando:
M: Gakuto –entraste al salón sonriente, me abrazaste–. Vas a ser papá –dijiste tímidamente, como si ni tú creyeras lo que acababas de decir.
G: ¿En serio? –Asentiste y yo me emocioné, te estreché en mis brazos y besé tu hermoso rostro–. Es la mejor noticia que me han dado en toda mi vida.
Noticia que me dio un gusto poco duradero. Salí a Europa por negocios, dejándote al cuidado de mis fieles lacayos. Recibí sus cartas, anhelando estar en Kyoto con ustedes. Cuando volví era de noche, todo en la mansión estaba oscuro, no quise levantar a nadie, por eso entré sin hacer ruido.
Corrí emocionado hasta nuestra alcoba. No encontraba velas, ni candelabros, así que me acerqué a la cama para recostarme a tu lado, cuando sentí algo pegajoso en ella. Me dirigí a la ventana para correr la cortina.
Un gran odio, frustración, tristeza, dolor e impotencia se reflejaron en un grito de dolor que despertó a toda la mansión. Tomé tu cuerpo inerte entre mis brazos, lloraba desconsoladamente, mientras mi alcoba se llenaba con mis sirvientes, los cuales se paralizaban al verte ahí tendida con tus ocho meses de embarazo y una daga plateada con un símbolo desconocido para mí en tu corazón.
Mi familia y amigos no tardaron en llegar, no quería separarme de ti, me sentía culpable por haberte dejado sola, deseaba colgar a mis lacayos por no darse cuenta de lo que te había sucedido.
Cuando logré calmarme, me di cuenta de que alguien muy poderoso lanzó un hechizo para que todos durmieran y así poder matarte. Mi padre encontró una nota:
“Las profecías se tienen que cumplir” Atte. Tu futuro amante.
Me pregunté quién podía ser capaz de asesinar el ser que más he amado, para luego decir que era mi fututo amante. Decidí encontrar a tu agresor y hacerle pagar.
G: Lo voy a encontrar –le dije a mi padre–. No descansaré hasta asesinarlo.
Papá: Ha de estar en el mundo mortal, no te será fácil encontrarle.
G: No me importa –comencé a llorar y tú me estrechaste en tus brazos como cuando era niño–. La perdí y con ella todo mi mundo.
Papá: Todavía la puedes encontrar –te miré sorprendido–. Mira, los humanos son frágiles, mueren muy fácilmente, pero así como mueren –te detuviste un momento para tomar aire–: reencarnan.
G: Eso… quiere decir que…
Papá: Puedes tardar siglos en encontrarla de nuevo.
G: No me importa.
Papá: Con ayuda de tu magia podrás hacerlo, te ayudaré.
G: Gracias.
~Continuará~
|
(c) 2006 The Ogawa Evil Twins Su contenido no puede reproducirse ni modificarse sin el consentimiento explícito del webmaster. |