ABRACADABRA

-por Arashi Takarai-

Disclaimers:  Los personajes que aparecen en este fic son personas reales y no me pertenecen... Aunque los que no aparecen pero son mencionados sí me pertenecen, juajuajua. Conclusión: Tetsu para mí :P

Notas: Es el primer primerísimo fic que escribí de Laruku, ya casi ni me acordaba de él. Por eso va un poco a su bola ^-^’ Para entenderlo tenéis que haber visto el videoclip de Pieces, de Laruku, puesto que la historia que se narra es la continuación de este clip.

Fecha de publicación: 22 de julio de 2006 - Corrección: Hikaru Sumeragi

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Portada por Arashi Takarai

En la misma mano que había perpetrado el único acto atroz que podía atribuírsele, llevaba aquel anillo. Todavía tenía, en las pequeñas incrustaciones de su tallado circular de serpiente, un atisbo del crimen: Sangre seca. De color parduzco, no se atrevía a limpiarla. No podía apreciarse a simple vista, pero estaba ahí, como recordándole lo que había hecho.

 

“Pero NO lo hice,” se repetía sin cesar. Verdaderamente lo creía. ¡Y lo sabía! Porque de hecho era así, pero de poco le servía saberlo si seguía sintiéndose culpable de que su mano, de forma involuntaria, lo hubiese llevado a cabo. Y menos aún podía beneficiarle guardar el anillo, que ejercía una extraña fascinación sobre él.

 

Hyde levantó la mano para verla a la luz, para mirar detenidamente aquella piedra ambarina, fulgurante y rabiosa, con una estrella de cinco puntas plateada… ¿Lo oía, acababa de oírlo? No lo sabía, podía haberlo imaginado, al fin y al cabo era tan tarde que sus párpados se cerraban inexorablemente. Poco a poco sintió sueño. Y, en verdad, poco importaba seguir despierto, al fin y al cabo durante el día la obsesión lo dominaba, no dejaba de atravesarle, oprimiéndole la garganta, como si una mano enorme le asfixiara lentamente. El sueño era una válvula de escape. Pueril, e inútil, pero no había otra. En pocos minutos se quedó dormido.

 

Despertó, pensando una vez más: Tetsu está muerto. Y una sensación nauseabunda le invadió. Se incorporó a duras penas, había dormido sobre las mantas, sin nada que lo arropase, y tenía frío. Perdió la mirada en la lejanía que asomaba por un estrecho ventanal, rodeado de enormes cortinajes verdes. El paisaje matinal era hermoso: Lo que quedaba de una nevada, derritiéndose, cubría el suelo ligeramente, como lamiéndolo, dejando ver tonos marrones entre el blanco, que ahora, a la luz de un sol que brillaba por primera vez en aquel eterno mes, se hacía cegador.

 

Hyde apartó la vista. Miró el reloj de madera que había en la pared. Gackt no debía tardar, a las once, como imbuido de una exactitud matemática, venía a verle todas las mañanas. Traía normalmente comida, y unas flores blancas que dejaba en el jarrón del vestíbulo, y que sorprendentemente daban un toque de habitabilidad a aquel inhóspito sitio. Gackt y sus estúpidos detalles.

 

Gackt era él único que sabía de su escondite. Gackt ideó ese escondite. Y él, Hyde, no sabía nada. ¿Cómo había llegado allí? Hyde no tenía ni idea, y lo peor: Temía horriblemente preguntarlo.

 

“Tetsu murió. Y yo tenía que irme.” Aún sin quererlo tuvo que hacerlo, al fin y al cabo, había matado a una persona. La irremediable huida del hogar, qué deprimente situación. Gackt le había ofrecido su ayuda, en secreto, le dijo que había decidido ocultarle, que sabía dónde y cómo. Pero sólo Gackt lo sabía, él vivía desde hacía tiempo en la más absoluta oscuridad. Un día salieron de Japón… [1] Y aparecieron en aquel lugar, un caserón viejo, oscuro, rodeado de pequeñas montañas… Un sitio frío y nevado. Hyde creía estar en Europa, en alguna parte de este continente, pero sin saber realmente dónde. Gackt no había querido decírselo, porque en realidad no importaba mucho. Estaba a salvo de momento, y podía pasarse allí los días sin temor a nada.

 

Al menos no estoy solo,” pensó Hyde, al mirar de nuevo por la ventana e intuir, de algún modo, que Gackt estaba al llegar. Gackt le hacía toda la compañía que pudiese necesitar para no volverse loco del todo. Aunque faltaba bien poco para eso.

 

-Creí que estarías dormido –dijo, al aparecer por el marco de la puerta, con una sonrisa delicada en el rostro. Hyde ya no se sobresaltaba cuando lo veía aparecer de repente, sin un ruido que avisara de su presencia. Gackt tenía ese algo felino o fantasmagórico que lo volvía tremendamente silencioso.

 

-Hace rato que no, creí que vendrías más temprano.

 

-No hacía falta que viniese tan temprano, deberías haber dormido más. Tienes mala cara.

 

Hyde suspiró con una expresión de profundo hastío. ¿Qué decía? Últimamente siempre tenía mala cara. Desde hacía ya un mes. “Dios, ¿realmente hace ya un mes?” se preguntó, consternado, mientras Gackt sacaba de una bolsa varios objetos, en los que Hyde no reparó.

 

-¿Sabes algo de Yukki y Ken? –preguntó, sin mirar a Gackt a la cara, dejando los ojos obstinadamente fijos en un punto indefinido de la estancia.

 

-Hyde… -susurró Gackt, en respuesta, con un marcado tono de incomodidad.

 

Hyde entonces le miró directamente. Negó con la cabeza, con unos ojos que parecían decir: “No valdrá de nada que evites contestarme.” Gackt suspiró resignado, comprendió que era inútil.

 

-Siguen preguntándose dónde estás.

 

Ante una afirmación como ésta no había nada que decir. Hyde se quedó en silencio varios minutos, como golpeado por un rayo y fulminado en el acto, y Gackt le observaba por el rabillo del ojo mientras desempaquetaba el resto de las cosas. Eran artículos personales de Hyde: Peine, colonia, libros… cosas que había dejado en casa, y que Gackt, de algún modo, había logrado traer. Por correo, o mensajero… la forma daba igual. Si alguien averiguaba que andaba recolectando sus pertenencias y trayéndoselas consigo, estaría en problemas. No costaba nada seguir el rastro de una súper estrella como Gackt, no era precisamente el súmum de la discreción, aunque hasta ahora no se había presentado la policía en aquel caserón. Lo estaba haciendo bien, dadas las circunstancias.

 

-Me guardan rencor… -susurró Hyde, más para sí mismo que para Gackt, pensando de nuevo en sus dos compañeros. Luego levantó la mirada de suelo–. Quiero decir… ¿Qué piensan que pasó?

 

Gackt le contestó tajante.

 

-No creen que… fueras tú. Buscan una explicación a todo lo ocurrido, Hyde, siguen intentando exculparte. Creo que ellos también intuyen que pasó algo raro.

 

-¿Dudan de lo que vieron ellos mismos con sus propios ojos? –se mofó Hyde amargamente-. Puede que deseen que yo no lo hubiera hecho, pero no creo que piensen que no fui yo. Y también dudo que me creyeran si les dijera que no era consciente de lo que hacía.

 

-Puede que al principio no, pero terminarían por creerte, Hyde. Al fin y al cabo te conocen muy bien.

 

Hyde se volvió de forma un tanto brusca, para mirarle con expresión desesperada. Y luego volvió a darse la vuelta. Su espalda crispada encorvaba los delgados hombros.

 

-¿Y tú qué crees, Gacchan? Me has traído a la otra punta del mundo, me escondes y cuidas y dices que todo se solucionará. Pero no piensas que diga la verdad, ¿mo es cierto? Piensas que lo maté, meticulosamente y a sangre fría. Pero claro, por un amigo harías lo que fuera, asesino o no, me apoyarías.

 

Gackt se estremeció por un momento. Qué idea más horrible. Hyde no era Hyde, había podido observar en él una sutil transformación. El sufrimiento lo estaba volviendo irascible y desconfiado.

 

-Ridículo –musitó Gackt, con enfado aparente, aunque en realidad sentía temor.

 

-No te creo.

 

El pequeño vocalista se volvió de nuevo y se recostó en la principesca cama, hecho un ovillo, otra vez sin arroparse ni nada.

 

-Tenías razón, es temprano. Seguiré durmiendo.

 

Tensaba la voz y contenía el aliento, como de costumbre. Gackt notaba la injusticia de la situación, pero no podía luchar contra ella. Decidió no pensar en su propio interior en aquel momento, debía concentrarse en los problemas presentes. Hyde era ahora lo prioritario.

 

-Como quieras.

 

La sentencia de Hyde había sido clara: Por mucho que Gackt confiase en él, ¿le ayudaba porque de verdad creía en su inocencia, o simplemente escondía a su amigo, aunque pensara que había matado conscientemente? Gackt no sabía qué pensar de sí mismo. En realidad, hasta ese mismo momento, no se lo había planteado. No quería saber la verdad, le bastaba con ignorarla.

 

Pero la pregunta se abrió camino a hachazos entre sus atormentados nervios: ¿Podía dar crédito a la confusa historia que le había explicado un mes antes, después del horrible crimen, en un estado propio de la desesperación? No se creía la historia, desde luego, pero la idea de que Hyde estaba loco no hacía más que solidificarse.

 

Y si está loco, ¿en qué cambia eso las cosas, Gackt Camui? ¿Vas a abandonarle por ello? Muy al contrario, por eso mismo te necesita ahora mucho más. Ni aunque te lo propusieras serías capaz de separarte de él ahora.

 

La habitación de su hotel era amplia y ventilada. Nada que ver con la insalubre mansión de las montañas. Sus escrúpulos hacían que no se encontrase a gusto dejando a Hyde allí, pero era el sitio donde debía estar, el más seguro que podía conseguir.

 

Descolgó el auricular del teléfono que descansaba en la mesita, e hizo una rápida llamada de rigor a su manager. Las cosas le iban bien, todo muy tranquilo. Sí, ya se encontraba mejor, pero por ahora se quedaba donde estaba.

 

Gackt Camui, por los motivos que todos sabían, había cogido unas vacaciones. La desaparición de su amigo Hyde hacía que no tuviera ánimos para afrontar a la opinión pública, y por ello se había refugiado en algún punto del continente europeo. Eso era lo que los medios japoneses difundían, y eso era lo que él mismo le había dicho a su manager y a la policía. Puede que fangirls alocadas pudieran difundir rumores sobre la proximidad de la fuga del cantante de L’Arc-en-Ciel y las “Vacaciones” de Gackt, y sacar curiosas conclusiones, pero la policía en cambio no había sido tan imaginativa. Gackt Camui no se tomaba las cosas en serio, era un tipo raro, superficial, inofensivo… ¿Ayudar a escapar a un fugado? Vamos, todos sabían que los rumores eran rumores, que no era capaz de tomarse tantas molestias, que no era de los que hacían nada por nadie…

 

“¿Qué coño sabrán ellos de lo que soy o no soy capaz de hacer por alguien?” Era superficial, pero no era un cabrón más. Y cuando sus sentimientos le superaban, era el más descontrolado de todos los seres. Aunque debía reconocer que se estaba sorprendiendo incluso a sí mismo con todo aquello.

 

Pero daba igual lo que opinara la gente. La gente estaba ahora muy lejos. La gente no podía ayudarle en nada, ni a él, ni a Hyde. Debía afrontar aquella situación como mejor le permitieran sus propias cualidades, y por su parte pensaba dar lo mejor de sí mismo. Sabía por experiencia que, si se empeñaba, eso podía ser mucho. Pasaba de ser Gackt a ser Súper Gackt y la transformación duplicaba sus superpoderes.

 

Pero no podía estar seguro de su victoria ante una situación que no acababa de comprender. Se permitió un segundo de añoranza por Japón y lo que había dejado atrás, y luego volvió a olvidarse.

 

De nuevo volvió a descolgar el teléfono, y esta vez llamó al servicio de habitaciones. Lo más caro que hubiera en la carta, por favor. Oh, y vodka. Y en cantidades.

El caserón, además de ser un caserón espléndido y enorme, tenía una capilla anexa, de aspecto medieval. Era diminuta. Lúgubre y cavernosa, apenas provista sólo de un altar. Pero el verse entre aquellos muros macizos era como escudarse del resto del mundo. La piedra se combaba en una cúpula baja sujetada por robustas columnas. Como el vientre de una madre, sólido y blindado.

 

Su primer pensamiento cuando entraba en ella era: ¿Durante cuánto tiempo estaré a salvo aquí?

 

Y el siguiente pensamiento era Tetsu.

 

Siempre Tetsu, ya nunca abandonaba su mente.

 

Durante la meditación solitaria, Hyde podía oír la voz de su amigo, podía acariciar su mirada cálida y su franca sonrisa. Le costaba más evocar el recuerdo de su contacto, lo que era poder tocarle, que el imaginar su maravillosa imagen. Pero se decía a sí mismo que era por la intensa necesidad que tenía de poder volver a tenerlo frente a él, corpóreo y espléndido, como debía. Añoraba su contacto más que nada.

 

Tetsu era bueno con él. Tetsu no le culpa, no le guarda rencor. Él sabe que no quiso hacerlo, que no sabía lo que hacía. Maldita la falta que le hacía que Gackt le creyera o no, si Tetsu lo hacía y le entendía. Qué maravilla, poder sentirse así…

 

Y si no se sentía así, era porque todavía le quedaba un poco de lucidez en su mente débil y fatigada, y se había aferrado a ese átomo, a ese “Elixir de la Cordura”, porque necesitaba sentirse cuerdo. Hubiera sido mucho más fácil dejarse arrastrar cómodamente al delirio, porque este curaba las penas y las soldaba. La cordura no curaba las penas, sólo las llenabas de tiritas.

 

Volvió a Tetsu, a su imagen dorada, y se empapó de su luz.

 

Si pudiera morirme ahora mismo, pensó, no me importaría demasiado. Todavía tengo fe en mí mismo, no soy un monstruo. Podría morirme cuando todavía creo en ello, pensando que no hubo mal en mis actos, y así podría verle de nuevo, ¡verle, al fin! Si hubiera de verdad un dios, estoy seguro de que no le importaría concederme ese deseo.

 

Pero Dios no le escuchó, y él sin embargo sí había oído algo. Aguzó el oído. Había oído un sonido maravilloso, algo que había devuelto a la vida sus descoloridas mejillas, y había despertado todo su ser. ¿Qué había sido? ¿Había sido real? No se respondió a sí mismo en ese momento. Sólo debía esperar a ver si se repetía.

Gackt había entrado en la casa y se había sorprendido. Era extraño, pero sonaba música. No muy alta, como si viniese de los tímidos y defectuosos altavoces de un televisor. Rara vez el silencio que definía a aquel sitio era roto ni siquiera por las pisadas o la voz de su maltratado ocupante. Escuchó, luego caminó en busca del origen.

 

Recorrió el pasillo alfombrado y llegó al espacioso salón del primer piso. Ahí. Sobre una mesa baja de madera oscura y barnizada se alzaba el ordenador portátil de Hyde, plateado y funcional, que daba una patada juguetona a todo el lujo decimonónico que le rodeaba. El reproductor de audio chillaba una melodía sin letra. Una maqueta de algo, seguramente.

 

-¿Hyde?

 

No esperaba una respuesta, en verdad, pero siguió avanzando, ralentizado por la mala intuición que le gritaba precaución, una cercanía de lo tenebroso, lo que temía.

 

Recorrió la estancia. La siguiente. Otra más. El olor infame de esa casa desolada empezaba a afectarle al ánimo y quería largarse de allí y volver a su civilizada habitación de hotel. Cualquier otro escondite hubiera sido mejor que éste, pensó.

 

Por encima de la música, que no parecía acabar de consumirse, se percibía un sonido -¿Acaso imaginado?– e, irremediablemente, supo, como obra de un fantasma que susurrara al oído, que era obvio hasta la vergüenza. La capilla.

 

¡No me hagas entrar ahí, Haido!

 

No le gustaba en absoluto. Entrar allí era como abrir las vísceras de un animal dormido.

 

Como buen cuidador –casi carcelero– Gackt había captado en poco tiempo las costumbres de su paciente, las necesidades propias de un estado como el suyo. Siempre que se encerraba ahí, era por un motivo, uno bien conocido y comprensible. Si quiere soledad, se la daré. Si necesita reflexión, puede reflexionar ahí, yo no quiero entrar. Pero la razón, la verdadera razón, dormida y no pronunciada, por la que odiaba entrar… era que le daba miedo lo que podía encontrarse allí. Hyde estaba cuerdo en su presencia, o semi-cuerdo, y eso era bueno, pero por algún motivo no creía que esa fortaleza acompañara a su amigo a las profundidades de aquella caverna. No, allí debía de dar rienda suelta a su desesperación, si no, ¿por qué encerrarse a solas, precisamente?

 

Encontró a Hyde sentado en una silla frente al altar, inclinado hacia delante, con las manos juntas, aunque no en un gesto de rezo que hubiera sido lo propio de tal escena. Parecía sumamente tranquilo, por suerte.

 

-Te has dejado el portátil encendido.

 

Hyde se volvió y lo miró. Por su cara inexpresiva, al principio Gackt creyó que no le había entendido.

 

-Sí, lo sé, estaba aburrido y trasteé un poco con él. Lo dejé enseguida. El buscaminas no es lo suficientemente emocionante. El solitario mejora un poco, pero no sé jugar a las cartas sin hacer trampas. Culpa de Ken.

 

Dejó escapar el aire que había contenido. Gackt sonrió con alivio, aunque no pudo explicarse a sí mismo las razones.

 

-Un fallo imperdonable por mi parte, no sé cómo no lo pensé. La próxima vez te traeré una playstation.

 

-Pfff. ¿Y a dónde la conectaría? Este sitio no tiene ni televisor, eso sí que es vivir en condiciones infrahumanas. Creí haberte escuchado decir que te encargarías de ello hace unos días, y todavía espero como un tonto –se mofó. Ahí estaba ese deje caprichoso propio de él, le encantaba oírlo, era un consuelo, un verdadero placer en el momento presente.

 

-Bueno, y lo mantengo, sólo que no especifiqué una fecha concreta.

 

La sonrisa de Hyde se suspendió en el aire unos segundos.

 

-Ya. Ninguna fecha de momento, ¿eh? Parece que aquí el tiempo se detiene.

 

Gackt no respondió, y Hyde cerró los ojos por un momento. Le inundó la nostalgia, pensando en los meses y meses que podían quedarle por delante encerrado en aquel sitio. Se había convertido en el fantasma del caserón, qué deprimente idea. No quería aquello. Seguidamente habló con voz calmada y serena:

 

-He escuchado a Tetsu, claramente. Hace apenas diez minutos, ha sido increíble.

 

La situación, de forma repentina, se había paralizado.

 

-¿Qué? –musitó Gackt.

 

Hyde sonrió tontamente, como un niño, y a pesar de lo encantador del gesto en una cara de rasgos perfectos como aquélla, no fue agradable en absoluto. El miedo de Gackt estaba aún atado a una cuerda, pero ésta se desmenuzaba y los despojos se le enroscaban entre los pies.

 

-Me ha hablado, lo he oído…

 

Gackt tragó saliva. Corrió hasta ponerse frente a él, y le obligó a que mantuviese su mirada. No vio nada de nada. Nada que le mantuviese esperanzado. Hueco. Ausencia. Eso le fulminó. Le zarandeó asiéndole por los frágiles hombros, sin saber por qué, y Hyde, manteniendo una suave e indefensa sonrisa, ni siquiera se opuso al repentino ataque.

 

-No lo has oído, Hyde, no digas estupideces… -dijo Gackt, al que le apresaba un horror repentino que superaba con mucho su sorpresa. Seguía sujetando a Hyde por los hombros. ¿Por qué? Quizá temía que escapase a la desesperada… o quizá temía un repentino ataque por su parte. Negó este pensamiento en cuanto cruzó su mente. Hyde no iba atacarle, a pesar de que ya no acertaba a reconocerle en el fondo de sus ojos.

 

-No te miento, de verdad que no. Lo he oído.

 

-¿Cómo que lo has oído, dónde?

 

Hyde abrió sus manos, aún unidas, y en el hueco que formaban tenía guardado su anillo de plata con la estrella de cinco puntas. En un principio, nada extraordinario. Pero el instante que siguió le secó la boca. Hyde miraba su inseparable anillo estrellado con intensidad. ¿Dónde lo has oído, Hyde? No contestó, no hizo falta. A Gackt el estómago se le cuajaba por momentos. La locura, era la locura, no podría hacerle frente.

 

-¿Me lo das? –dijo entonces, sin querer, entornando los ojos azules. Debía arrebatarle el anillo, lo supo por puro instinto, y era una estrategia muy burda, pero le daba igual. Hyde lo miró extrañado, pero no se enfadó, o se negó en redondo como parecía inevitable, sino que depositó el anillo cuidadosamente en la palma abierta de Gackt.

 

-Gracias –le contestó el alto cantante, sintiéndose un poco torpe. ¿Qué más le podía decir? ¿Qué decirle sin desbordar su corazón, asustado como nunca? Hyde le sonrió de nuevo con amabilidad lenitiva.

 

-Guárdalo tú, no me importa. Pero quiero pedirte algo a cambio, yo no he sido capaz de solucionarlo y tal vez tú puedas.

 

Hyde deslizó su mirada hacia abajo, y Gackt al seguirla pudo ver en aquellas manos algo que no pretendía encontrar allí. Un puñal. El puñal. Aún tenía sangre en la hoja, ni brillante ni húmeda, pero sangre.

 

-Escóndelo, o tíralo, o algo. No sé qué hacer con él, y tampoco deseo tenerlo aquí conmigo.

 

-¿¿Tienes todavía eso ahí?? ¡Haido, es una prueba!

 

La carcajada que a Hyde le hubiera gustado soltar no abandonó sus labios.

 

Sí, Gackt, era una prueba, ¿de qué? De algo que nunca pensó que podría llegar a hacer. Hyde podía sentir la fuerza de ese puñal de destrucción, y palpar maldición que lo hechizaba. “Tú mataste a Tetsu, no yo. Tú lo mataste”, le acusó, plenamente convencido de que tenía razón. Los ojos de Hyde atravesaban aquel nauseabundo objeto con miedo y con ira, sin estar muy seguro de cuál de los dos predominaba. Pero la mente de Hyde iba a mil revoluciones, y sus convicciones flaqueaban a cada momento.

 

Yo lo maté. ¿Por qué me engaño?

 

Porque  esa maldita cosa se apoderó de mi voluntad, fue ella la que me guió, ¡la que me dijo “Hazlo”!

 

Y, sin embargo, ¿eso era una excusa? Su propio interior se rebeló contra él con vehemencia, y la sentencia dictada fue clara y fría como el cristal.

 

¡Tetsu era lo que más querías, ninguna maldición del mundo debería haber podido con eso! Maldita sea, por mucho que te obligara a hacerlo, ¡si lo querías, debiste poder pararlo, debiste ser más fuerte! ¡Lo dejaste morir!

 

-¡No! –exclamó en una ronca súplica. Gackt lo miraba con ojos desolados, sin entender nada de lo que veía.

 

Hyde se revolvió en sus brazos, estremecido, y le tendió el puñal. Ya no sonreía.

 

-Míralo tú mismo, Gacchan, examínalo, y puede que entiendas lo que yo veo en él…

 

Pero Gackt huyó del contacto con aquello. Pensar que eso era lo que había acabado con el bajista de L´Arc-en-Ciel era demasiado angustioso.

 

-Hyde, es un arma homicida, usada para acabar con la vida de una persona. ¿Quieres deshacerte de él? No quiero verlo en tus manos, vamos, tíralo.

 

-¿¿Y qué?? ¿De qué serviría que no estuviera en mis manos? Es el lugar que le corresponde. ¿Acaso no sabes bien que lo maté, acaso no lo vieron todos, y yo mismo? ¿Qué importa ya? Al menos conservo una gota de su sangre, lo poco que puedo ya conservar de él. Recurrir a una gota de sangre como único consuelo sí que es de locos, ¿verdad, Gacchan? ¿Me he vuelto loco?

 

Tiró del cuello de la camisa de su amigo, añorando una respuesta satisfactoria. Gackt no supo qué responder, no habría sabido qué responder ni aunque hubiera estado un año pensándolo. Un arrebato de falso valor, y más de auténtico miedo, se apoderó de él, y arremetió contra Hyde en busca del puñal.

 

-¡Suelta eso de una vez, o sí te volverás loco!

 

-¡No borres su sangre!

 

-¡¿Acaso te estás oyendo?! ¡Da miedo oírte!

 

Tras un minúsculo forcejeo, la fuerza de Hyde se desvaneció de pronto, como si se tratase de un globo deshinchándose. Relajó los músculos, uno tras otro, hasta quedar de rodillas en el suelo, como un muñeco de trapo. Su mano se aflojó alrededor de la empuñadura y Gackt pudo arrebatarle el objeto sin que el otro opusiera más resistencia. No volvió a moverse. Se limitó a mirarle con una triste e inquietante sonrisa.

 

-Lo siento mucho, Gacchan –le susurró.

 

Una sonrisa de loco, ya Hyde se había vuelto loco, debía ser eso. Gackt tembló entonces. Algo le había aprisionado el corazón, como si se tratase de una gélida tenaza.

 

Cuatrocientos años de atrocidades corrieron entonces por sus venas con un burbujeo sordo y furioso. El aire de repente se había especiado. Un impregnante olor metálico le inundó las fosas nasales, quedando absorbido en lo más profundo de su cuerpo. Era un olor resinoso, quizá era el olor de las paredes de aquella casa vieja. Había goteras y la humedad cubría los muros, era lógico.

 

Pero, ¿a dónde se había ido el mundo? ¿A dónde, los sonidos y las imágenes que hasta hace un momento estaban allí? Sólo podía oír el eco de su propia respiración, feliz, lenta y acompasada. Sentía su cuerpo elástico y fuerte, no estaba cansado en absoluto. Si sus ojos funcionaban, él lo ignoraba, no veía nada.

 

El delgado cuerpo de Hyde chocó contra el suelo con un ruido sordo y su cara se relajó. Si había gritado, él no le había oído. Sus oídos tampoco parecían funcionar como deberían, pero poco a poco iba recuperando el murmullo del mundo, y lo primero que oyó fueron sus propios lamentos confusos y atropellados, intentando negarse a sí mismo la escena.

 

En el exterior de la diminuta capilla, el cielo había comenzado a escupir nieve.

 

Gackt ya no tenía que huir de Japón: Ya estaba en la otra punta del mundo. No necesitaba que nadie le granjease un escondite: Ya tenía su propio, nefasto y putrefacto escondite. Tampoco necesitaba que Hyde le siguiera explicando, convenciendo, de que su historia era cierta, de que no era consciente, de que había sido el puñal.

 

Oh, sí, Haido, había sido el puñal. De verdad que lo había sido.

 

Fue exactamente como él lo describió: Un momento mágico y zas, la mano se había movido. O el puñal se había movido arrastrando a la mano que lo sostenía tras él, traicionero y silencioso. Lo había comprendido al fin, como Hyde deseaba.

 

¿Y tú qué crees, Gacchan? Le había dicho Hyde. Pero no piensas que diga la verdad, ¿no es cierto? Piensas que lo maté, meticulosamente y a sangre fría.

 

¡No, a sangre fría no, a sangre fría nunca! Querido Hyde, adorado. Incluso en la muerte podría, debía estar seguro de que Gackt le amaba, porque eso era un hecho grabado en piedra en su interior.

 

Salió al exterior, y hundió la mano en un pequeño montón de nieve recién caída. Ésta se volvió roja al momento. Suspiró entristecido, pero ni siquiera apartó la vista, de poco le servía negárselo a sí mismo: Dentro de la capilla, el suelo estaba lleno de la misma sangre, tan preciada.

 

Lo había comprendido al fin. De la forma más dolorosa posible: Matando él mismo a la persona a la que más ansiaba proteger. Ahora tenía el resto de la vida para pensarlo. Regresó al interior del caserón, donde el portátil seguía vomitando, ajeno a todo, la música de Hyde. Gackt pasó de largo. No tenía suficiente valor para apagarlo.

 

Más tarde esa melodía estaría siempre junto a él, una compañía estupenda en su nuevo escondite.

 

~Fin~


Notas:
1) En realidad, en el clip, Hyde mata a Tetsu en Nueva York… Imaginad que lo repatriaron a Japón para procesarlo, o algo así XP [volver arriba]

 

Bueno, ahí queda, mi versión de lo que pasaría después de Pieces (una de mis versiones) ¿Se nota que no me gustan los happy endings? ^__^’

 

En realidad se supone que el puñal mata cada no sé cuántos años, en fechas específicas, así que después de que Hyde matara a Tetsu… a Gackt no le tocaba cargarse a nadie, no en tan corto periodo de tiempo al menos. Pero si omitimos ese dato no pasa nada neee? ^o^

 

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